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MOSAICOS SUNTUOSOS |
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La noción del Paraíso y la evocación del patio
rodeado de galerías nos llevan naturalmente a mencionar la soberbia
decoración de mosaico que cubría antaño las paredes de este espacio expuesto
a la luz del día. Al principio, todo el contorno del patio estaba adornado
con escenas que representaban follajes y ríos en cuyas orillas había unas
moradas de ensueño, bajo las sombras de los árboles y en medio de la
frescura de un entorno encantador. De este fascinante conjunto de paisajes que destaca sobre el omnipresente fondo dorado, sólo subsiste una pequeña parte que ha escapado milagrosamente a la destrucción [FIG. 1]. La calidad de estos vestigios hace que sea aún más lamentable la desaparición de la mayoría de estas escenas campestres y de estas imágenes en las que unos palacios idílicos se dispersan en medio de una naturaleza exuberante. Al principio, un alto plinto de mármol corría bajo las galerías y en la sala de oración. Alrededor del patio, este plinto se transformaba, a la altura de los ojos, en un revestimiento de delicadas teselas multicolores [FIG. 2]. Las paredes y las arcadas estaban enteramente recubiertas de mosaicos figurativos, en los que unas moradas idílicas, edificadas a orillas de corrientes de agua, estaban rodeadas de magníficos ramajes, follajes frondosos y unos bosquecillos de árboles verdosos. En la fachada, el cuerpo central de la construcción de la mezquita resplandecía hasta el frontón de pámpanos dorados, así como de grandes construcciones palaciegas de varios pisos. Por doquier se levantaban las villas que los artistas bizantinos, puestos al servicio del califa, habían imaginado para describir el bienestar y el lujo de un mundo mejor y para iluminar este lugar de culto preeminente [FIG. 3]. ¿Qué significa, en una civilización que rechaza por lo general la presencia de imágenes figurativas, este conjunto iconográfico excepcional? Ciertamente, ni el ser humano ni los animales están presentes en esta decoración inspirada en la naturaleza. Pero nos viene a la memoria el texto de lbn Jubayr, citado en el preámbulo de este capítulo, que evoca tanto los paisajes de Damasco, al pie del Prelíbano, como las aguas vivas que sugieren al escritor la comparación con Salsabil, la fuente del Paraíso. Desde luego, en esta decoración de mosaicos, por todas partes hay arroyos y estanques en los que se reflejan glorietas y quioscos, como para ilustrar las bellezas de este país paradisíaco. Porque es verdaderamente una imagen del Paraíso la que transmiten los mosaicos de la Gran Mezquita de los Omeyas: con sus «palacios» y sus jardines, sus árboles y sus ríos atravesados por puentes pintorescos, sus villas y sus pabellones de recreo diseminados bajo las frescas sombras, sus palacios en forma de hemiciclo y sus ciudades que se reflejan en lagos, ¿no es éste el Paraíso de los creyentes que han conocido los mosaiquistas? Por otra parte, estos artistas, se atuvieron enteramente a la prohibición expresada por el segundo Mandamiento del Decálogo (Éxodo XX, 41), y en este universo ideal no aparece ningún ser vivo. La representación obedece a la perspectiva escalonada del arte antiguo, que confiere un carácter cubista a las casas. Respecto a la vegetación abundante —que pasaba por ser milagrosa a los ojos de los musulmanes salidos de los desiertos de Arabia—, depende de un estilo que anuncia una especie de impresionismo. Este arte del mosaico se parece, bien mirado, al de la cúpula de la Roca o al de la mezquita al-Aksa, pero a una escala más grande y con una libertad de expresión infinitamente mayor. Que estos paisajes sean, sin lugar a dudas, creación de mosaiquistas salidos de los talleres de Bizancio, se desprende de un texto de Ibn Battuta: «El emir de los creyentes, al-Walid (...) pidió al soberano de Constantinopla que le enviara artesanos. Recibió doce mil.» Al parecer, no eran todos mosaiquistas, pero la considerable superficie de las paredes revestidas por teselas de la Gran Mezquita de Damasco tuvo que necesitar un verdadero ejército de especialistas. El simbolismo de las imágenes que adornan el patio y la fachada del edificio se basa en la descripción de las felicidades que el Profeta augura a quienes siguen la Palabra de Dios. Y de hecho, esta divina visión que fascina al Islam interpreta con precisión los términos del mensaje de Mahoma: «Dios ha prometido a los creyentes, hombres y mujeres, unos jardines regados por corrientes de agua. Es allí donde morarán eternamente. Él les ha prometido unas moradas deliciosas en los jardines del Edén» (Corán IX, 72). Descripciones como éstas de la felicidad eterna vuelven a aparecer en varias ocasiones en el Libro: «He aquí el jardín prometido a quienes temen a Dios: es un jardín regado por aguas vivas. Sus frutos son inagotables y sus sombras perpetuas. Éste es el fin de los creyentes» (Corán XIII, 36). Así, en este espacio consagrado que era el viejo temenos pagano, transformado en la época cristiana en períbolo que convierte la Iglesia en fortaleza de la fe, como nueva Jerusalén amurallada, el patio de la mezquita refleja las alegrías del Paraíso futuro. Paradójicamente, mientras que las dichas del más allá son objeto de todo el esmero de los artistas, los tormentos no están presentes en absoluto. En la Gran Mezquita de Damasco, los visitantes no encuentran, como en el tímpano de las iglesias medievales, los suplicios que tendrán que soportar los malvados. El Corán no se molesta siquiera en mencionarlos. Así como el primer arte cristiano resplandece de teofanías e ignora el infierno, del mismo modo el arte islámico clásico se concentra en visiones paradisíacas. |
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