| |
|
|
Durante el románico,
las ciudades conservaron su recinto romano, lo consolidaron o, incluso,
lo reconstruyeron. Las puertas y las murallas contribuyeron a la unificación
del núcleo urbano y fueron objeto de unos cuidados especiales. En Francia,
las murallas más representativas pertenecientes a este período se hallan
en Carcasona [FIGURAS 1 a 4], Laon,
Provins y Vitré. El castillo de Carcasona, de planta cuadrangular, se encuentra
rodeado por un doble recinto que quizá se remonte al primer cuarto del siglo
XIII y que se erigió a partir de una muralla antigua. Es probable que el
edificio llamado de los Matacanes, en Le Puy-en-Velay, date también del
siglo XIII a pesar de las reconstrucciones; se trata de un ejemplo bien
conservado de fortificación medieval.
Los recintos que rodeaban los núcleos rurales estaban formados
por un talud de tierra o un foso, presentaban grandes o pequeñas dimensiones
y se extendían por toda Francia excepto en el sur. Los recintos circulares
de los castillos, con murallas y fosos análogos a los que rodean las motas,
figuraban entre los mayores conjuntos y poseían indiscutiblemente carácter
militar. Existían asimismo pequeños recintos agrícolas que protegían las
explotaciones. A partir del siglo XII, también se fortificaron los pueblos,
con independencia de los castillos, y se aseguraba así su propia defensa.
Las casas fortificadas rurales, por su parte, no se convirtieron en residencias
señoriales fortificadas y en centros de producción hasta el siglo XIII.
La fortificación de las iglesias se generalizó a partir
del siglo XII, sobre todo por el sur. Estos recintos, que también incluían
los monasterios, se habían previsto desde el origen en la mayoría de los
casos. Algunas iglesias ofrecen el aspecto de verdaderas fortalezas: plataforma
de pendiente, muros con matacanes y aspilleras, y la torre transformada
en un verdadero donjón. De todos modos, las iglesias podían integrarse asimismo
en un sistema más amplio de fortificaciones. |
|