| |
|
GLIFOS MAYAS
utilizados para
|
|
La fecha de nacimiento
|
|
|
|
LA ASCENSION AL TRONO
|
|
|
|
El emblema de un personaje llamado "Escudo-Jaguar"
|
|
|
|
El emblema de un personaje llamado "Pájaro Jaguar"
|
|
|
| |
|
|
Esta originalidad de los progresos hechos por los pueblos precolombinos en su evolución hacia la adquisición de las técnicas neolíticas es
lo que constituye la diferencia entre el Viejo y el Nuevo Mundo, y explica tanto las lagunas que se constatan entre las culturas nativas de América como los sorprendentes avances que caracterizan
algunas de sus civilizaciones.
Así, por ejemplo, las plantas que cultivaban no tienen nada que ver con las del Viejo Mundo: las sociedades amerindias no conocían el trigo, el centeno y la avena, que son los
fundamentos de la alimentación en Occidente, y tampoco el arroz, sobre el que Asia ha basado su alimentación. En América, por el contrario, se desarrolla pronto el cultivo del maíz (atestiguado
hacia el 5.000 a.C. en la región andina y hacia el 3.000 en México). El maíz, junto con la judía negra, el tomate, la calabaza y el pimiento, constituye la base de la alimentación de los mayas
y de otros pueblos de América Central. Este menú lo completan muchos frutos, como la papaya, el aguacate, la guayaba, el cacao, y finalmente la piña. También se empezó muy pronto a cultivar tabaco.
La agricultura proporciona asimismo el algodón y la fibra de magüey. La corteza del amate permite elaborar una especie de papel para los códices. Finalmente, la selva tropical ofrece innumerables
plantas medicinales, de las que los precolombinos supieron sacar un admirable partido.
Por el contrario, el americano desconoce animales domésticos como la cabra, la oveja, el caballo y los bóvidos. No tiene rebaños. Excepto el perro, el pavo y la abeja, quizá el
pato, no hay ganado en América Central (al contrario que en los altiplanos andinos, donde se conocen la llama y la alpaca, además de la cobaya).
Estas diferencias culturales existen también en el plano tecnológico: los precolombinos no conocen el arado (sus aperos agrícolas se limitaban a un simple bastón), no tienen ni
la rueda (que sólo aparece en algunos juguetes «mexicanos»), ni el torno (sólo conocen la cerámica hecha con molde).
Todas estas lagunas demuestran que no había contacto entre ambas orillas del Pacífico, y que América se desarrolló como una isla, excepto algunos contactos ocasionales y fortuitos
anteriores al encuentro entre dos mundos de 1492 y a la irrupción española en tierra firme en el siglo XVI. Desde el final del paleolítico hasta la caída de los aztecas ante Cortés, no hubo intercambios
entre el Viejo y el Nuevo Mundo: América no importó ni plantas comestibles ni animales domésticos, no hubo aportaciones técnicas, ni intercambios religiosos o culturales. Tan sólo algunas naves
vikingas pudieron haberse aventurado hacia el año 1000 hasta Nueva Inglaterra. Pero sus incursiones no tuvieron ningún efecto duradero.
Los precolombinos no estaban, ni mucho menos, atrasados: algunos pueblos del Nuevo Mundo disponían no solamente de una escritura original, consignada por medio de complicados
glifos, sino que además habían conseguido sorprendentes avances en el campo de las matemáticas y en el desarrollo del calendario. Así, por ejemplo, los mayas utilizaron desde comienzos del periodo
clásico un sistema aritmético de carácter vigesimal y de posiciones, por lo que poseía un signo equivalente a nuestro cero.
Estas herramientas intelectuales encontraron una aplicación concreta en el cálculo y en la cronología: la complejidad de los ciclos y de las formas de calcular las fechas les
obligaron a recurrir a una cantidad de números que los griegos y los romanos hubieran sido incapaces de expresar con los métodos que utilizaban para consignar datos aritméticos. Este cálculo del
tiempo, basado al parecer en una astronomía que afinaba sus observaciones mediante cálculos incansablemente repetidos, recurría verdaderos promedios matemáticos que se extendían a lo largo de
siglos. Utilizando una especie de cálculo estadístico, los sacerdotes mayas obtenían resultados de una precisión desconcertante —con un margen de error de un minuto, o de algunos segundos— a
la hora de calcular las revoluciones astrales. Semejantes proezas, en una civilización que ignoraba los relojes y todo instrumento para medir la hora, no pueden dejar de suscitar nuestra admiración. |
|