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LOS PEQUEÑOS CASTILLOS DE KASR KHARANA Y DE KUSAYR AMRA |
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Construido no lejos de Amman, en la estepa
actualmente desértica de Jordania, Kasr Kharana [FIG. 1] se parece a un castrum
romano. Su planta cuadrada [FIG. 2], sus altos muros horadados con aspilleras y
jalonados de torres redondas, edificados con capas alternas de grava y
ladrillo, y su alta puerta fortificada, le dan el aspecto de un fortín
levantado en la frontera de los territorios romano-bizantinos. Este
castillo, construido hacia el 710 de nuestra era, bajo el califa al-Walid,
está formado, a ambos lados de la entrada, por unas caballerizas y unas
salas de guardia abovedadas. Alrededor de un patio cuadrado cerrado por un
pórtico [FIG. 3], se encuentran una sala basílica axial y varias viviendas, cuya
distribución simétrica se repite en el piso superior, al que se llega a
través de dos escaleras, una al este, otra al oeste. El interés arquitectónico reside sobre todo en las salas, provistas, entre bóvedas de cañón, de arcos transversales que recaen sobre unos haces de triples columnas pequeñas adosadas [FIG. 4]. El sistema de cubierta evoca unos esquemas sasánidas, y el material estucado se parece a las construcciones iraníes. Este edificio situado al borde de las tierras cultivadas no presenta, según Oleg Grabar, signo de hábitat permanente y no ha estado mucho tiempo en servicio. Kusayr Amra es otra cosa: se trata de una curiosa construcción termal [FIG. 5], en la que el volumen de las bóvedas y de las cúpulas hace pensar en el esquema romano de las termas de los Cazadores en Leptis Magna, que data del final de los Antoninos. La construcción alza su silueta asimétrica en la soledad del desierto, al borde del oasis Butum, hoy casi seco, pero donde unos arbustos de adelfas rosas revelan la presencia de agua subterránea [FIG. 6]. Antiguamente el agua de este manantial debía ser recogida, tanto para irrigar los cultivos de los alrededores como para abastecer los baños del soberano. Kusayr Amra [FIG. 7] está formada por una sala de audiencia cuadrada con tres naves paralelas en bóvedas de cañón, que sostienen dos grandes arcos longitudinales de 6 m de alcance [FIG. 8]. La nave central conduce a una habitación que forma una pequeña sala del trono, donde el Príncipe tenía que aparecer en toda su majestad. Esta nave está flanqueada, a derecha e izquierda, por habitaciones con ábsides de medio punto probablemente destinadas a las necesidades del ritual áulico, que formaban una especie de presbiterio. El espacio interno de esta sala de audiencias —que no supera los 80 m2— está enteramente cubierto de pinturas de gran interés. Estos «frescos» muestran —cosa sorprendente dentro del marco de una construcción islámica— escenas de caza, bañistas desnudas disfrutando bajo la sombra de los árboles [FIG. 9], y una serie de personajes vestidos de ceremonia. Tratados con un estilo helenístico tardío, cuatro soberanos parecen rendir homenaje al propietario del lugar, en este caso el califa. En efecto, reconocemos en sus efigies de cuerpo entero a los reyes de la época: por una parte, César, es decir, el emperador de Bizancio, y Rodrigo, último rey visigodo de España; y por otra, Cosroes, Rey de reyes de Persia, y el Negus, emperador de Etiopía. Esta identificación, que se ha podido hacer gracias a unas inscripciones transcritas a la vez en griego y en árabe, permite atribuir el castillo de Kusayr Amra al reinado de al-Walid, poco después del 711 de nuestra era. Esta suntuosa sala de audiencias está flanqueada al este por minúsculas habitaciones termales, y en particular por un curioso espacio que cumple la función de caldarium con una cúpula hemisférica cubierta de pinturas astronómico-astrológicas [FIG. 10]. El mundo islámico ha mostrado siempre un interés muy elevado por las artes adivinatorias, y en particular por el horóscopo. La búsqueda de una respuesta a sus interrogantes sobre el futuro era obsesiva entre los poderosos. Esta búsqueda ha llevado a conceder una importancia considerable al conocimiento de la mecánica astral, y es lo que ha dado origen a notables progresos científicos en el campo de la astronomía y de las técnicas de observación, a las que los Árabes —que son los herederos de las ciencias griegas, y en particular de Claudio Ptolomeo— han dado un desarrollo extraordinario. |
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