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Palenque fue uno de los primeros emplazamientos del mundo maya en ser explorados: en 1786, el rey de España Carlos III —que se apasionó por
las excavaciones de Pompeya cuando fue rey de Nápoles y de las dos Sicilias— encomienda a un aventurero, Antonio del Río, una expedición a Palenque. La expedición tiene lugar en 1787. Estos trabajos
señalan el comienzo de unas prospecciones arqueológicas consagradas a las civilizaciones precolombinas, pero tropiezan con la incomprensión y sus resultados no se harán públicos hasta 1822.
A continuación, Carlos IV de España encomienda al «coronel» Guillaume Dupaix una expedición de exploración, con la colaboración del dibujante mexicano Luciano Castañeda. Los dos
hombres visitan la ciudad en 1805-1806. Levantan planos de una serie de bajorrelieves hechos en caliza y estuco. Este material se mostrará en París en 1834 bajo el título «Antigüedades mexicanas».
En 1872, Johan-Friedrich Waldeck se va a vivir a este emplazamiento. Buen dibujante —es alumno de David—, Waldeck levanta preciosos planos. Pero, al igual que sus predecesores
Del Río y Dupaix, quema la vegetación para ver mejor las ruinas y causa daños irreparables al conjunto de la ornamentación policromada. Su obra se dará a conocer sólo cuarenta y cuatro años más
tarde, en 1866.
Palenque saldrá verdaderamente del olvido gracias a dos americanos: el «periodista» John L. Stephens, acompañado por el brillante dibujante Frederick Catherwood. La precisión
de los dibujos de Catherwood se debe a que trabajaba con la ayuda de una camera lucida, instrumento antepasado de la máquina fotográfica. Su libro Incidents of Travel in Central America,
que aparece en Nueva York en 1842, tiene verdadero éxito. Ofrece una imagen romántica pero rigurosa de toda una serie de emplazamientos mayas.
A continuación, en palenque se suceden las misiones científicas, dirigidas a recuperar y restaurar los principales edificios. Uno de los hallazgos más importantes de la arqueología
precolombina, la cripta funeraria descubierta en 1952 por Alberto Ruz, revela no solamente un tesoro excepcional y unos rituales funerarios cruentos, sino que revoluciona muchos de los datos relativos
al conocimiento del pueblo más avanzado de Mesoamérica.
Gracias a sus templos y su cripta, y a una importante cantidad de inscripciones jeroglíficas, la ciudad ocupa un lugar eminente en la historia de la escritura maya. Toda esta
cantidad de datos, que sólo recientemente los especialistas han conseguido dilucidar (v. A Forest of Kings de Linda Schele y David Friedel, 1990), permiten aclarar muchas de las cuestiones
relativas a este centro clásico y a la génesis de sus monumentos.
En efecto, la cronología y el orden de sucesión de los soberanos y de las construcciones constituía un problema para los arqueólogos antes de que la lectura de los textos permitiera
datar los períodos de construcción de este centro de culto. |
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