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UNA ARQUITECTURA RADIANTE
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LA «RESURRECCION»
DE TIKAL
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La arquitectura pétrea de los mayas está constituida por dos grandes categorías de edificios: por una parte, como acabamos de mencionar, las
pirámides —a menudo formadas pos sucesivas superposiciones, y que son una especie de himno de piedra a los dioses, hacia los que el hombre levanta grandes escalinatas por la que suben los sacerdotes—, y por la otra las grandes construcciones, concebidas sobre un plano horizontal y de proporciones relativamente pequeñas, denominadas palacios.
Esta oposición entre torres y pastillas planas —¡para decirlo en lenguaje moderno!— refleja, como podremos contrastar, la oposición entre morada de las divinidades
y hábitat de los humanos... aunque los que ocupaban los palacios una élite, ya que sólo aquellos que detentaban el poder (reyes, sacerdotes, guerreros, sabios, etc.) ocupaban los edificios de
piedra, mientras que el pueblo seguía viviendo, en su gran mayoría, en las tradicionales chozas.
Por lo tanto, entre las torres y las pastillas planas ¿qué es lo que diferencia sus respectivos espacios internos? Para ser sinceros, hay que confesar que no hay nada que distinga
la cella de una pirámide de la sala de un palacio. Tanto aquí como allí, encontramos la misma «reconstrucción en piedra» de la choza: los mismos tamaños reducidos que tienen las proporciones
de una estancia, incluida la cubierta de piedra realizada en medio de una bóveda abocinada, imitando el espacio interno de la choza de caña. En una palabra, tanto en el templo como en el palacio,
la arquitectura de hormigón reproduce las mismas formas.
La única diferencia está en la disposición de estas salas: en lo alto de la pirámide, la cella transversal puede ser única o doble, y tener detrás de la primera cámara
una segunda idéntica, con la que se comunica a través de una puerta. En algunos casos, que ilustran los grandes templos de Tikal, puede existir incluso una tercera sala de culto, oscura y misteriosa.
Los tres espacios oblongos, en este caso, están situados en fila.
En cambio, los palacios tienen un gran número de habitaciones adyacentes, sin comunicación lateral las unas con las otras. Estas antecámaras que se abren en la fachada, mediante
puertas cuadradas, tienen detrás una segunda fila de habitaciones. Estas últimas son más oscuras, ya que sólo reciben luz a través de las primeras.
Esta fórmula conduce a los mayas a concebir unos edificios de varias decenas de metros de largo, con un elevado número de aposentos distribuidos según unos esquemas geométricos tan
variados como originales. La imaginación de la que hacen gala los arquitectos se traduce en la infinita variedad de plantas de estos palacios. Los más grandes llegan a tener hasta 100 m de largo,
y totalizan 20 o 30 habitaciones repartidas en 10 o 15 «apartamentos» independientes. El conjunto ofrece, a veces, una sala central más amplia, destinada a las reuniones públicas o impuestas por
el ritual de corte (Casa del Gobernador, Uxmal).
Estas «viviendas» tienen distintas plantas: o bien una simple barra situada sobre una plataforma, o bien dos o más niveles de barras —el nivel de arriba retranqueado respecto
al nivel de abajo—, o bien una combinación de cuatro barras que forman un cuadrilátero, con un gran patio central, etc. Los palacios horizontales y las pirámides verticales constituyen así el
elemento fundamental de la planificación urbana maya. |
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