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III. La Gran Mezquita de los Omeyas de Damasco
 
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Figura 1
Cúpula
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UN VINCULO ENTRE EL PASADO Y EL FUTURO

 
     Con esta Gran Mezquita de Damasco —cuya fastuosidad constituía la antesala del Paraíso y el anuncio de las felicidades futuras, prometidas por el profeta— el califa al-Walid había creado una obra capaz de rivalizar con los mayores santuarios cristianos. Exaltando la memoria de Yahya, el precursor de Cristo, y salvaguardando la herencia bizantina que encarnaba la antigua basílica teodosiana de San Juan Bautista, utilizando de nuevo grandes cantidades de material procedentes de la vieja estructura, que introdujo en su mezquita, rodeándose de equipos de mosaiquistas constantinopolitanos, encargados de ilustrar el radiante porvenir de los fieles, el Jefe de los creyentes no solamente respetaba los legados espirituales y materiales del pasado, sino que creaba la primera mezquita imperial, modelo altivo en el que se inspirarán muchas construcciones islámicas en los siglos venideros. Creaba, de hecho, un ejemplo resplandeciente de lo que había de ser el lugar de oración de los musulmanes.
     Porque, de una parte y de otra de su pequeña nave, dominada por la llamada cúpula «del Águila» [FIG. 1] que cubre el espacio que está delante del mihrab, las dos grandes alas que bordean la kibla ofrecen a al-Walid la oportunidad de crear, entre el 707 y el 714, el prototipo grandioso del espacio islámico: un espacio ancho donde, para rezar, los creyentes se ponen los unos junto a los otros, sin jerarquías, en contraste con las naves longitudinales de las iglesias y basílicas, donde los fieles se sitúan los unos detrás de los otros, según un estricto orden de precedencia.
     Entre estas dos concepciones del espacio —el uno en anchura, ampliamente desplegado, y el otro en profundidad, en varias hileras sucesivas— existe toda la diferencia que opone a dos percepciones concretas: la de los habitantes del desierto, los jinetes de la fantasía que se desplazan los unos junto a los otros, sobre una sola línea, ocupando una gran anchura, y la de los residentes en tierras fértiles, atravesadas por calzadas o caminos sobre los que los grupos o las tropas circulan en fila india. Entre estos dos conceptos, se aprecia una contradicción fundamental. Una visión espacial diferente los separa.
     La religión musulmana, imponiendo su concepto del espacio a través del orden que adoptan los fieles durante la plegaria, afirma así un acercamiento original del entorno espacial que se traduce en la distribución de la mezquita. A este respecto, la obra de al-Walid en Damasco es ejemplar. Influirá en todas las grandes obras hipóstilas, como las mezquitas de Amr, de Kairuán y de Córdoba, sin hablar de las mezquitas abasíes de Samarra.
     No hay que olvidar que la distribución de este espacio oblongo deriva de los primeros cobertizos hechos con troncos de palmeras y comuna cubierta de palmas, creados por el mismo Profeta en su casa de Medina. Adoptando esta configuración oblonga, la sala de la mezquita de los Omeyas de Damasco consagra una fórmula que reproduce, de manera monumental, el modelo venerable que Mahoma había legado a sus fieles.
    Observamos por tanto que la plegaria islámica interpreta —intencionadamente o no— una percepción del mundo nacida en las inmensidades desérticas de Arabia, patria del Profeta. Y menos de un siglo después de la hégira, el lugar de reunión de los creyentes encarna este concepto dándole una grandiosa expresión material. Jamás la arquitectura se había hecho tan plenamente expresión de la mentalidad profunda de un pueblo y el reflejo de su fe.
   
 
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