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V. La fastuosidad de los Omeyas de Córdoba
 
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Medina Azahara
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Figura 2
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Figura 3
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EL PALACIO DE MEDINA AZAHARA

 
     Los emires, y después los califas de Córdoba disponían en la capital de un «castillo» que tenía la función de palacio. Era la Alcazaba, verdadera fortaleza en la que el soberano vivía con su guardia personal. Parece ser que la importancia que Córdoba adquirió cuando Abd er-Rahman III accedió al califato condujo al sultán, por razones de seguridad, a establecerse fuera de la ciudad, como lo habían hecho muchos emperadores romanos, como Tiberio o Adriano.
     Se debe al califa Abd er-Rahman III la construcción, a 5 km. de Córdoba, del complejo palatino de Medina Azahara [FIG. 1]: edificado en veinticinco años, a partir del 936, el palacio no será acabado hasta el reinado de Abd al-Hakam II. Este amplio conjunto que ocupa, al pie de la «Montaña de la desposada», una pendiente orientada al sur, se inscribe dentro de un rectángulo cercado por un muro que mide 1500 metros de ancho por 750 m. La regularidad de este trazado sólo es alterada en el lado norte por los accidentes de la pendiente, que desciende hacia el Guadalquivir sobre 70 metros de desnivel. Es allí donde se alzan las instalaciones palatinas dispuestas en terrazas.
     A excepción de la mezquita —edificio con patio, acabado en el 940, que está orientado al sureste, con sala hipóstila formada por siete naves limitadas por unos pórticos perpendiculares a la kibla—, todas las construcciones del palacio de Medina Azahara dan al sur. Se trata de una serie de patios, generalmente cuadrados, rodeados de arcadas y provistos de estanques. En la parte norte, no lejos de la entrada, se reconoce —a pesar de estar en ruinas— el principal edificio destinado a las recepciones oficiales del califa: este cuadrilátero de más de 80 metros de lado, cuyo patio central estaba bordeado por un pórtico, ofrecía una especie de «sala de los Embajadores». Edificio con cinco naves, de 40 metros de ancho, esta sala hipóstila para ceremonial, abierta al sur, presentaba una serie de pórticos cuyos hermosos arcos de herradura hacían alternar el rojo y el blanco de las claves. Era probablemente el Diwan i-Am, o Palacio público, en contraste con el Diwan i-Khas, o Palacio privado, en el que vamos a fijarnos ahora [FIG. 2].
     La parte mejor restaurada, gracias a pacientes excavaciones arqueológicas, es esta sala de Audiencias privadas, bautizada «salón de Abd er-Rahman III» [FIG. 3]. Esta fastuosa aula regia, cuyo aspecto se parece muchísimo al espacio hipóstilo de la Gran Mezquita de Córdoba, está formada por dos arcadas que dividen la sala en tres naves. Columnas de mármol policromadas soportan unos arcos de claves anchas alternativamente rojas y blancas, adornados con estucos delicadamente labrados. El techo plano era de madera con vigas doradas y de otros colores. Una ornamentación de mármol, idéntica a la de la maqsura de la mezquita de Córdoba, cubría enteramente los muros.
     Delante de esta sala del trono de unos veinte metros de ancho, a la que se accedía a través de un vestíbulo transversal, se encontraba un gran estanque cuadrado de la misma anchura. Todo este complejo estaba enfrente de un pabellón real, situado entre cuatro estanques que se inscribían dentro de un jardín cuadrado que soportaba una terraza de 150 metros de lado. Este espacio verde que rodeaba un quiosco «acuático», erigido en el centro de la composición a dos ejes, procedía de la tradición de los palacios abasíes influenciados por el sistema cruciforme llamado tchahar bagh («cuatro jardines»), según la acepción iraní. Formaba un verdadero paradeïsos, un «paraíso», es decir, un parque con pajarera, establo y glorietas diseminadas entre el verde, en medio de estanques y fuentes que abastecían un acueducto hundido en la montaña para recoger allí manantiales. Estas instalaciones constituían un suntuoso jardín del Edén alrededor del soberano todopoderoso, cuya gloria era ensalzada.
   
 
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