Principal Arte Arquitectura Bitácora Historia

I. Introducción: los orígenes del Islam
 
Indice
 
I. Introducción
Introducción
Preislam
Desarrollo
Mahoma
Expansión
 
Capítulo siguiente
 
Glosario


 

Hymiaritas
Hymiaritas
Ampliar

 

nabateos
nabateos
Ampliar

 

 

LAS ETAPAS DEL DESARROLLO

 
     Durante la prehistoria, Arabia tenía un clima más templado y estaba mejor regada que hoy. Pero sufrió, como el Sahara, una progresiva sequía («desertización») que condujo a los pueblos del neolítico a desplazarse hacia las zonas donde las lluvias del monzón permitían mantener una agricultura y hacia los oasis diseminados por el desierto que ofrecían pasto para su ganado.
     A pesar de que no ha habido excavaciones sistemáticas ni se han hecho investigaciones lo suficientemente numerosas como para permitirnos reconstruir la prehistoria de la región, a partir de la edad del bronce constatamos la presencia de sepulturas en forma de tumulus con cámaras funerarias en su interior. «La Isla de los Árabes» estaba entonces en contacto con las grandes civilizaciones que la rodeaban: la de los Faraones al noroeste y la de Mesopotamia al nordeste. Los documentos atestiguan que los pueblos de la península hablaban una lengua semítica emparentada con el acadio. Su primera referencia que tenemos entre los egipcios se remonta al 2100 antes de nuestra era, y se basa en las relaciones comerciales que mantenían con los árabes a fin de obtener el incienso, un producto precioso, necesario para los cultos y para el proceso de momificación. La búsqueda de los «aromas» es el motor de estos contactos.
     En el siglo IX a. C., los Árabes son mencionados en los textos asiro-babilónicos, que relatan los combates entre camelleros árabes y tropas asirias. Los príncipes de Saba —la Biblia habla de su reino que comercia con Salomón, hacia el 950 a. C.— pagan tributo a los soberanos de Nínive. Para conquistar Egipto, Cambises se alía con los Árabes a fin de asegurar el abastecimiento de su ejército. Sus sucesores aqueménidas incluyen Arabia en su imperio, como lo demuestran los bajorrelieves de Persépolis (siglo VI a. C.). En el 539, se constituye la satrapía de Arabia, que deja al reino árabe una cierta independencia, a cambio del pago de un importante tributo.
     Entre el siglo VI y el siglo IV a. C., el Sur de Arabia se une a los principados de Mâïn y de Qataban, de Asuán y de Himyar, así como de Aksum y Yeha, en la orilla etíope del mar Rojo. La construcción de tres grandes presas asegura la riqueza del Yemen. La más importante, la de Maarib, hecha de tierra y reforzada por bloques de piedra de 2 m de longitud, alcanza 600 m, con una altura de unos quince metros. Funcionará hasta el 575 de nuestra era, época en la que la ciudad es destruida.
     En los siglos V y IV a. C., Maarib posee grandes templos formados por altos pilares monolíticos. Es el caso del Auwam, o santuario de la Luna, y del Almaqah, que son contemporáneos de la Acrópolis de Atenas. En esta época, en Maarib se crea una escultura exenta hecha en bronce, utilizando el antiguo método de la cera perdida. Esta estatuaria representa a los reyes (o Mukarrib): llevan una piel de león como Hércules, y un tipo de puñal que todavía siguen utilizando los yemenitas. La marca de Grecia se encuentra en la acuñación de monedas: éstas están copiadas de la tetradracma ateniense.
     Esta civilización, llamada «himyarí», posee su propia escritura, que —como las otras grafías semíticas— sólo transcribe las consonantes, sin ninguna vocal. Descansa, al parecer, en una «monarquía parlamentaria» formada por asambleas: las tribus se reúnen para celebrar elecciones y para tomar las decisiones importantes.
