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FIGURA 2: PANTEON
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MEZQUITA DE CORDOBA
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FIGURA 3:
SAINTE CHAPELLE
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FIGURA 4:
SANTO SPIRITO
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FIGURA 5:
ALTE PINAKOTHEK
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FIGURA 6:
TORRES TRADE
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FIGURA 7:
CASA STOCLET
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FIGURA 8:
CASA DEL FASCIO
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FIGURA 9:
PALACIO SANT JORDI
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En Roma tiene lugar la conquista del
espacio interno. Nos hallamos en los inicios de la segunda etapa de la
historia de la arquitectura siguiendo las tres enunciadas por Giedion.
Las construcciones romanas, si bien en el nivel estético y de
tratamiento de superficies no alcanzaron la perfección plástica de la
griega, estaban basadas en el espacio y por lo tanto pueden ser ya
consideradas plenamente arquitecturas. El gusto de la civilización
romana por la arquitectura queda patente en la variedad de tipologías
que desarrolló, en el uso de una nueva técnica constructiva basada en el
hormigón, y en la magistral combinación del sistema adintelado, propio
de Grecia, con el sistema abovedado, venido del Próximo Oriente. Roma,
si bien utiliza el lenguaje de las formas griegas («órdenes»), se
muestra plenamente original, con una especial sensibilidad en el
tratamiento de los volúmenes y de las grandiosas concepciones
espaciales. El espacio romano es unidireccional, es estático y está
dominado por la simetría y por la pesada monumentalidad de los muros que
lo limitan. La escala utilizada por lo romanos no es la «humana» seguida
por los griegos, sino la grandiosa de los «mitos», una megalomanía que
no era sino la expresión de la potencia de su Imperio
[FIGURA 2].
Aludimos ya al cristianismo al tratar el tema de
las catacumbas al referirnos a las primitivas construcciones excavadas.
Veamos ahora un edificio paradigmático de la iglesia católica: la
basílica. El cristianismo tomó su planta de las basílicas romanas,
edificios destinados a la administración de justicia, que proporcionaban
un espacio y un precedente de uso adecuado a la misión predicadora de la
Iglesia. Se adaptó la basílica a su nueva función y se redujeron sus
dimensiones a la escala más humana, propia de la cultura griega. Las
tres naves de la basílica quedan definidas por arquerías de arcos de
medio punto sobre columnas o pilares que nos impulsan a avanzar hacia el
ábside, extremo opuesto a la entrada en el que se halla el altar. Es por
tanto un espacio que contiene una directriz axial dinámica que nos
impele hacia adelante y nos acompaña en nuestro camino hacia el punto
más importante del recinto, el altar.
La arquitectura de Bizancio representa una
aceleración en el recorrido, lo que se consigue mediante una repetición
de los ritmos —arquerías, ventanas...— y los comienzos de las
investigaciones que llevarán a la desmaterialización del muro, fenómeno
que se logra gracias a la proliferación de ventanas (luz), de mosaicos
dorados (reverberaciones y reflejos materializados) y pinturas. La suma
de estos elementos, unida al dominio en la construcción de cúpulas,
lleva a la creación de espacios ilusorios, de límites imprecisos.
Entre los siglos VII y X se dan en Europa variados
estilos arquitectónicos que representan cambios espaciales. La primera
novedad es la ruptura de la línea axial unidireccional de las basílicas
cristianas, al elevarse el prebisterio o cabecera del templo, y la
segunda es la progresiva complicación de los espacios que se inicia con
la adición de un deambulatorio rodeando el altar.
La unidad constructiva vuelve a la arquitectura europea
con el Románico. Puede decirse que penetramos en una nueva edad
espacial en la que los muros ya no son meramente una piel, sino que
forman parte de un organismo más complejo, de una estructura en la que
paramentos o lienzos de pared se ensamblan sobre un esqueleto. Las
proporciones de los edificios dejan de expresarse en términos
bidimensionales para articularse mediante tramos volumétricos,
tridimensionales. El espacio románico es rítmico, medido y pausado, y es
la resultante de la suma de los espacios de los diferentes tramos
tridimensionales que forman la realidad física del edificio.
