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FIGURA 1:
TUMBA DE DARIO II
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La concepción teórica del espacio no es
única a través del tiempo y las diferentes culturas. Los teóricos no lo
han entendido todos del mismo modo y, si bien era un concepto conocido y
estudiado desde la Antigüedad, su incorporación al campo de la teoría
arquitectónica no ha tenido lugar hasta la última década del siglo XIX,
coincidiendo con la aparición de la denominada arquitectura moderna.
Algunos pensadores del mundo antiguo ya tuvieron la
intuición de muchos de los conceptos desarrollados posteriormente por la
crítica arquitectónica. Éste es el caso de Lao-Tse quien, como afirma
Van de Velde, definió en su composición Tao-te-kin (550
a.C.) los tres niveles jerárquicos del espacio, el tectónico, el
estereotómico y el de interrelación. «Treinta rayos coinciden en
el cubo de la rueda y de esta parte, en la que no hay nada, depende la
utilidad de la rueda», es una referencia clara al espacio
tectónico, espacio que resulta del ensamblaje, que se define por la
adición de los elementos constructivos que lo limitan. Sigue Lao-Tse: «La
arcilla se moldea en forma de vasos, y es precisamente por el espacio
donde no hay arcilla por lo que podemos utilizarlos como vasos», es
una alusión al espacio estereotómico, surgido del interior de la
materia de la que se ha obtenido por sustracción de la misma
[FIGURA 1]. «Abrimos las puertas y ventanas en la paredes
de una casa y por estos espacios vacíos podemos utilizarla», es una
intuición de los espacios transicionales, que establecen el nexo
entre espacio interior y espacio exterior. Estos tres tipos de espacio
tienen perfecta validez en la teoría arquitectónica actual y cualquier
proyecto de innovación o renovación espacial deberá partir precisamente
de ellos.
En cuanto a la percepción del espacio, hemos de
señalar que ésta varía según nuestra posición respecto a él. En pintura
experimentamos sobre una realidad plástica bidimensional; en escultura
lo hacemos sobre cuerpos tridimensionales. En arquitectura se introduce
un nuevo factor: nosotros. La posición que nosotros ocupemos
frente a la arquitectura o en su interior es definitiva para la
percepción final que tendremos del hecho arquitectónico. Si nos
limitamos a situarnos en un punto concreto y no nos apartamos de él,
tendremos una visión bidimensional, máxime tridimensional, como si nos
hallásemos frente a una pintura o un relieve. Pero si nos movemos en
torno a la construcción, si recorremos su interior, obtendremos una
nueva experiencia: es la cuarta dimensión. Múltiples puntos de vista nos
dan diversas visiones de un mismo edificio. Existe aún otra forma de
percepción espacial: la que nos proporciona el cine. Se trata de una
experiencia mixta que, si bien no puede sustituir nuestra vivencia
íntima y personal de la arquitectura, nos «presta» su ojo móvil en el
interior y alrededor de la edificación.
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