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QUICHES
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ESCULTURA
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CERAMICA
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A lo largo de ocho siglos —desde los albores de nuestra era hasta las postrimerías de la época clásica, a mediados del siglo IX— la arquitectura
maya realizó considerables avances. Desde las plataformas macizas y bajas hasta las construcciones piramidales altas que alzan sus escalones por encima de la selva, no cesó de desarrollarse, recurriendo
a la mampostería y al hormigón. Asimismo, desde los primeros espacios internos de los santuarios con cubierta de piedra y sus minúsculas cámaras abovedadas, hasta las salas para el ceremonial
de los grandes palacios, fue enriqueciendo su vocabulario formal y sus técnicas de construcción. Alcanzó así unas dimensiones considerables, que reflejan el avance de los conocimientos y el aumento
de poder de sus creadores, y la afirmación de un arte de carácter emblemático.
En las metrópolis de la selva virgen, las altas pirámides y las estructuras alargadas de las viviendas palaciegas articulaban un lenguaje plástico y urbanístico complejo, basado
en el uso de explanadas, plazas, cuadriláteros, perspectivas simétricas y avenidas destinadas a las procesiones de los soberanos.
La arquitectura maya, cuyas obras se multiplicaron en decenas de ciudades, afirmaba tanto la diversidad de las formas como la continuidad de los temas: todas las ciudades poseían
templos piramidales, palacios de salas múltiples y juegos de pelota. Los edificios se alzaban sobre basamentos artificiales jalonados por estelas o altares. Estos conjuntos —casi siempre con función
de centros ceremoniales— estaban regidos por las reglas de una liturgia refinada. A estas construcciones se añadieron observatorios, plataformas para el culto y los sacrificios, fortificaciones,
tumbas y criptas. Pero todo esto no era más que el sólido esqueleto de la sociedad maya, ya que la vivienda propiamente dicha, en la que habitaba todo el pueblo —excepto las elites— seguía siendo
la tradicional choza de adobe y hojas de palma.
El arte de la construcción incluía, además, un vasto repertorio de bajorrelieves, esculturas y pinturas. Estas creaciones, que adornan los edificios, convierten la arquitectura
maya en uno de los «documentos» más importantes de aquella civilización, de la que nos han llegado escasísimos testimonios escritos. Por eso, los monumentos juegan un papel tan importante a la
hora de comprender la mentalidad de un pueblo, cuyas realizaciones nos siguen sorprendiendo.
En el siglo X, en las postrimerías del mundo maya, la irrupción de las tribus toltecas de México enriqueció la arquitectura con temas nuevos, en particular grandes salas de reunión
destinadas a los miembros de las órdenes guerreras. Entonces, gracias a la combinación, por un lado, de espacios con cubierta plana soportada por pilares o columnas de mampostería —como hubo en
Tula— y, por el otro, de la bóveda abocinada construida en hormigón —propia de los mayas clásicos—, se impuso esa verdadera revolución arquitectónica que constituye la sala hipóstila de cubierta
sólida con varias naves longitudinales cuyas bóvedas se apuntalan mutuamente.
Con este supremo dominio de los espacios internos, la arquitectura maya-tolteca representa la apoteosis de la arquitectura de la América precolombina. Paradójicamente, surge en
un momento en que la civilización maya está herida de muerte. |
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