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CHAC
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INCENSARIO
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COBA
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ESTELA
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EL CASTILLO
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La agonía de las metrópolis clásicas edificadas en las regiones de Petén, Belice, Honduras: y Chiapas, se refleja en la interrupción repentina
de las inscripciones: la datación de los monumentos va cesando en diferentes emplazamientos, sin que se sepa la razón.
Observamos que las estelas o los dinteles empiezan a escasear o desaparecer del todo a partir del 790. La última fecha de Bonampak se remonta al 795. En Palenque, indica 799;
en Yaxchilán, 808; en Quirigua y Piedras Negras, 810; en Copán, 820; en Machaquila, 841; en Altar de Sacrificios, 849; en Tikal, 879; en Seibal, 889; en Chichén Itzá, 898; finalmente, Tonina presenta,
en el 909, la última fecha basada en la «cuenta larga».
Así, en poco más de un siglo, la brillante cultura de los mayas se detiene. Las tradiciones caen en el olvido. Las tribus entran en decadencia una detrás de otra.
¿Qué es lo que provoca esta decadencia? A esta pregunta, los arqueólogos e historiadores han tratado de contestar invocando epidemias, revueltas populares, inundaciones, o la
implacable invasión de la selva. Han sugerido cambios climáticos, el abandono de las tierras y la falta de conservación de los canales de drenaje, lo cual pudiera haber provocado ataques masivos
de malaria... También mencionan verdaderas revoluciones, consecuencia de la excesiva explotación de la mano de obra; las constantes guerras entre tribus, que acabaron por debilitar el poder central
en las «provincias»; la cantidad de sacrificios humanos, que condujeron a la despoblación, y después al hambre, etc.
Todas estas causas son las que pueden haber llevado a la decadencia de los mayas. En efecto, es posible que se hayan juntado todas para provocar el cataclismo final. Pero la razón
principal parece residir, una vez más, en los movimientos de población que se originaron en las inmensidades semidesérticas del norte de México. Estas tribus bárbaras obligaron a las «naciones»
civilizadas a huir para evitar la destrucción.
Constatamos, por ejemplo, desplazamientos de pueblos enteros, cuyas tribus —pipiles, putunes, quichés, toltecas— penetraron en territorio maya. Frente a estos nómadas poco civilizados
y belicosos, la vieja sociedad autóctona, desorganizada y asolada, se derrumbó, a pesar de su incontestable superioridad, ya que nada sustituía a sus instituciones. Por otra parte, una vez que
los pueblos sedentarios huyeron ante los invasores, cabe suponer que la llegada al país maya de contingentes guerreros muy cultos produjera un último período de esplendor, como lo demuestra el
apogeo de la Chichén Itzá maya-tolteca.
Además de los desplazamientos provocados por las grandes invasiones citadas, se deben tener en cuenta otros factores: por ejemplo, las influencias externas provocadas por las
corrientes comerciales que se establecieron en los siglos IX Y X con las nuevas rutas que recorrían América central. Así, por ejemplo, la aparición de la metalurgia del oro —contemporánea de la
eclosión maya-tolteca— puso en cuestión los fundamentos del mundo maya. Este tipo de acontecimientos tuvieron que producir importantes transformaciones sociopolíticas que afectaran a las mismas
bases religiosas y sociales de aquella sociedad. Pudieron ser causa de cambios sustanciales, como consecuencia de los cuales se minaron las estructuras estatales, espirituales y morales, poniendo
en cuestión los factores de cohesión del mundo maya. Como vemos, las causas de la decadencia pudieron ser múltiples. Es difícil optar por una hipótesis u otra a la hora de explicar la muerte de
esta civilización.
Recordemos también que los últimos descendientes de los mayas, con los que se encontrarán los españoles en los albores del siglo XVI, ya no tenían mucho en común con los astrónomos
y constructores que fundaron los grandes centros urbanos de la selva virgen. Al parecer, ya no formaban parte de la intelligentsia responsable —cinco siglos antes— del apogeo del mundo
precolombino. Sólo unas pequeñas ciudades edificadas apresuradamente recordaban el esplendor de antaño. Respecto a los grandes edificios clásicos, subsistieron medio en ruinas, como esqueletos
carcomidos por la vegetación, en lo que había sido la admirable eclosión urbana de este pueblo. El abandono y el olvido habían echado sobre las capitales mayas su velo de decrepitud. Y poco a
poco las raíces de los gigantescos árboles de la selva acabaron reventando los muros, las bóvedas y los palacios que habían sido habitados por los representantes de una brillante elite de sabios
y artistas. |
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