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V. La fastuosidad de los Omeyas de Córdoba
 
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LA POMPA DE UN CULTO PERSONAL

 
     Nos podemos hacer una idea de la amplitud de esta ciudad-palacio, que cubre una superficie de 112 hectáreas, consultando los textos que los cronistas árabes le han dedicado. Al-Makkari (m. en 1632), autor tardío, originario de Tlemcen, Marruecos, que vivió en El Cairo y en Damasco, y que recopiló a numerosos historiadores medievales, nos informa de que la obra de Medina Azahara necesitó diariamente seis mil bloques de piedra tallada, transportados por ochocientos camellos y mil mulas, y que las columnas utilizadas aquí totalizaban cuatro mil trescientos quince fustes de mármol, algunos importados del Norte de África e incluso de Constantinopla. Asegura que los califas han destinado a la construcción del palacio la suma anual de 300.000 dinares (es decir, el equivalente a 500 millones de dólares actuales en oro).
     Hay ciertas instalaciones del palacio de las que informa al-Maqqari, quien se remite a Ibn Hayyan de Córdoba, autor de una crónica de Abd er-Rahman III entre el 912 y el 942: «Había, entre las maravillas de Azahara, dos fuentes con unos extraordinarios estanques. La más grande era de bronce dorado, maravillosamente esculpida en bajorrelieves que representaban unos personajes. Ésta procedía de Constantinopla. La más pequeña era de mármol verde (cipolino) y procedía de Siria. El califa la colocó en la exedra de su salón y la rodeó de estatuas de oro que representaban diversos animales.»
     El escritor Ibn Bashkouwal menciona «entre las maravillas de Medina Azahara, el salón de los Califas, cuyo techo estaba hecho con tejas de oro y bloques de alabastro translúcido. A cada lado se abrían ocho puertas de ébano con relieves de oro. Cuando el sol penetraba en esta sala y al-Nasir (Abd er-Rahman III) deseaba asombrar a sus cortesanos, bastaba con que hiciera una señal a uno de sus esclavos y el estanque lleno de mercurio que estaba en el centro de la sala se ponía en movimiento. Entonces parecía que el salón daba vueltas, mientras que unos rayos de luz atravesaban la estancia llenando la asamblea de terror. Fue la abundancia de mercurio que había en España lo que le dio a al-Nasir la idea de este mecanismo gracias al cual la sala parecía dar vueltas sobre sí misma como sobre un eje. Daba la impresión de que seguía el movimiento del sol. El califa se ocupaba tanto del buen funcionamiento de este mecanismo que sólo confiaba su conservación a su propio hijo, al-Hakam».
     Tanto los jardines, con pajarera y animales, como esta sala que giraba sobre su eje, en armonía con los movimientos del sol, evocan el palacio cosmológico de la Domus Aurea de Nerón, en Roma, provista de una rotonda que, según Suetonio, «giraba continuamente sobre sí misma, como lo hace el mundo». A propósito de Medina Azahara, estamos sin duda en presencia de una descripción hecha a partir de rumores por un autor que no ha visto el mecanismo y sólo en parte ha comprendido su funcionamiento y su papel. En efecto, parece ser que la lista de animales que aporta Ibn Hayyan, a propósito de las estatuas de oro que va enumerando —león, antílope, cocodrilo, águila y dragón, por una parte, y paloma, halcón, canario, milano y buitre, por otra, «adornados de pedrerías y escupiendo agua»— procede de una enumeración fantasiosa y más o menos adaptada de «animales» del zodíaco y de las constelaciones.
     Se trataría entonces de un mecanismo cosmológico capaz de girar gracias a las propiedades del mercurio contenido en el estanque. En ese caso, el «círculo de los animales» (denominación del zodíaco —de zoon, animal, ser vivo— en la Antigüedad) representaría la esfera celeste, es decir, las estrellas y los planetas. Son los astros a los que el califa interrogaba para conocer su horóscopo, según una tradición formalmente reconocida después de los soberanos helenísticos. El hecho de que sólo el príncipe heredero pudiera utilizar este «planetario», evoca la prohibición —que en Roma era bajo pena de muerte— que pesaba sobre los autores de los horóscopos relativos al príncipe, quien tenía en exclusiva el privilegio de utilizar dicho instrumento.
     Teniendo en cuenta estos datos, sería juicioso volver a poner esta curiosa construcción en la perspectiva de los tronos cosmológicos (en particular del de Cosroes I I estudiado por Herzfeld), de los que los autores persas, como Thaalibi al-Naïshaburi (961-1038) y Firdusi (932-1020), que son contemporáneos de la edificación del palacio de Medina Azahara, dan sus descripciones detalladas.
     Constatamos así que los vestigios arquitectónicos de Medina Azahara, vistos a la luz de los textos árabo-persas, revisten súbitamente una significación que parecían haber perdido. Esta nueva interpretación contribuye también a poner en evidencia toda una maquinaria astronómico-astrológica que da prueba del grado avanzado de las ciencias cosmológicas y de las técnicas de observación astral que tenían los Árabes de la época clásica, herederos de los trabajos de la Antigüedad grecorromana. Ahora bien, esta tecnología no es ni mucho menos imaginaria: los tratados de al-Djazari (hacia 1185) constituyen un testimonio irrefutable.
     El palacio del califa, con sus patios destinados al ritual áulico de carácter privado y público, representa un lugar destinado a ensalzar al soberano. Parece ser que durante las ceremonias simbólicas que organizaban los califas de al-Andalus, una consulta astral formaba parte del carácter adivinatorio de las liturgias relativas al poder. No hay que olvidar que toda decisión importante era tomada con la ayuda de astrólogos, y que no se procedía a la fundación de una ciudad nueva sin consultar el tema astral que regiría su futuro. Tampoco hay que olvidar que el sultán Abd er-Rahman III, que reinó entre el 912 y el 961, era contemporáneo del basileus bizantino Constantino VII Porfirogeneta (913-959), autor del célebre tratado titulado «El Libro de las Ceremonias», principal fuente por la cual nos han llegado las descripciones del ritual de corte en Constantinopla, cuya influencia fue considerable en el mundo islámico. Además, las relaciones entre el califa y el basileus eran tan buenas que el Bizantino envió una delegación a Córdoba para ofrecer al Árabe un manuscrito de Paulo Orosio, historiador latino de origen español, autor de una «Historia del Mundo». A imitación de las ceremonias que exaltaban la persona del emperador en Constantinopla en el sanctum palatium, el palacio omeya de al-Andalus subraya el carácter sagrado que revestía la persona del califa. Por esto era importante dotar al marco arquitectónico con las formas que podía revestir esta veneración hecha a quien detentaba el poder, que era también el «Jefe de los creyentes».
   
 
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