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IV. Los Palacios de los Omeyas
 
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Figura 1
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Figura 2
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Figura 3
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EL PALACIO URBANO

 
     Los soberanos omeyas no eran sedentarios. En el palacio de la capital se sienten confinados. Además de las residencias de campo de las que acabamos de hablar, les gusta edificar mansiones para califas en muchas de las ciudades de su imperio. Si en Damasco no hay vestigios de las construcciones palatinas, que debían de alzarse al sur de la Gran Mezquita de los Omeyas, en cambio la ciudad de Aroman (la antigua Rabbat Ammon, posteriormente Philadelphia) conserva un ejemplo notable de un aula regia que data de la época omeya. En pleno centro de la acrópolis jordana, coronando la ciudadela, el Kasr de estructura cruciforme constituye un interesante ejemplo de arquitectura palatina árabe. Con su sala cuadrada bordeada por cuatro iwans opuestos, se observa en él una lejana influencia de la Persia de los Sasánidas [FIG. 1]. Considerado durante mucho tiempo como obra de los príncipes gasánidas, este edificio enteramente de piedra tallada parece ser, en realidad, una sala del trono erigida en la época omeya [FIG. 2]. Es probable que una cúpula de madera sobre tambor —a la manera sirio-bizantina— cubriera su crucero. Pero la ausencia de trabajos científicos relativos a esta obra deja en la sombra muchos detalles de construcción y hace lamentar la escasez de elementos interpretativos [FIG. 3].
     Las bóvedas de arcos ligeramente quebrados de los iwans y la decoración de desgastados follajes que adornan las arquerías de esta construcción sugieren una influencia oriental. Al parecer, la marca de Persia es lo único que explica la originalidad de esta obra, que no ha suscitado demasiado interés por parte de los arqueólogos. Ciertamente, durante la época omeya, las aportaciones orientales se limitaban a los rasgos de Siria-Palestina y de Constantinopla, como se observa en los edificios civiles y religiosos [FIG. 4] [FIG. 5].
     Como vemos, si por un lado la arquitectura de los Omeyas se nutre del pasado romano-bizantino, por otro anuncia también los grandes desarrollos basados en el legado iraní que llevarán a cabo los Abasíes. Pero la impronta occidental no se borrará: constataremos, en particular en el lugar de Ukhaïdir, al sur de Bagdad, la reaparición, a finales del siglo VIII, de castillos fortificados en forma de cuadrilátero, con muralla flanqueada por torres defensivas y una organización regia dictada por un sistema rigurosamente ortogonal. Por el contrario, en Samarra, pronto asistiremos a la eclosión a gran escala de la planta cruciforme con iwans de origen sasánida, porque en Mesopotamia la arquitectura adquiere unas dimensiones más majestuosas y grandiosas —aunque más perecederas— que las construcciones damascenas.
Figura 4
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Figura 5
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