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LA FUNDACION DE UNA NUEVA CAPITAL EN SAMARRA |
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La planta de la Ciudad Redonda de Bagdad, como
hemos subrayado, tenía grandes desventajas: no podía crecer en función de
las necesidades, u no ofrecía un acuartelamiento práctico para las tropas
que constituían la guardia personal del califa, formada por Turcos que, a
partir de al-Motasim (833-842), habían reemplazado totalmente las tropas de
Khorasan. Estos inconvenientes impulsaron a los sucesores de al-Mansur a
construir una nueva capital a unos cien kilómetros al noroeste, siempre a lo
largo del curso del Tigris. Es precisamente al-Motasim quien decide, en el
836, establecerse en Samarra con toda su corte y su administración.
Rechazando el esquema de una ciudad cerrada, opta por una serie de barrios
rodeados de muros, escalonados a lo largo del río. Estas distintas
fundaciones acabarán por formar una aglomeración de casi 35 kilómetros de
largo, cuya anchura variará entre 2 y 5 kilómetros, y que, durante las cinco
décadas (836-883) en las que permanecerá en actividad, superará
probablemente el medio millón de habitantes, en un tiempo en el que París
contaba apenas con 30.000 almas [FIG. 1]. Como Bagdad, y a pesar de que Samarra no fue habitada de nuevo desde que el califa al-Motamid la abandonó (870-892), quedan pocas cosas de esta ciudad que cuenta con las dos mezquitas más grandes del mundo islámico, y cuyos palacios se extienden respectivamente a lo largo de 36 hectáreas el de Balkuwara, edificado por al-Motawakkil, y de unas 150 hectáreas el anterior, el de Djawsak Khakani, edificado por al-Motasim. Porque, también aquí, el material de construcción era el ladrillo secado al sol, con paramentos y bóvedas en ladrillo cocido y realces de estuco cincelado y pintado [FIG. 2] [FIG. 3]. Las construcciones alcanzan ya proporciones gigantescas. Por mencionar tan sólo el más reciente y el menos amplio de estos dos palacios, el de Balkuwara [FIG. 4], en Samarra, su eje principal se desarrolla sobre 800 metros, y rige unas instalaciones simétricas cercadas por unos muros jalonados por 160 torres en forma de hemiciclo. La planta está formada por una progresión de 300 metros hacia el Tigris. El eje atraviesa primero dos jardines en tchahar bagh precedidos de grandes portales con iwans. A continuación, conduce al cuerpo principal, cercado por una muralla de 460 metros de ancho por 100 metros de profundidad. Es aquí donde se encuentran las viviendas, con sus casas con un pequeño patio, según la costumbre tradicional en la región, ya que las viviendas de los diferentes miembros del séquito del califa son todas iguales. En el centro se alza el palacio oficial, con las salas de ceremonias precedidas por un patio grande bordeado de pórticos que conducen a una estructura cruciforme. En el centro se encontraba una cúpula sostenida por cuatro iwans, a la manera de los Sasánidas. Una vez superada este aula regia, se llega a otro jardín dividido en cuatro partes, en tchahar bagh, cuya terraza domina el curso del río. En este grandioso complejo, no había más que salas cubiertas por preciosos revestimientos de madera, muros revestidos de estucos cincelados, pinturas policromadas que decoraban las salas del harén, en las que figuraban escenas de caza o baños de mujeres jóvenes medio desnudas. Porque si la prohibición de imágenes es muy respetada en los lugares de oración, no ocurre lo mismo en palacio. Además, en las salas y en el parque, un sistema hidráulico lleva su frescor a todas partes: surtidores y fuentes que murmuran, espejos acuáticos, en los que se reflejan las fachadas revestidas de espejos, de nácar y de mármol blanco, crean una transparencia aérea y etérea en este palacio de las «Mil y una noches». Por otro lado, el aspecto maravilloso está subrayado por los cronistas, que mencionan, con ocasión de la visita de unos embajadores bizantinos venidos a Bagdad en el 917 para presentar sus respetos a al-Moktadir (908-932), toda una serie de mecanismos prodigiosos que cita Dominique Sourdel: por orden del califa, «se vio salir de la tierra, con diferentes movimientos, un árbol que llegó hasta la cúpula y que hizo brotar surtidores de agua de rosa y de almizcle, al tiempo que unas figuras de pájaros cantaban en sus ramas». Para comprender estos palacios islámicos en forma de verdadera ciudad amurallada, hay que tener en cuenta el papel que juegan los jardines en esta arquitectura que constituye a la vez una verdadera obra de urbanismo. En los países del desierto (las extensiones mesopotámicas permanecen áridas, ya que no disponen de irrigación), todo jardín está cercado por un muro para proteger las plantaciones de las tempestades de arena. A este jardín cerrado en persa se le llama «paraíso». El esquema del parque hecho por el hombre, distribuido en cuatro partes regidas por el sistema hidráulico ortogonal, corresponde, como ya hemos dicho, al tchahar bagh de los Iraníes. Se basa en un concepto cosmológico milenario caracterizado por los cuatro ríos del jardín del Edén. En sus parques palatinos, los soberanos se esfuerzan, por tanto, en reproducir esta imagen. En el interior, hacen figurar los distintos reinos de la vida: el universo vegetal, con flores y árboles de exóticas esencias; el mundo animal, donde se juntan los pájaros de las pajareras, los peces de los viveros y estanques, y los mamíferos salvajes o domésticos criados en grandes «reservas», según una tradición aqueménida y helenística que constituye los ancestros de los jardines botánicos y zoológicos. Además, el sistema de las cuatro partes se extiende a toda la arquitectura. Por eso la organización palatina responde a este trazado ortogonal que preside toda creación urbanística. Sólo escapa a esta regla imperiosa la mezquita del Palacio, que tiene el eje desplazado con respecto a las demás construcciones, para responder a los imperativos religiosos que imponen la orientación hacia la Kaaba. |
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