A nivel técnico, el Gótico es la continuación y
perfeccionamiento del Románico. El sistema de esqueleto se perfecciona:
aparecen los arcos ojivales, los nervios y los arbotantes y
contrafuertes que permiten el aligeramiento de los muros, con su
consiguiente desmaterialización. Estructuralmente, el Gótico es, al
igual que el Románico, una yuxtaposición de tramos tridimensionales o
«módulos». El contraste espacial básico entre ambos estilos radica en
que el Gótico introduce una nueva directriz: la vertical. Aparece pues
un nuevo espacio regido por líneas de fuerzas opuestas, horizontal y
vertical, que proporciona a la arquitectura una tensión y un dinamismo
desconocidos hasta el momento [FIGURA 3].
La teoría y la práctica arquitectónica hallan su
perfecta adecuación en el Renacimiento italiano. La tendencia a
la desmaterialización del muro que había llevado a los góticos a
intentar sustituirlo por vidrieras siempre que era posible, experimentó
un retroceso considerable con el advenimiento del Renacimiento que aboga
por la revalorización de muro. Esto, unido al interés por la proporción,
da como resultado unos espacios estáticos, homogéneos, delimitados y,
sobre todo, perfectamente mensurables, mentalmente aprehensibles. El
espacio renacentista se basa en la métrica que tiene su origen en
sencillas relaciones matemáticas, sencillez que permite su inmediata
comprensión (interior de la iglesia del santo Spirito, en Florencia,
obra de Philippo Brunelleschi, [FIGURA 4]).
En el Renacimiento ya no es hombre quien sigue las directrices que la
arquitectura brinda, sino que, al comprender la relación matemática que
rige, que ordena el edificio, «lo entiende» y por ello lo domina: es el
hombre quien dicta las leyes al edificio, quien controla
intelectualmente su espacio.
Los temas iniciados en el siglo XV se continúan en el
siguiente, en especial la visión del espacio absoluto, fácilmente
aprehensible desde cualquier punto de vista. A nivel plástico deberíamos
señalar la mayor consistencia y solidez que cobran los muros, cada vez
más alejados de los «desmaterializados» parámetros góticos, lo que
contribuye a aumentar el volumen y el estatismo de la arquitectura, así
como el definitivo apaciguamiento de las fuerzas dinámicas que
impregnaban el mundo gótico. Desaparecen las directrices lineales y
triunfan los volúmenes.
El Barroco representa la liberación de la
simetría, de la geometría y, en especial, de la dicotomía, incluso
oposición entre espacio interior y espacio exterior. Las aportaciones
fundamentales del barroco a la arquitectura son el movimiento de los
paramentos, muros flexibles y la interpretación espacial. Especialmente
se da una negación explícita de las formas claras o rítmicas de la
geometría y se las sustituye por la interpretación de formas más
complejas, como elipses, triángulos, etc. y sus combinaciones. Los
espacios así conseguidos son unitarios, fluyentes, sin directriz
precisa, envolventes.
El espacio no experimenta variación alguna durante el
Neoclasicismo [FIGURA 5] y el Eclecticismo.
Su verdadera aportación habría que buscarla en el campo del urbanismo:
se afrontan por primera vez los problemas derivados de la afluencia de
población a las ciudades y el advenimiento de los modernos medios de
transporte. Las ciudades del siglo XIX crecen, se expanden fuera de las
antiguas murallas y se crean nuevos barrios periféricos para absorber a
la creciente población.
La división entre espacio interior y espacio exterior
se hace tanto más imprecisa cuanto más nos acercamos a la
arquitectura contemporánea [FIGURAS 6-7-8-9].
El espacio moderno, que abarca múltiples tendencias y escuelas, tiene
uno de sus principios en la «planta libre», que permite las
interrelaciones entre espacios y la flexibilidad de los interiores, por
cuanto facilita la variación de los límites de separación de estancias.
Ya no son los palacios y los grandes templos las tipologías
arquitectónicas más frecuentes, sino las viviendas de las clases medias,
en un intento de dar solución a la necesidad de proporcionar alojamiento
a una población cada vez más numerosa. Un nuevo sistema constructivo
basado en el uso del hierro, del acero y del hormigón en todas sus
variedades, posibilita nuevas soluciones formales tales como los
inmensos voladizos que, partiendo de una estructura totalmente interior,
ya no precisa del soporte de los muros y éstos, en consecuencia, pueden
adoptar cualquier forma que se desee, curvarse, incluso eliminarse. Si
esto es ya realidad, incluso en el caso de viviendas urbanas, siempre
supeditadas a condicionamientos económicos, es evidente que en el campo
de las edificaciones experimentales o apoyadas por importantes recursos,
las posibilidades que brindan las nuevas técnicas y modernos materiales
son realmente espectaculares.
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