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LA LLEGADA DE LOS CALIFAS FATIMÍES |
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En el siglo X, la disgregación del imperio abasí se
acelera. Después de que ibn Tulun se hubo sustraído al poder de los califas
de Bagdad, unos príncipes Buyid de tendencia chiíta ponen bajo su protección
al jefe de los creyentes. Estos aventureros persas, que se proclaman
independientes en el 932, llegan a ocupar Bagdad, donde intensifican la «iranización»
de la corte. A estas alturas la disputa entre sunnitas y chiítas, basada en
la forma de sucesión del jefe del Islam, es cada vez más enconada. Los
partidarios de la sucesión familiar, que forman la rama chiíta, consideran a
Ali, primo y yerno del Profeta por haberse casado con Fátima, como el
representante legal de la tradición. Según este concepto, sólo los
descendientes de Mahoma pueden heredar el poder y convertirse en los
guardianes de la fe islámica. Ahora bien, este movimiento político-religioso
tiene un desarrollo tanto más rápido cuanto más débil se va haciendo el
poder sunnita de Bagdad. En el Norte de África y en Oriente Próximo, los
Alíes están representados por los anticalifas fatimíes, que constituyen la
oposición más virulenta al sunnismo. Los Fatimíes, o partidarios de Fátima,
hija del Profeta, forman una dinastía ismaelita, de obediencia chiíta, que
se impone gracias a Obayd Allah, llamado el Mahdi (862-934). Este personaje,
que pasa por ser un descendiente directo del Profeta, había nacido en Siria.
Ante las amenazas de sus adversarios, huye al Tafilalet (Marruecos
meridional). Su misionero, llamado Abu Abd Allah, difunde sus ideas en la
Ifrigiyya (actual Túnez), donde el personaje de Obayd Allah es rápidamente
reconocido como el verdadero Mahdi. Sus fieles le conceden el título de
califa. Ahora existe, frente al califato sunnita de Bagdad, un califato
chiíta que afirma inicialmente su autoridad en Kairuán, la capital de la
Ifrigiyya, y después, al fundar la ciudad de Mahdiya, Obayd Allah se instala
en el 921 en esta nueva capital. El movimiento alí, en tiempos de la dinastía fatimí, conoce una rápida difusión: se implanta en Egipto en el 969, y después en Damasco en el 970. La mayor parte del mundo islámico parece entonces inclinarse hacia el campo de los chiítas, y el sunnismo ya sólo se mantendrá en su posición preeminente gracias a los nuevos convertidos, los Turcos selyúcidas. No solamente hay soldados turcos en la guardia de los Abasíes, sino que sus hermanos, los Selyúcidas, constituyen pronto una formidable potencia en Oriente Medio, donde se apoderan de Persia antes de entrar triunfalmente en Bagdad en 1055 y proclamarse defensores del califa. La presencia de los Fatimíes en Egipto va acompañada por una profunda transformación del país. Fundadores de El Cairo (al-Kahira, la «Victoriosa»), los califas chiítas se establecen en el 973 en esta nueva capital. Bajo su reinado, Egipto conoce una extraordinaria prosperidad, como lo demuestra una renovación de las artes y de la arquitectura. Es el general Gauvar, comandante de las tropas del Fatimí al-Muizz (953-975), el que decide edificar, no lejos de la ciudad árabe de Fostat, esta nueva ciudad, situada entre el Nilo y el Mokkatam. Se trata esencialmente de una fortaleza, de una especie de «ciudad prohibida», reservada al soberano y a su corte, al personal administrativo así como a la guardia pretoriana. Esta ciudad fortificada tiene un tesoro, una casa de la moneda, una biblioteca, un arsenal y unos mausoleos. Está provista, en un primer momento, de una muralla de ladrillo, de planta cuadrada, que mide 1,1 kilómetros de lado. Más tarde, en el siglo XI, estas murallas serán reconstruidas en piedra, bajo la influencia de los progresos realizados en el campo de la poliorcética, en vísperas de las Cruzadas. El hecho de que El Cairo haya sido concebido como una fortaleza, donde sólo residía la clase dirigente, explica en parte el profundo cisma que siempre ha existido entre, por un lado, los soberanos fatimíes, su Corte y su administración, y por otro la gran masa de la población rural y artesanal egipcia que ha seguido siendo sunnita. Esta ruptura social explica la relativa brevedad del paréntesis fatimí. En efecto, esta dinastía sólo dura dos siglos, y se acaba en 1171 en medio del caos. |
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