Durante mucho tiempo, los palacios árabes
descubiertos en el desierto de Siria pasaron por ser pabellones de caza. Era
allí donde los príncipes árabes nostálgicos intentaban volver a encontrar la
atmósfera ancestral de las expediciones lanzadas en persecución de las
gacelas, en los grandes espacios áridos de Arabia. Estos edificios, que
datan de la época de los Omeyas, son a menudo de gran calidad y de un
elevado nivel de ornamentación. Conjugan el lujo de las termas con la
fastuosidad de las salas para el ceremonial y parecen surgidos de la
imaginación de una aristocracia ociosa. Durante las últimas décadas, sin
embargo, fueron objeto de unos estudios más profundos, que modificaron la
interpretación que se les había dado. Tanto Jacques Sauvaget como Oleg
Grabar demostraron que estas mansiones —algunas veces fortificadas— no eran
sólo palacios destinados al placer exclusivo del príncipe, sino que se
hallaban en realidad en el centro de grandes explotaciones agrícolas que
pertenecían al califa o a los jefes de las tribus árabes.
Estas construcciones se alzan sobre territorios que
constituían una zona fronteriza en tiempos de los Romanos, y después de los
Bizantinos. Se sitúan en pleno fértil creciente, entre Palestina y la cuenca
del Éufrates y del Tigris, pasando por el altiplano de Bekaa. Territorio muy
disputado a causa de su riqueza potencial, esta zona es generosa a poco que
reciba un riego regular. Ahora bien, este estado agrícola permanente era
difícil de mantener, en unos tiempos en los que frecuentes enfrentamientos
oponían a Partos y Romanos, y después a Sasánidas y Bizantinos.
Claro que los altiplanos, entre el Líbano y el
Prelíbano, eran regados de forma natural. Pero las estepas de Siria y
Jordania, que ofrecían muchas veces buenas tierras de labranza, necesitaban
un equipamiento hidráulico desarrollado. Ahora bien, este proyecto
hidráulico sólo se puede mantener dentro del marco de una estabilidad
política de larga duración. Tuvo que producirse la «Paz árabe», en los
siglos VII y VIII, para que estas propiedades volvieran a encontrar la
prosperidad que habían conocido, en los albores de nuestra era, durante el
apogeo de Palmira y de las «Ciudades del desierto». A costa de grandes
trabajos de adaptación del terreno, que necesitaba la creación de embalses,
estanques, canalizaciones, acueductos, pozos, norias, conducciones de agua y
a veces incluso drenajes, los Árabes desarrollaron una agricultura
productiva, que revestía la forma de una colonización y acababa por crear
verdaderos oasis. En realidad, estos nuevos propietarios volvieron a
cultivar unas zonas intermedias entre los valles de trigo y las estepas
subdesérticas. Se cuentan por decenas los centros agrícolas cuyos vestigios
han sido descubiertos por la exploración arqueológica; la foto aérea también
revela unos vallados destinados a proteger los campos y huertos de entonces
de las manadas de ganado nómada.
En los alrededores de las llanuras regadas de Djézireh
(Mesopotamia), los agricultores disponían de mayores cantidades de agua. Los
monocultivos extensivos se volvían intensivos: se transformaban en
arrozales, o en plantaciones de caña de azúcar o de algodón. Pero en estas
tierras aluviales las construcciones que nos han llegado son más raras,
porque generalmente estaban hechas de ladrillo secado al sol. Los datos
arqueológicos, que revelan una actividad agrícola importante, nos han
permitido comprender mejor la función de estas propiedades principescas de
la estepa que datan de la época de los Omeyas. Seguros de sus
descubrimientos, los especialistas han desechado muchas veces la función de
pabellones de recreo que en un principio se les había atribuido a estos
palacios del desierto. Hoy por hoy, sería más lógico admitir que lo uno no
excluye necesariamente lo otro: puede que se tratara de fincas agrícolas,
desde donde los miembros de la aristocracia árabe organizaban partidas de
caza, puesto que esas propiedades se situaban por lo general al borde de
zonas desérticas.
Pero estas dos características —agricultura y montería—
no son las únicas funciones de estos «palacios»: descubriremos que, en el
aspecto del ceremonial, su vocación por las recepciones oficiales y el
ritual áulico (que se desplegaba allí con toda su magnificencia) era también
fundamental, porque la Corte árabe, así como la administración, el fisco y
la intendencia oficial centralizados en Damasco, habían heredado de los
Bizantinos y de los Romanos su protocolo, su pompa y sus costumbres
específicas. Y allá donde se hospedara el Príncipe, iba acompañado por un
impresionante ceremonial. |