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II.- La Cúpula de la Roca en Jerusalén
 
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Figura 1
Mezquita de Medina
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LA CONSOLIDACION DE LA DINASTIA DE LOS OMEYAS

 
     Para que se fusionen mejor la cultura de los pueblos conquistados y la de los conquistadores y para atraer hacia el Islam nuevos convertidos, será necesario que los soberanos árabes adopten un lenguaje arquitectónico inspirado en las formas y técnicas en uso para los monumentos que constituían el brillo del cristianismo del Imperio de Oriente. Semejante metamorfosis sólo va a ser posible cuando la capital del mundo árabe pase de Medina a Damasco. Ésta es la decisión que toma, en el 660, el califa Moawiya, fundador de la dinastía de los Omeyas.
     De otro lado, se demostrará que la decisión de dejar la original Arabia para instalar la corte del califa en una antigua ciudad de Oriente Próximo será fundamental para todo el futuro del mundo islámico, y en particular de su arte. La elección de Damasco significa que, desde el principio, los Omeyas adoptaron muchas tradiciones grecorromanas. A partir de ahora, habrá administradores, sabios, matemáticos y gestores formados en la escuela bizantina que estarán asociados al poder islámico. Y en el campo artístico —en el que los Árabes no tenían mucha tradición— habrá arquitectos, maestros de obra, escultores, mosaiquistas bizantinos, o formados por ellos, que serán contratados por los califas omeyas, deseosos de dar al Islam unos monumentos dignos de competir con las principales obras de los cristianos.
     En sus «Viajes y Periplos», el escritor árabe Ibn Battuta (nacido en Tánger en el 1304 y muerto en Ronda en el 1370), narra que «el califa al-Walid había enviado al emperador bizantino un mensaje en estos términos: «Quisiera reconstruir la mezquita de nuestro Profeta. ¿Podéis ayudarme en esta empresa? Y el emperador envió artesanos al califa.» Por tanto, ni el antagonismo militar ni el religioso excluían para nada una colaboración entre cristianos y musulmanes. De esta aportación bizantina al arte del primer Islam, la mezquita de Medina [FIG. 1], muchas veces incendiada y reconstruida, no es más que un ejemplo significativo. Es más bien la Cúpula de la Roca, en Jerusalén, la que ilustra el considerable papel de las construcciones cristianas al servicio de los primeros califas, en los albores de la era de los Omeyas.
   
 
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