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Los Mayas: palacios y pirámides
IX. Decadencia y muerte de la civilización maya
         
 
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  IX. DECADENCIA  
El encanto de Tulum
Ultimas ciudades
El legado
  TABLA CRONOLOGICA  
  GLOSARIO  

 

TULUM

FIGURA 1

Figura 1

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EL CASTILLO

FIGURA 2

Figura 2

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FIGURA 3

Figura 3

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       Uno de los misterios que más han fascinado a los historiadores del mundo precolombino es la desaparición de la civilización maya. Su decadencia ha parecido misteriosa a los diferentes autores que han estudiado la extinción de esta cultura tan avanzada. Para explicarla, los especialistas han invocado las razones más variadas, que vamos a analizar como conclusión de este estudio.
     De momento puede ser útil referirse a las fases de esta decadencia, que estuvo acompañada de algunos destellos finales como si los pueblos que habían perseguido un destino tan glorioso, dejando a su paso fabulosos vestigios, hubieran intentado aplazar el fatídico final.
     Así, por ejemplo, Tulum [FIGURA 1], una de las últimas ciudades mayas, es de las más atractivas, en parte gracias a su entorno. Esta población fortificada, construida al noreste de Yucatán, se alza intacta en medio de un paisaje encantador a orillas del mar Caribe. Sus templos dominan unos acantilados que se hunden en aguas turquesas, rodeadas por la arena blanca de un arrecife de coral.
     Es tan tardía que uno de los conquistadores españoles, Juan de Grijalva, al bordear en 1518 las costas de Yucatán, cuenta que la divisó de lejos pero que no pudo acercarse a ella, porque no se atrevía a franquear los escollos, cuya barrera le impedía atracar el navío. Deslumbrado por esa maravillosa visión, que parecía un espejismo, no dudó en comparar a Tulum con Sevilla. Es evidente que Grijalva exageraba, ya que Tulum sólo cuenta con monumentos de poca importancia, aunque originales. Lo que más impresiona es su excepcional enclave. Frente al mar, los templos de Tulum tienen el aspecto de un Cabo Sunion de los trópicos, pero su silueta maciza, su mampostería gastada y sus edificios, vistos de cerca, no confirman esta primera impresión.
     Se trata, efectivamente, de una arquitectura postclásica tardía: se sitúa entre el siglo XIII y finales del XV, y revela la influencia de Chichén Itzá y de sus salas de columnas. Pero el Castillo, o templo principal, con sus grandes escalinatas bordeadas de rampas, y su santuario al que se accede a través de tres vanos, separados por unos fustes de mampostería que se inspiran en los pilares maya-toltecas, es una construcción sin elegancia ni finura. Su tosco aparejo seguramente quedó oculto bajo un revestimiento de yeso policromado [FIGURAS 2-3].
     La estructura más interesante es el Templo de los Frescos [FIGURAS 4-5-6-7], con su pórtico de entrada con cinco vanos jalonados por cuatro columnas gruesas. Detrás de esta abertura coronada por efigies del dios tutelar, una sala abovedada ha conservado las pinturas que cubren sus bóvedas. Entonadas en grises y azules, imitan el estilo de los manuscritos contemporáneos —en particular, de ciertos códices mixtecas de Oaxaca— y atestiguan, aquí también, la influencia que las artes de los altiplanos mexicanos ejercen sobre la península de Yucatán.
     En la fachada, este templo está adornado con máscaras de Chac estilizadas, dispuestas en las esquinas de los frisos. El arte del estuco se funde aquí con la arquitectura. Esta última representación de la divinidad de la lluvia, con sus colmillos asomando por la comisura de los labios, ya no está caracterizada por la larga nariz del dios K. En cierta manera, tenemos la impresión de volver a encontrar, después de siglos, la tipología del Templo de las Siete Muñecas de Dzibilchaltún.
     En esta tosca construcción hecha apresuradamente sorprende la fuerte inclinación de los muros, que acaban ensanchándose hacia el exterior: los frisos superpuestos sobresalen unos por encima de otros y parecen burlarse de las leyes de la estática.
     Regida en su trazado urbano por un sistema de alineaciones paralelas recientemente descubierto por los arqueólogos, Tulum está rodeada por un muro de mampostería en seco que mide 450 m de norte a sur, y cerca de 150 m de este a oeste. Sobre la fachada que da al mar, hacia Levante, los acantilados verticales donde vienen a romper las olas bastan para defenderla. Una caleta permitía a los botes atracar en la costa de Quintana Roo, desde donde varios caminos conducían, a través del bosque, hasta Chichén Itzá y Cobá.
 
   

TULUM: TEMPLO DE LOS FRESCOS

 

FIGURA 4

 

FIG. 5

 

FIGURA 6

 

FIG. 7

 
 
Figura 4
 
Figura 5
 
Figura 6
 
Figura 7
 
 

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FIGURA 8

Figura 8

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       En el otro extremo del mundo maya, la ciudad de Iximché [FIGURA 8], fundada en el siglo XV por la tribu de los cakchiquels del alto Guatemala, está también entre los testimonios de la época final. Los amplios vestigios de la ciudad fortificada, que data del 1470, se encuentran a 2.260 m de altura. Destruida por el español Pedro de Alvarado hacia 1524; se trata, como en el caso de Tulum, de los últimos destellos de la civilización maya. Seis siglos antes, las metrópolis clásicas ya habían empezado a desaparecer, o bien bajo el empuje de las selvas tropicales de Petén o de Chiapas, o bien bajo la presión de nuevas poblaciones bárbaras que asolaban los centros de los pueblos sedentarios ya en decadencia. Lentamente el olvido se fue adueñando de esos lugares antaño tan gloriosos, y la vegetación los fue invadiendo hasta sepultar las obras de arte bajo un sudario verde.
     Cuando Grijalva divisó a los habitantes de las costas de Yucatán, hacía más de medio milenio que Tikal, Copán y Palenque se habían hundido bajo la selva, que de esa manera se había vuelto a adueñar de las tierras que antaño cultivaran los mayas.
 

 

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