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FUENTES PREISLAMICAS |
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El poder árabe no surge de la nada por un golpe de
gracia a la llamada del Profeta: un largo pasado pre-islámico había dado a
la Península Arábiga una historia que sigue siendo poco conocida, aunque
jalonada por los vestigios de civilizaciones complejas. Con una extensión
tan grande como la de cinco o seis veces España (3 millones de km. cuadrados), pero
relativamente poco poblada debido a la presencia de grandes extensiones
desérticas, Arabia se extiende entre el mar Rojo y el golfo Pérsico. Limita
al norte con Mesopotamia. Su masa compacta presenta al sur unas cadenas
montañosas que hacen de protección contra los vientos del monzón procedente
del océano índico. El Yemen, el Hadramaut y el territorio de Omán, son
regiones lluviosas y favorecen una existencia sedentaria. Aquí se practica
una agricultura sobre terrazas en los djébels. Los valles son fértiles y
facilitan las instalaciones hidráulicas: embalses y canales de riego. Por
otra parte, en los oasis que salpican el desierto —donde crecen las palmeras
de dátiles— las tribus llevan una vida seminómada desplazándose en busca de
pastos para sus rebaños. Esta forma de vida jalonada por las lluvias
irregulares de los territorios esteparios es opuesta a la de los
agricultores del Sur, cuya actividad está marcada por las estaciones. Entre estas dos clases de población, las tensiones son siempre muy fuertes. Pero la prosperidad de los sedentarios —que ocupan pueblos fortificados en la montaña, donde practican la agricultura y cultivan arbustos que producen el incienso— tiene como contrapartida la movilidad de los seminómadas. Éstos disfrutan de las ventajas del comercio a gran distancia, transportando en sus caravanas los preciosos aromas hasta los puertos del Mediterráneo. Las poblaciones del Hedjaz —en el centro de Arabia— se especializan en este comercio a través del desierto. Conseguido el control de los intercambios por tierra y por cabotaje, los marineros árabes se lanzan a la navegación de alta mar. Aprovechando las grandes corrientes del monzón descubierto por el legendario Hipalos, aprenden a hacer el trayecto, a través del océano índico, entre los puertos de Leuké Komé, en el mar Rojo, y de Adén, y la costa de Malabar, en la India, regresando cuando los vientos dominantes cambian de dirección. De este modo, Arabia se convierte progresivamente en un centro de intercambios entre Oriente y Occidente. |
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