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VI. Grandeza del Califato de los Abasíes
 
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Bagdad
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EL BAGDAD FUNDADO POR AL-MANSUR

 
     Entre el 754 y el 775, al-Mansur, el «Victorioso», es califa. En el 762, funda una nueva capital llamada Madinat as-Salam, la «Ciudad de la Salud» —Bagdad era el nombre persa de la localidad— a orillas del Tigris. Construida en un territorio aluvial muy fértil, pero donde no hay piedras para la construcción, la ciudad califal, enteramente hecha de ladrillos secados al sol, no ha dejado ningún vestigio, a pesar de haber estado constantemente habitada hasta nuestros días. Esta situación, por otro lado, es propia de Mesopotamia, donde gigantescas aglomeraciones han desaparecido para siempre. Conocemos, no obstante, el aspecto de Bagdad gracias a las descripciones que nos han dejado los autores árabes.
     La planta adoptada es la de una «Ciudad Redonda», nombre que por otra parte le será atribuido a menudo. Tanto el lugar, cerca de la antigua Ctesifonte, capital de los Sasánidas, como la fecha en que se inició su construcción, fueron determinados por unos astrólogos y especialistas en geomancia. Obedeciendo a consideraciones cosmológicas que se remontaban a los Asirios, se adoptó un trazado circular cuyo origen se sitúa en la línea de Nínive, Hatra, Harran y Firuzabad. El diámetro externo de Bagdad era de 2,6 kilómetros. Tres murallas concéntricas protegían la ciudad. Entre la primera, provista de 112 torres, y la segunda, se encontraba un glacis, mientras que entre la segunda y la tercera se levantaban los distintos barrios. En esta superficie anular, el hábitat estaba distribuido en 45 cuadrantes con dos calles radiales.
     Las cuatro puertas que daban acceso a la ciudad se hallaban sobre las bisectrices de los cuatro puntos cardinales, al sudoeste, al sureste, al noroeste y al nordeste, y correspondían de ese modo a los grandes territorios del imperio: Arabia, Siria, Kirman y Khorasan. Largos bazares cubiertos y abovedados eran edificados sobre estos cuatro ejes de penetración, a partir de las puertas fortificadas.
     La zona central estaba ocupada por un inmenso parque circular que medía 1500 metros de diámetro. En medio se encontraba el palacio que flanqueaba la Gran Mezquita. Este palacio, llamado Dar el-Kilafa, cubría un cuadrado de 200 metros de lado. Una cúpula de color verde, llamada al-Qobbat al-Khadra, de unos cuarenta metros de alto y revestida de ladrillos esmaltados, dominaba el complejo, y estaba flanqueada por cuatro grandes iwans.
     Hay que precisar que el iwan es una creación de la Persia parto-sasánida, en la que jugaba el papel de sala del trono. Se trata de una sala grande, cubierta por una bóveda y abierta en la fachada, que se presta al ritual de aparición del soberano. Posteriormente, fue adoptada en las mezquitas como vestíbulo de la sala de oración. Probablemente, la planta cruciforme del palacio en el centro de Bagdad había sido heredada del palacio de Abu Muslim en Merv, que tenía a su vez grandes construcciones palatinas sasánidas, y sobre todo del palacio de Ctesifonte.
     Respecto a la Gran Mezquita de Bagdad, contigua al palacio, medía 100 m de lado. Se trataba de un edificio con patio de planta cuadrada. Pero fue ampliado en tiempos de Harun al-Rasid (786-809) ocupando poco a poco el espacio reservado al palacio. De esta inmensa obra abasí, enteramente de ladrillo, no ha quedado nada. Lo mismo ha ocurrido con las ciudades babilónicas y asirias, que, después de los estragos de las guerras, han sido literalmente arrasadas, sobre todo cuando el lugar fue abandonado o cuando la capital —como ocurrió a menudo con Bagdad— se desplazaba a lo largo de la historia, como atestiguan las sucesivas fundaciones de Rosafa, por al-Mahdi (775-786), y después las murallas de al-Mosta in (862-866) y de al-Mustazhir (1092-1118).
   
 
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