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IV. Los Palacios de los Omeyas
 
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LOS PALACIOS DE CAMPO DE LOS OMEYA

 
     Son numerosas las obras que deja el Imperio omeya en los grandes territorios donde los califas y los miembros de la aristocracia árabe tenían costumbre de establecerse, porque los hábitos del nomadismo hacían que el Príncipe no estuviera constantemente en Damasco. Él prefería, según las estaciones, y según sus propios caprichos o sus obligaciones, cambiar con frecuencia de residencia. Lo mismo pasaba con los jefes de tribus que seguían al Príncipe, y que destinaban sus casas de campo para sus estancias fuera de la capital. Así se explica la cantidad de construcciones cuyos restos han sido encontrados por los arqueólogos en las soledades de Siria y Mesopotamia, hoy en día subdesérticas. Vamos a citar, en particular, en los alrededores de Palmira, los palacios omeyas de Kasr al-Hayr al-Gharbi (el Occidental) y los dos recintos de Kasr al-Hayr (el Oriental), uno de los cuales supera las 2,2 hectáreas.
     Estos palacios, por otra parte, pueden tener las formas más diversas. La mayoría tienen un aspecto que recuerda al de las fortalezas romano-bizantinas que bordean el antiguo limes [FIG. 1], en la frontera de los imperios. Se trata, por tanto, de construcciones de planta cuadrada, jalonadas por torres redondas, situadas en los ángulos y sobre los lienzos de muralla. Un portal fortificado axial da a un patio central alrededor del cual se distribuyen las viviendas, la mezquita, la sala para el ceremonial y los baños. Esta planta rigurosa, ortogonal y sobria, puede alcanzar dimensiones considerables, yendo desde un simple fortín de 40 metros de lado (Kasr Kharana), hasta unos edificios de 130 metros de lado (Mshatta), o bien formar una verdadera ciudad de 400 x 320 metros (Andjar). Asimismo, la planta cuadrada no siempre es respetada, o bien porque hay añadiduras que hacen duplicar la superficie del palacio (Khirbet al-Mafdjar), o simplemente porque el esquema del campamento romano ya no se aplica. Eso ocurre cuando el Príncipe prefiere la solución asimétrica de pequeñas termas de dimensiones reducidas, que conjugan una sala de audiencia con una instalación de baños inspirada en la instalación antigua (Kusayr Amra).
     Además, las técnicas de construcción y la ornamentación pueden variar considerablemente. Se trata de una arquitectura ecléctica que busca su propia identidad: a veces los constructores adoptan la mampostería bizantina, tratada con capas alternas de piedra y ladrillo; otras, prefieren el hermoso aparejo de piedra tallada, unido a cubiertas de ladrillo cocido. Aquí, las fachadas externas están revestidas por un enlucido y las salas están provistas de revestimientos estucados; allí, los muros están decorados con suntuosas esculturas sobre piedra, con follajes y pámpanos, a la manera de los frisos y capiteles bizantinos. De Constantinopla proceden también los fantásticos suelos de mosaico geométrico o figurativo que cubren las salas termales; de origen cristiano son las pinturas, cuyos personajes y escenas de caza decoran a veces los abovedados del aula regia; de la antigüedad o de procedencia sasánida son las esculturas que adornan los baños y las grandes estatuas de estuco. Las fuentes de estos motivos ornamentales son por tanto distintas: derivan tanto de los modelos cristianos de Oriente Próximo como de las tradiciones iraníes.
     Para ilustrar la variedad deformas y de inspiraciones, no es inútil estudiar algunos de estos «palacios del desierto» que se encuentran en los confines con Siria y Jordania así como en el valle del Jordán o en las orillas del Éufrates.
   
 
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