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NACIMIENTO DE LA ARQUITECTURA FUNERARIA |
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Una construcción tan suntuosa como un mausoleo para conmemorar un
difunto va en contra de los principios igualitarios del Islam en sus
comienzos. El primer que se conoce en tierra musulmana es el de Samarra, en
la orilla derecha del Tigris, frente al palacio de Djawsak Khakani. Se trata
del Qubbat al-Solaïbiya, monumento octogonal provisto de un deambulatorio
que rodea una sala funeraria cuadrada con una cúpula de 6,3 metros de
diámetro. Este edificio es la tumba del califa al-Muntazir, fallecido en el
862, cuya madre —que era cristiana y griega (ortodoxa)— obtuvo la
autorización de levantar para su hijo un mausoleo, donde fueron enterrados
también, posteriormente, los califas al-Motazz (m. 869) y al-Mohtadi (m.
870). Por su planta, el Qubbat al-Solaïbiya se inspira, evidentemente, en la cúpula de la Roca (Qubbat al-Sakhra) de Jerusalén, así como en los martyriums bizantinos. La existencia de un deambulatorio abovedado muestra que allí se practicaba el rito de la circunvalación, cuya apropiación por parte de los califas indica el deseo de subrayar el carácter sagrado del soberano. El edificio estaba construido mediante una especie de piedra artificial modelada en forma de ladrillos cuadrados de 33 centímetros de lado y 10 centímetros de espesor. Presumiblemente estaba revestido de estuco y de materiales preciosos. Vemos aparecer así en Samarra el esquema de tumba destinada a los príncipes islámicos, un esquema que iba a conocer una extraordinaria expansión y un fasto poco común. Baste recordar las obras maestras que constituyen los gombad persas, los turbes turcos, las tumbas de los califas de El Cairo, o los mausoleos de la India mogol. |
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