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IV. Los Palacios de los Omeyas
 
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INTRODUCCION

 

     Durante mucho tiempo, los palacios árabes descubiertos en el desierto de Siria pasaron por ser pabellones de caza. Era allí donde los príncipes árabes nostálgicos intentaban volver a encontrar la atmósfera ancestral de las expediciones lanzadas en persecución de las gacelas, en los grandes espacios áridos de Arabia. Estos edificios, que datan de la época de los Omeyas, son a menudo de gran calidad y de un elevado nivel de ornamentación. Conjugan el lujo de las termas con la fastuosidad de las salas para el ceremonial y parecen surgidos de la imaginación de una aristocracia ociosa. Durante las últimas décadas, sin embargo, fueron objeto de unos estudios más profundos, que modificaron la interpretación que se les había dado. Tanto Jacques Sauvaget como Oleg Grabar demostraron que estas mansiones —algunas veces fortificadas— no eran sólo palacios destinados al placer exclusivo del príncipe, sino que se hallaban en realidad en el centro de grandes explotaciones agrícolas que pertenecían al califa o a los jefes de las tribus árabes.
     Estas construcciones se alzan sobre territorios que constituían una zona fronteriza en tiempos de los Romanos, y después de los Bizantinos. Se sitúan en pleno fértil creciente, entre Palestina y la cuenca del Éufrates y del Tigris, pasando por el altiplano de Bekaa. Territorio muy disputado a causa de su riqueza potencial, esta zona es generosa a poco que reciba un riego regular. Ahora bien, este estado agrícola permanente era difícil de mantener, en unos tiempos en los que frecuentes enfrentamientos oponían a Partos y Romanos, y después a Sasánidas y Bizantinos.
     Claro que los altiplanos, entre el Líbano y el Prelíbano, eran regados de forma natural. Pero las estepas de Siria y Jordania, que ofrecían muchas veces buenas tierras de labranza, necesitaban un equipamiento hidráulico desarrollado. Ahora bien, este proyecto hidráulico sólo se puede mantener dentro del marco de una estabilidad política de larga duración. Tuvo que producirse la «Paz árabe», en los siglos VII y VIII, para que estas propiedades volvieran a encontrar la prosperidad que habían conocido, en los albores de nuestra era, durante el apogeo de Palmira y de las «Ciudades del desierto». A costa de grandes trabajos de adaptación del terreno, que necesitaba la creación de embalses, estanques, canalizaciones, acueductos, pozos, norias, conducciones de agua y a veces incluso drenajes, los Árabes desarrollaron una agricultura productiva, que revestía la forma de una colonización y acababa por crear verdaderos oasis. En realidad, estos nuevos propietarios volvieron a cultivar unas zonas intermedias entre los valles de trigo y las estepas subdesérticas. Se cuentan por decenas los centros agrícolas cuyos vestigios han sido descubiertos por la exploración arqueológica; la foto aérea también revela unos vallados destinados a proteger los campos y huertos de entonces de las manadas de ganado nómada.
     En los alrededores de las llanuras regadas de Djézireh (Mesopotamia), los agricultores disponían de mayores cantidades de agua. Los monocultivos extensivos se volvían intensivos: se transformaban en arrozales, o en plantaciones de caña de azúcar o de algodón. Pero en estas tierras aluviales las construcciones que nos han llegado son más raras, porque generalmente estaban hechas de ladrillo secado al sol. Los datos arqueológicos, que revelan una actividad agrícola importante, nos han permitido comprender mejor la función de estas propiedades principescas de la estepa que datan de la época de los Omeyas. Seguros de sus descubrimientos, los especialistas han desechado muchas veces la función de pabellones de recreo que en un principio se les había atribuido a estos palacios del desierto. Hoy por hoy, sería más lógico admitir que lo uno no excluye necesariamente lo otro: puede que se tratara de fincas agrícolas, desde donde los miembros de la aristocracia árabe organizaban partidas de caza, puesto que esas propiedades se situaban por lo general al borde de zonas desérticas.
     Pero estas dos características —agricultura y montería— no son las únicas funciones de estos «palacios»: descubriremos que, en el aspecto del ceremonial, su vocación por las recepciones oficiales y el ritual áulico (que se desplegaba allí con toda su magnificencia) era también fundamental, porque la Corte árabe, así como la administración, el fisco y la intendencia oficial centralizados en Damasco, habían heredado de los Bizantinos y de los Romanos su protocolo, su pompa y sus costumbres específicas. Y allá donde se hospedara el Príncipe, iba acompañado por un impresionante ceremonial.

   
 
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