     Al norte de la península, el reino de los Nabateos que limita con Palestina tiene un extraordinario desarrollo en las épocas helenística y romana. La ciudad de Petra, en el centro del macizo rocoso, constituye un verdadero «puerto del desierto» que filtra el comercio internacional. La influencia del arte griego tardío se manifiesta en las fachadas de sus grandes tumbas cinceladas en arenisca rosa. En la ruta del incienso y de las especias, más tarde de la seda, las caravanas árabes siguen sacando provecho de su situación geográfica dando un extraordinario impulso económico y artístico a su región: entre el siglo IV a. C. y el siglo I d. C., los Nabateos manejan las alianzas en un Oriente Medio en el que los sucesores de los diadocos están perpetuamente en lucha. Posteriormente Roma, bajo el reinado de Trajano, se anexionará la región sin topar con importantes resistencias, en el 106 de nuestra era.
     Durante el Imperio, Arabia conoce algunos altibajos, debido a las sacudidas procedentes de la política que Roma llevaba contra los Partos, y después contra los Sasánidas. Progresivamente, la ruta del comercio internacional se va desplazando de Arabia y del mar Rojo hacia el golfo Pérsico y Mesopotamia, cruzando el Éufrates a la altura de Palmira, que se convierte en el centro de la importación-exportación. Pero basta que los ataques del ejército parto, y del sasánida después, corten esta vía de comunicación, para que los mercaderes tomen de nuevo la ruta meridional, menos directa, pero más tranquila.
     A partir del siglo I a. C., una serie de ciudades más o menos independientes habían surgido sobre la franja limítrofe entre los grandes imperios: además de Petra, vamos a citar a Djérash, Palmira, Dura-Europos y Hatra, que constituyen unos centros activos desde donde se expande una cultura árabo-semítica, animada por tribus de procedencia aramea.
Los reinos de los Lamidas y Gasánidas
     Esta situación prevalece hasta la época bizantino-sasánida, donde la creación de reinos «satélites» atribuye una cierta importancia a las tribus árabes que rodean los imperios respectivos de Constantinopla y Ctesifonte. Los Sasánidas, contra quienes los emperadores bizantinos están en guerra, reinan sobre Persia, incluyendo el actual Iraq, cuya capital está situada a orillas del Tigris. Practican la religión de Zoroastro y son también objeto de un intenso proselitismo por parte de los cristianos nestorianos, que separaban la naturaleza divina y humana en Cristo, y eran por tanto hostiles a la ortodoxia bizantina.
     En los confines de los dos imperios —en la zona más conflictiva— se encontraban por tanto dos reinos árabes vasallos que eran Estados neutrales. Se trataba, por el lado persa, de los Lamidas, establecidos en al-Hira, cerca de Kufa, hacia la mitad del Éufrates, y por el lado bizantino, de los Gasánidas, que ocupaban la zona de Palmira y una parte de Palestina, y cuya capital era Bosra. Pero el miedo que suscitaba en Constantinopla la fuerza creciente de un rey gasánida a la cabeza de una serie de tribus árabes, y la aversión de los Bizantinos por el monofisismo dirigieron su poder a desmantelar las fuerzas de estos aliados, cuya desaparición iba a ser desastrosa.
     Estos territorios fronterizos evidentemente habían facilitado unas relaciones estrechas entre las tribus de Arabia y las dos grandes potencias que se desgastaban en incesantes guerras. Habían hecho que los jinetes beduinos se familiarizaran con las grandes civilizaciones tanto de Persia como de Bizancio, y con las técnicas de guerra desarrolladas en una y otra parte. Esta intimidad de relaciones que existían antes de Mahoma entre los Árabes y las fuerzas que ellos aplastarán cuando se afirme el Islam, es lo único que permite comprender la rapidez de su victoria.
   
 
Indice
Página anterior Página siguiente
Arriba
Puebla de AlfindénPuebla de AlfindénEsta página existe gracias al mecenazgo del
Ayuntamiento de La Puebla de Alfindén