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IX.- Levantamiento en Oriente Próximo
 
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Figura 1
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Figura 2
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Figura 3
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Figura 4
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Figura 5
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LOS ULTIMOS EDIFICIOS ABASÍES DE BAGDAD

 
     Así como en la Siria ayubí se percibe el eco de las formas iraníes, del mismo modo los últimos edificios construidos bajo los califas de la prestigiosa dinastía de los Abasíes —que ya sólo ejercen un poder nominal y religioso— reflejan la influencia de Persia. Desde que los emires Buyid han puesto a los califas abasíes bajo su protección, el sello iraní se ha impuesto en Bagdad. Sin embargo, cuando los Selyúcidas «iranizados» se apoderan de la capital de los Abasíes en 1055, Togrul Begh, en defensa del sunnismo recibe del califa el título de Sultán y soberano de Oriente y Occidente. Estos Turcos rápidamente cultivados —asimilan la herencia de Persia bajo el reinado de Malik Shah en Isfahan (1072-1092) y de su visir iraní Nizam al-Mulk— consiguen promover el arte persa que llevan a un notable apogeo.
     Los arquitectos de Persia son ya en todas partes los propagadores de la madraza, edificio destinado a la formación de teólogos y juristas. Difunden también los sistemas decorativos basados en las estalactitas e imponen la arquitectura de ladrillo que ellos mismos han adoptado para que sus obras resistan mejor a los seísmos frecuentes en la región de las altiplanicies.
     Un siglo más tarde, gracias al debilitamiento de los Selyúcidas en tiempos de al-Nasir al-Din Allah (1180-1225) el califato vuelve a encontrar pronto su capacidad creadora. Este soberano construye en Bagdad unos edificios según el espíritu persa que constituyen el canto del cisne de los «pequeños Abasíes», cuyos reinados caracterizan el fin de la dinastía. Su último representante, al-Motasim (1242-1258), va a caer pronto bajo las armas de los Mongoles, quienes lo ejecutarán sin piedad.
     Hay un ejemplo interesante que atestigua la impronta iraní en Iraq: la cúpula con mukarna del curioso mausoleo de Sitta Zobeïda [FIG. 1] [FIG. 2], construido por el califa al-Nasir, en memoria de la esposa de Harun al-Rasid (siglo VIII). Esta tumba se inspira en la del Imam Dur, que data de 1085, aunque su alta cúpula de nueve niveles de estalactitas no descansa sobre una base cuadrada como la de su modelo, sino sobre un octógono. La obra representa sin lugar a dudas una considerable demostración técnica, con sus sucesivas subdivisiones de alvéolos que se multiplican para formar, a media altura, una estrella de treinta y dos lados. Por encima, una apretada red de alvéolos, en la que se abren pequeñas lunetas para la iluminación (similares a las de las salas de hammam), confiere una atmósfera misteriosa a este espacio interno.
     Sucesor de este soberano, el califa al-Mustanzir (1226-1242) manda edificar la madraza llamada Mustansiriya de Bagdad [FIG. 3]. Es un edificio oblongo (unos 100 metros de ancho por 50), con un gran patio (63 x 28 metros) en doble simetría axial subrayada por cuatro iwans situados de manera que se correspondan de dos en dos alrededor de un estanque central para las abluciones [FIG. 4]. Uno de estos iwans se sitúa detrás de un gran portal de entrada, a la manera de los pishtak de Irán. Otros dos, sobre los lados estrechos del patio, abren sus altas bóvedas afiladas en el seno del majestuoso marco que subraya su presencia. El último, de cara a la entrada, tiene el aspecto de una sala oblonga, con tres entradas, que hace la función de haram, o lugar de oración, donde se encuentra un mihrab.
     Alrededor del patio se despliegan, sobre dos niveles, las arcadas detrás de las cuales se sitúan las celdas de los maestros y de sus alumnos. Hay unas sesenta habitaciones señaladas por hermosos arcos cuyos tímpanos están adornados por delicados motivos geométricos, obtenidos por una especie de mosaico de ladrillo que une unas formas de estrellas y unos sistemas lineales recurrentes [FIG. 5] [FIG. 6]. Estos arcos son típicos de Persia, con su trazado de cuatro puntos focales, con dos contrafuertes ligeramente salientes y dos arcos rampantes más empinados. Todo, por otra parte, en este edificio tan esmeradamente aparejado en ladrillo, evoca el arte persa.
     Lo mismo ocurre con la Qala, o Palacio de los Abasíes [FIG. 7], construida por al-Nasir o por al-Zahir antes de la mitad del siglo XIII, una parte de la cual ha sido reconstruida para devolver al conjunto su unidad. La extraordinaria restauración llevada a cabo permite captar el aspecto original de esta construcción de ladrillo con un patio central polarizado por dos iwans axiales. Está rodeada por una galería que da acceso a unas habitaciones exiguas: en realidad, la observación de la planta demuestra que, a pesar de su nombre pomposo, se trata de una madraza más que de un palacio. Esta escuela de 42 x 60 metros aproximadamente presenta, como la Mustansiriya, dos niveles de arcadas detrás de las cuales se sitúan las habitaciones de los maestros y de los estudiantes. Este tipo de planta con patio central de origen persa está totalmente basada en una organización centrípeta: a ejemplo de las mezquitas rodeadas de pórticos, está de espaldas a la calle, y sus fachadas dan al patio. Por eso la decoración se concentra en esta zona más que en la parte externa de la construcción [FIG. 8].
     La particularidad ornamental de este edificio (que muestra grandes analogías con la Mustansiriya) reside en la galería inferior, que está cubierta de estalactitas, cuyos alvéolos y triángulos cóncavos forman unas cascadas petrificadas detrás de los arcos con molduras en bocel. Esta fórmula tan original demuestra que se está generalizando un sistema que, precisamente aquí, estaba reservado a los elementos más sagrados de los edificios (mihrab, iwan) o a las estructuras portantes (galerías en saledizo de los minaretes).
     Con este arte que florece en la Bagdad de los últimos Abasíes, se constata no solamente el vigor de la marca persa, sino también la renovación y prolijidad del estilo elaborado antes de la mitad del siglo XIII. Es el auge que conocerá la arquitectura árabe tras la caída de los Abasíes, con las obras maestras de los Mamelucos de El Cairo (1250-1517), los Meriníes de Marruecos (1248-1465) y los Nasríes de Granada (1237-1492), autores de la incomparable Alhambra.
Figura 6
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Figura 8
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