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V. La fastuosidad de los Omeyas de Córdoba
 
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Figura 1
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Figura 2
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Figura 3
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Figura 4
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Figura 5
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Figura 6
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SUNTUOSIDAD DE LA ORNAMENTACION

 
     Hay que estudiar ahora la decoración de la Gran Mezquita de Córdoba. Ésta, en particular en la zona del mihrab y de la maqsura que la rodea, es obra del califa al-Hakam II. Ha sido hecha en el 961 [FIG. 1]. En muchos aspectos, la ornamentación de esta sala de oración perpetúa las tradiciones elaboradas en Jerusalén y Damasco. Existe por tanto una continuidad del estilo omeya. Pero no hay que olvidar que un siglo y medio separa las obras de Oriente Próximo de la obra andaluza en su estado final [FIG. 2] [FIG. 3].
     Hemos mencionado la maqsura: este término indica en árabe un vallado que se sitúa alrededor del mihrab principal y que cerca un espacio destinado al soberano. Este esquema —que va en contra el ideal igualitario del Islam original— se parece en ciertos aspectos arquitectónicos al iconostasio, usual en las iglesias mozárabes del norte de España, de la misma época, y que permite proteger al Santísimo. En Córdoba, la maqsura está delimitada, sobre una anchura que corresponde a tres naves, por unos arcos polilobulados y entrelazados con una riqueza excepcional [FIG. 4]. Este juego de arcadas que se cruzan produce un efecto de claustra que contribuye a realzar el área consagrada de la mezquita.
     En esta zona de la sala de oración, que es la más fastuosa, la decoración pone el acento, en primer lugar, en el mihrab: la hornacina toma aquí la forma de una pequeña cámara octogonal. En efecto, en lugar de un simple nicho en la kibla, nos encontramos en Córdoba con un espacio cerrado, cubierto por una pequeña cúpula en forma de concha, soportada por seis arcos polilobulados sostenidos por columnas pequeñas [FIG. 5].
     La desconcertante configuración de este mihrab es algo que llama la atención: ya no se trata, en efecto, de una simple hornacina, sino de un verdadero espacio al que se puede acceder mediante el gran arco de herradura que forma una verdadera «puerta». Por tanto, el mihrab no es, ni mucho menos, una «hornacina para estatuas». Da acceso, de alguna manera, al «vestíbulo» del más allá, inmerso en la oscuridad y lleno de misterio, cuyo fondo no llega a penetrar la mirada y que sugiere el infinito divino [FIG. 6].
     Este esquema será frecuentemente retomado en al-Andalus y en el Magreb: oratorio de la Aljafería de Zaragoza, Gran Mezquita de Tlemcen, mezquita de la Karauiyna en Fez, mezquita del Viernes en Tinmal, Gran Mezquita de Sevilla, etc. Este espacio es, por otra parte, más oscuro que el que se abre detrás del brillo del suntuoso arco que sobresale, revestido de mosaicos policromados en teselas de oro. La decoración que cubre cada una de las anchas claves que componen el arco del mihrab está hecha de pámpanos que se desarrollan sobre un fondo alternativamente oro, azul y rojo. Alrededor de este arco se encuentra una especie de marco cuadrado, en relieve, que se llama alfiz, y que caracteriza el lenguaje arquitectónico islámico [FIG. 7]. También este marco está provisto de mosaicos: éstos reproducen un texto del Corán, transcrito sobre dos líneas escritas con caracteres cúficos de oro sobre fondo azul. La escritura árabe llamada cúfica (de Kufa) está reservada por lo general al Libro sagrado. Se la reconoce por su estilo anguloso, ora cuadrado, ora provisto de largas líneas, que le confiere una solemnidad monumental.
     Las enjutas, o zonas que subsisten entre el arco del mihrab y el marco del alfiz, presentan una decoración esculpida en el mármol, que representa grandes palmas estilizadas. Esta técnica del mármol cincelado se encuentra tanto en bandas decorativas que alternan con los frisos de mosaico como en grandes retablos que forman el plinto situado de una parte y de otra del mihrab. Estas superficies están enteramente cubiertas por una ornamentación exuberante y monocroma que traduce un «horror al vacío» (horror vacui) frecuente en el arte islámico [FIG. 8]. Semejante ornamentación procede tanto de un ejercicio de virtuosismo prodigioso como de una gran sobriedad; porque el efecto que consigue es el de una superficie uniforme, casi sobria.
     Siempre alrededor del mihrab, cuya riqueza es extraordinaria, se encuentra, por encima del alfiz, un retablo ornamental formado por siete pequeños arcos trilobulados sobre pequeñas columnas. Estos arcos enmarcan bonitos motivos de mosaico floral con fondo de oro, donde se expanden pámpanos y ramajes.
Figura 7
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Figura 8
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