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INTRODUCCION |
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El asesinato en el 750 de todos los miembros de la
familia de los Omeyas de Damasco, a excepción de aquel que se refugia en
España para fundar allí la rama de al-Andalus, que subsistirá brillantemente
hasta 1031, marca la creación de la segunda dinastía del imperio islámico.
Ésta es fundada por Abu al-Abbas al-Saffah, descendiente de un tío de
Mahoma, llamado Abbas, del que recibe el nombre. Esta dinastía va a reinar
—nominalmente— durante cinco siglos. En sus comienzos, entre el siglo VIII y
el siglo X, se habla de los Grandes Abasíes, porque ejercen la plenitud de
su poder. Posteriormente, su autoridad se eclipsa y sólo conserva un
carácter simbólico, basado en el prestigio religioso del título de califa. En efecto, a raíz del progresivo desmenuzamiento de los territorios situados bajo su autoridad, el soberano pronto reinará tan sólo sobre Irak, Siria y una parte de Persia. Tras la emancipación de España, se asiste a una serie de secesiones: en el 800, la Ifrigiyya de los Aglabíes; en el 830, el Khorasan de los Tahiríes; después, en el 868, el Egipto de los Tuluníes, y finalmente la Persia occidental de los emires Buyíes, que son tan poderosos como para poner a los califas, entre 932 y 1055, bajo una verdadera tutela de hecho, que marca el fin del período fastuoso del califato de los Grandes Abasíes. Pero los dos siglos durante los cuales se extendió esta alta civilización, tanto en la Ciudad Redonda que es Bagdad como en la ciudad nueva de Samarra, marcan indiscutiblemente el apogeo de la fastuosidad y el poder islámicos. El califa es ahora un monarca absoluto: manda sobre el ejército y la administración, dirige la política y juega el papel de guardián de la Fe. Es un soberano sagrado, rodeado por una corte formada por una multitud de aristócratas y príncipes árabes, de cortesanos y ministros, de consejeros y artistas. Es el objeto de un ritual áulico complejo y suntuoso que constituye la admiración de visitantes y embajadores extranjeros. A su lado, el vizir, o Alcalde del Palacio, oficia de «primer ministro». Uno de los fenómenos que influirá profundamente en el destino de la dinastía abasí es la presencia de una poderosa guarnición de Turcos que suceden a las fuerzas de Khorasan para formar la «guardia pretoriana» del califa. Estos soldados, recientemente islamizados, constituyen un elemento turbulento, siempre dispuesto a levantarse o a provocar incidentes con las poblaciones árabo-iraníes. Pero es una fuerza de choque de la que el sultán tiene necesidad para reprimir los intentos de golpes de Estado que atentan contra su autoridad. El problema que presenta este temible cuerpo de militares de oficio tendrá consecuencias sobre el urbanismo y el palacio: si están demasiado cerca, los Turcos constituyen un peligro para el poder que no puede prohibirles que salgan de sus acuartelamientos; si están demasiado lejos, dejan al Príncipe a merced de un golpe de Estado. El dilema afectará en particular a la configuración de la ciudad de Bagdad, y nunca encontrará una solución satisfactoria. Fue en Khorasan, donde eran muchos los partidarios de Ali (los Alíes, o Chiítas), donde se produjeron las sublevaciones que llevaron a la llegada de los Abasíes. Fue allí también donde se afirmó Abu Muslim, a quien los Chiítas identificaron más tarde con el mahdi, el imam oculto, que se creía volvería a la tierra al fin de los tiempos, según una concepción escatológica iraní. Pero tras la victoria obtenida por los insurrectos, los miembros de la familia de Mahoma proclamaron califa a Abu al-Abbas, que reinará en Kufa con el nombre de al-Saffah, que quiere decir «el Sanguinario». Los Chiítas, que habían contribuido ampliamente a asentar la nueva dinastía, no obtuvieron respuesta en sus esperanzas de acceder al poder. El impulso había llegado del Este, y ya la zona oriental del imperio islámico se encargó de desarrollarlo. Con los Abasíes, el mundo musulmán se aisló en parte de las influencias bizantinas que habían sido preponderantes bajo los Omeyas. Ahora es la herencia del viejo imperio de los Sasánidas la que nutre la cultura, la administración y la corte de los califas. Esta renovación de las fuentes, por la cual la corriente persa adquiere una influencia considerable, contribuye a la afirmación del carácter divino del poder real que encarnan los califas abasíes, a ejemplo de los Reyes de reyes sasánidas. Conduce a la exaltación del ritual áulico cuya liturgia se extiende al palacio. El arte tiene como misión, aún más que antes, glorificar al soberano. |
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