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INTRODUCCION |
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| Tanto si evocamos la Cúpula de la Roca en Jerusalén, la mezquita de los Omeyas en Damasco, la mezquita de los Aglabíes en Kairuán o la Gran
Mezquita del Califato de Córdoba, todas estas obras maestras del primer arte árabe manifiestan la fastuosidad del Islam clásico. La eclosión en Arabia, en el siglo VII de nuestra era, de la tercera de las grandes religiones con Escritura, tras la predicación del Profeta Mahoma en La Meca y Medina, es un acontecimiento que revoluciona el mundo tardoantiguo. Poco después de la muerte del fundador del Islam, y basándose en los suras del Corán, las tribus árabes extienden la fe musulmana: lanzan sus escuadrones al asalto de las dos grandes potencias —la bizantina y la sasánida— que entonces se disputaban el Oriente Próximo. Al igual que los Sasánidas de Persia, los Bizantinos, dueños del Imperio cristiano de Oriente, son derrotados. Sus ejércitos se vienen abajo ante los camelleros y jinetes surgidos del desierto de la península arábiga. En unas décadas, los recién llegados ocupan inmensos territorios. Un siglo después del comienzo de la expansión musulmana, los califas reinan sobre un imperio que va desde el Atlántico y desde España hasta las puertas de China. El mundo sasánida se ha eclipsado, y Bizancio ha perdido gran parte de sus posesiones en Oriente Próximo y en el Mediterráneo. La afirmación del Islam reúne bajo la bandera verde del Profeta a millones de hombres que instauran un orden mundial inédito. A esta nueva religión le corresponden evidentemente unos cultos y unos rituales nuevos, que exigen unos edificios particulares. A partir del modelo que crea Mahoma en su propia morada, en Medina, se elabora la forma de la mezquita. Se trata de un lugar de oración original que responde a las necesidades de los creyentes musulmanes y constituye un centro de reunión muy concreto. La mezquita conocerá infinitas variantes bajo las latitudes y los climas más diversos. Los alzados se multiplicarán a finales del siglo VII, para dar vida a una arquitectura grandiosa. Porque crea unos espacios sin igual; porque constituye una profunda innovación en el arte de construir; porque proporciona a la civilización islámica un prodigioso instrumento de expansión religiosa y de meditación colectiva. Es la expansión de este arte en el mundo árabe, durante los seis primeros siglos de la hégira —es decir, hasta el fin del imperio de los Abasíes de Bagdad en 1258—, lo que constituye el objetivo de nuestro estudio. Vamos a precisar, de entrada, que aquí sólo han sido tomadas en consideración las obras nacidas en los territorios donde se habla el árabe (lengua del Corán). Por tanto han sido excluidos de este volumen el mundo de Persia (que habla el farsi), las regiones turcófonas, y en particular Anatolia, así como los principados de la India. A pesar de estas limitaciones, nuestra «Arquitectura del Islam clásico» cubre un área inmensa, que va desde Bagdad hasta Andalucía, desde Siria hasta Arabia, y desde Sicilia hasta Túnez y el Magreb. Engloba el califato de los Omeyas, el de Damasco y posteriormente el de Córdoba, el de los Abasíes de Bagdad y de Samarra, así como una serie de dinastías locales: los Aglabíes de Kairuán, los Tuluníes de El Cairo, los Fatimíes y Ayubíes que dominaban Egipto y Siria, los Almorávides y Almohades de Marruecos y de España, etc., sin contar con las zonas de influencia, como el Palermo de los Normandos, o las sinagogas de Toledo que adoptan el «estilo» árabe. |
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