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VIII.- La desintegración del Occidente Islámico
 
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DESDE EL MAGREB HASTA AL-ANDALUS

 
     Hemos recordado antes el movimiento fatimí que procede del Norte de África y se impone en El Cairo. En el 909, el chiísmo invade Túnez, después los califas fatimíes van a reinar en Egipto. Cuando esta dinastía traslade su capital a El Cairo, en el 973, decidirá poner la Ifrigiyya bajo la autoridad de los Ziríes. Estos Bereberes no tardan en rechazar, en 1048, el poder fatimí. Para vengarse, El Cairo lanza sobre el país la tribu de los Banu Hilal. Estos nómadas, muy poco cultivados, siembran la desolación en las ciudades y en los campos, y destruyen Kairuán en 1057. Túnez se desmiembra ya en principados vasallos de los Hilalíes.
     Simultáneamente, España conoce un desgarramiento análogo tras la caída de los Omeyas de Córdoba. En la lucha sin cuartel que se libra entre cristianos y musulmanes en la Península Ibérica, el cambio del siglo X al siglo XI es crucial. En el 986, el terrible Almanzor se apodera de Barcelona y la saquea, como muchas otras ciudades de Castilla y de León. Pero la respuesta no se hace esperar: en el 1009, el conde de Barcelona toma Córdoba y vuelve a Cataluña cargado de botín. El poder omeya se estremece. Y a partir de 1010, la unidad de al-Andalus se rompe. Es reemplazada por pequeños principados musulmanes: los reinos de Taifas. Cada uno de ellos nombra un rey provincial (en árabe: muluk al-tawaïf). El califato se desmigaja dejando paso a los reinos de Sevilla, de Córdoba, de Málaga, de Granada, de Badajoz, de Valencia, de Murcia, de Niebla, de Toledo y de Zaragoza. Los soberanos de estos territorios entran en lucha los unos contra los otros. El Sur de España conoce una Edad Media en la que cada cual lucha contra su vecino, en la que los cristianos y los musulmanes se alían a veces contra sus propios correligionarios, en la que los intereses creados priman sobre las diferencias de culto o de fe. Estos desórdenes no impiden, sin embargo —lo cual no deja de ser una paradoja— una extraordinaria eclosión cultural y unos intercambios fructuosos. Estas guerras civiles propias del siglo XI no acabarán hasta la irrupción de los Almorávides del Norte de África.
     Bereberes del Atlas, los Morabitos o Almorávides —unidos en cofradías de monjes guerreros que, tras haber conquistado Marruecos y una parte de Argelia, han desembarcado en España para restablecer allí un Islam de estricta observancia— están bajo el mando de Yusuf ibn Tashfin (1061-1106). Se trata de Beduinos sin contacto con Oriente y sin tradición arquitectónica propia. Sufren la influencia de la civilización evolucionada de la España islámica y dan origen al arte hispano-morisco.
   
 
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