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DESARROLLO DE LA ARQUITECTURA MILITAR |
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Si El Cairo está provisto, en 1087, bajo Badr Gamali, de una poderosa
muralla de piedra, la irrupción de los Selyúcidas, y después de los
cruzados, provoca una intensa actividad arquitectónica en el campo de la
poliorcética y de las construcciones defensivas. Es el caso, en particular,
de la formidable ciudadela que construye Saladino, a partir de 1176, al sur
de El Cairo, sobre los primeros contrafuertes del Mokkatam. La empresa es
enorme: constituye una ruptura con la tradición, puesto que la fortaleza se
alza fuera de las aglomeraciones de Fustat y de Kahira, en un sitio
escarpado que domina netamente los barrios habitados. Se compone de dos
partes: el castillo, donde está estacionada la guarnición, y el palacio,
donde vive el sultán, cada uno rodeado por su propia muralla. Vuelta hacia
la ciudad antigua, la fortaleza presenta unas puertas de acceso
impresionantes, mientras que, por el lado sur, en dirección a la montaña,
ofrece una poderosa muralla jalonada por torres semicirculares, que fueron
construidas, en su mayor parte, después del reinado de Saladino. Para acabar este proyecto colosal, Saladino recurrió, por un lado a la mano de obra formada por los prisioneros de guerra cristianos, que constituían unos cuantos miles, y por otro a los materiales que ofrecían tanto las pequeñas pirámides de Gizeh como los edificios faraónicos de la región de Abusir. Una primera campaña de trabajos se terminó en 1184, según una inscripción que se refiere a la fortaleza con su muralla de 1700 metros de perímetro, englobando una superficie de 13 hectáreas. Se aplicó aquí toda la técnica militar perfeccionada en el enfrentamiento con los cruzados. La fortificación, de 3,5 metros de grosor, estaba formada por torres y casernas. La amplitud de la construcción era tal que, medio siglo después de la muerte de Saladino, las obras aún estaban en marcha. En la parte occidental, una segunda muralla contigua estaba destinada a cobijar el palacio del que sólo quedan escasos vestigios. Dominaba el inmenso hipódromo destinado al juego del polo. Este meïdan, según la acepción persa, medía 600 metros de largo y 100 de ancho. Era aquí donde tenían lugar las paradas oficiales y donde las tropas del soberano hacían la instrucción. El espacio abierto que representaba este meïdan Salah ed-Din se inscribía dentro de la más pura tradición romano-bizantina y superaba las dimensiones de las plazas del Circo de Roma y del gran hipódromo de Constantinopla. |
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