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LAS CIUDADELAS DE DAMASCO Y DE ALEPO |
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Treinta años después de comenzarse a construir la ciudadela de El Cairo, la
ciudad de Damasco se protege igualmente con una muralla que rodea su
ciudadela, obra del hermano de Saladino, que decide edificarla en 1206 [FIG.
1]. Se
trata de una muralla rectangular, orientada en sentido este-oeste, como el
temenos sobre el que se eleva la cercana Gran Mezquita de los Omeyas. La
obra está bordeada al norte por el río Barada, que le sirve de foso. La
muralla, de 240 metros de largo aproximadamente, está flanqueada por doce
torres rectangulares, construidas con gran aparejo de almohadillado. Estas
torres llevan almenas salientes que dominan unas troneras. En las esquinas
o en medio de las fachadas externas, estas almenas descansan sobre potentes
modillones entre los cuales los defensores pueden disparar sus armas. Su
estructura en saledizo, sostenida por un muro detrás del cual se protegen
los defensores, es una de las principales innovaciones de la arquitectura
militar de la época de las cruzadas. Las murallas están jalonadas, a lo
largo de todo su perímetro, por grandes merlones horadados por troneras en
forma de saeteras. Basándose en las mismas técnicas, llevadas a una escala considerablemente mayor, y dominando un cerro natural en forma de cono truncado, allanado por la mano del hombre para formar un glacis inclinado y empedrado, la ciudadela de Alepo es una de las obras defensivas más impresionantes de todo el Próximo Oriente. Desde la Antigüedad, esta enorme loma rocosa, sobre la que se había concentrado el hábitat a lo largo de los últimos milenios antes de nuestra era, ha constituido un refugio. Pronto, toda la superficie será ocupada y la ciudad sólo podrá ensancharse hacia la planicie. En la época helenística, la acrópolis se compone de las fortificaciones, los templos y el palacio. Sobre la fortaleza romano-bizantina se elevará una plaza fuerte musulmana, construida a finales del siglo XII por el ayubí Zaher al-Ghazi, hijo de Saladino, y terminada en 1209. Más tarde, la ciudadela de Alepo será devastada por los Mongoles en 1258 y no será reconstruida hasta 1292. Arruinada de nuevo por Tamerlán, será restaurada en el siglo XVI por los Otomanos. A pesar de esto, su muralla y sus defensas subsisten esencialmente tal y como han sido concebidas en la época de los Ayubíes. A unos cincuenta metros por encima de la ciudad de Alepo, esta acrópolis presenta en la cima una superficie plana, ovalada, de 300 metros de ancho de este a oeste y de 170 metros de norte a sur. La muralla que la rodea tiene cuarenta y dos torres cuadradas salientes. El acceso se encuentra en el flanco meridional de este conjunto, completamente aislado sobre sus glacis. Para atravesar el gran foso que rodea la construcción, y para escalar este glacis escarpado que conduce al poderoso bastión en forma de torre cuadrada que sobresale en medio de la muralla, los arquitectos han ideado un puente inclinado soportado por siete arcos altos y estrechos [FIG. 2]. Este puente une la barbacana de la entrada —que tiene la función de cabeza de puente propiamente dicha— con la enorme torre [FIG. 3]. El tablero rectilíneo, en plano inclinado, está dominado por seis baterías de troneras situadas a media altura en los muros de este bastión, en cuyo seno se abre una parte hundida que corona un arco impresionante. Es aquí donde se sitúa la entrada de la ciudadela. Bajo la bóveda que encierra nuevas baterías de troneras, la puerta se abre del lado derecho, que está en frente del escudo de los asaltantes: los guerreros lo llevan en la mano izquierda para dejar libre en sus movimientos el brazo que combate. Se trata, en efecto, de debilitar la defensa del enemigo. Este sistema de la entrada esquinada a la derecha, ya utilizado en Krak de los Caballeros, impide asimismo el recurso al ariete para abatir el batiente de la puerta. Tras ella, que tiene una barrera de hierro y un «blindaje» forjado con arte, las fuerzas que consiguen superar esos primeros obstáculos se encuentran con un pasillo cinco veces esquinado y enteramente cubierto, que escala los declives que conducen al nivel superior de la fortaleza. Este recorrido obligado, dominado por unas troneras e interrumpido por una serie de puertas, confiere al dispositivo de defensa toda su eficacia. |
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