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V. NUEVOS SANTUARIOS EN FRANCIA |
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LA EXPANSION DEL CISTER EN SUIZA:
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Bonmont-sur-Nyon
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En torno al año 1000, la renovación del monacato
occidental desempeñó un papel primordial en la creación artística. Desde
los albores del siglo IX a los del XIII, el movimiento benedictino, basado
en la regla de San Benito de Nursia, elaborada en Montecassino hacia el
año 534, vivió una época de apogeo. En efecto, durante la primera mitad
del siglo X vieron la luz unas tentativas reformistas gracias a hombres
de gran carisma, como Mayolo u Odilón, que viajaban de abadía en abadía
extendiendo la depuración y el respeto de la disciplina benedictina. El
núcleo reformista más importante de este periodo fue la abadía borgoñona
de Cluny, fundada en 910 por Guillermo el Piadoso de Aquitania, la cual
no tardó en crear una verdadera estructura de dependencias monásticas que
impulsaron la difusión del arte románico.
El prestigio de la orden se plasmó a la perfección
en el carácter monumental de las construcciones de Cluny II (consagrada
en 981) y Cluny III (consagrada en 1130). La planta de la iglesia de Cluny
III disponía de doble transepto, coro con capillas radiales y bóvedas que
se alzaban a gran altura. La influencia de estos edificios se observa en
muchas iglesias de Borgoña, como las de San Lázaro de Autun o de Paray-le-Monial,
que arrojan luz sobre el aspecto de la iglesia de Cluny III. Ésta poseía,
además, un coro cuyo estilo y calidad de los capiteles historiados se encuentran
en la Magdalena de Vézelay o incluso en San Lázaro de Autun. El priorato
de Berzé-la-Ville, por su parte, recuerda la decoración de la abadía cluniacense.
Como reacción a los excesos de la vida de Cluny, dedicada
por completo a la oración y acompañada por una ascesis moderada, nació en
Oteaux (Borgoña) la orden cisterciense, creada por San Roberto de Molesmes
en 1098. La regla cisterciense proponía la pobreza, el trabajo y el silencio
y, en el ámbito arquitectónico, engendró un nuevo tipo de edificio, muy
sobrio pero magnífico por la pureza de las líneas y la perfección del aparejo.
Este modelo arquitectónico experimentó un gran desarrollo con el impulso,
sobre todo, de San Bernardo, monje de Claraval hacia 1130. La abadía de
Fontenay, construida entre 1139 y 1147, es de una gran sencillez. Constituye
un claro ejemplo de los conceptos del Císter: planta cruciforme y un alzado
desprovisto de naves. Los capiteles reciben, en ocasiones, una decoración
esculpida que sólo presenta motivos geométricos.
Los claustros cistercienses denotan, además, una hermosa
austeridad arquitectónica, a imagen de las actividades que allí se acometían:
meditación, oración y trabajo manual. Asimismo, los scriptoria de
los monasterios cistercienses muestran una severidad que se contrapone al
lujo desplegado en otros lugares. El empleo precoz de la bóveda de crucería
—que precisamente propagaron los monjes cistercienses— permitió el paso
del románico al gótico (Pontigny).
La arquitectura de Fontenay [FIGURAS
1-2-3-4-5-6] revela un arte innovador, de líneas severas, propias
del espíritu anticluniacense que pretendió imponer la orden. La iglesia
consta de una planta con tres naves, transepto sobresaliente y cabecera
recta con una cubierta de bóveda de cañón apuntada sobre arcos fajones.
Los amplios vanos del arco triunfal y la fachada iluminan la nave principal,
que también recibe luz de las naves laterales. Este tipo de construcción
se asemeja a la arquitectura borgoñona románica y su papel fue decisivo
en la introducción del gótico en Cataluña y en España.
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La abadía de Sénanque constituye un bello ejemplo
de conjunto cisterciense meridional. Fundada en 1148 y protegida por la
casa madre de Simiane, bienhechora provenzal, la abadía prosperó con rapidez
tras la llegada de los primeros monjes procedentes de Mazan, en la comarca
del Vivarais.
La iglesia se comenzó una década después de la fundación
y su construcción duró unos 40 años. Su planta, orientada excepcionalmente
al norte, se parece a la de Le Thoronet: tres naves, un amplio transepto
y cinco ábsides. Es probable que se trate de la parte más antigua del edificio;
en cualquier caso, resulta muy original con su saliente ábside semicircular
y dos absidiolas de la misma forma a cada lado pero integradas en el muro
septentrional del transepto. La nave, algo más tardía, está cubierta por
una bóveda de cañón apuntada sin arcos fajones.
El claustro y sus edificios anjeos datan de finales del
siglo y se ubican al este de la iglesia. Siempre se ha destacado la preocupación
particular de este claustro por la ornamentación y la riqueza decorativa
que, como en Fontenay y L´Escale-Dieu, es superior a la de la basílica.
Los capiteles están esculpidos con hojas y flores, espirales, palmetas y
entrelazos. El cabildo, el calefactorio, el dormitorio común, el refectorio
y el edificio de los legos completan uno de los conjuntos monásticos cistercienses
más sugerentes.
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IGLESIA DE SILVACANE
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Le Thoronet es una abadía casi contemporánea
de Sénanque que también fundaron, en 1136, los monjes de la abadía de Mazan
[FIGURAS 10-11-12]. La iglesia abacial,
construida con aparejo irregular de tamaño medio perfectamente organizado,
también se comenzó hacia 1160 pero se alzó con mayor rapidez que su hermana
gemela de Sénanque, la cual se terminó un cuarto de siglo más tarde. La
planta, que prácticamente podría superponerse —al menos en lo que se refiere
a la cabecera— ilustra la elección de las primeras iglesias del Císter.
Una nave ancha y dos naves laterales, divididas en tres tramos, conducen
a un transepto saliente que integra, en el espesor del muro de la cabecera,
las cuatro absidiolas laterales, las cuales, al igual que el ábside principal,
son semicirculares y están precedidas por un tramo recto. Se prefiere la
bóveda de cañón apuntada, excepto en las naves laterales, donde aparecen
bóvedas de cuarto de esfera sobre arcos fajones que contrarrestan las de
la nave principal.
Por el extremo del brazo norte del transepto se accedía
a la sacristía y, subiendo por una escalera, al dormitorio común. Los edificios
monásticos se sitúan al norte, alrededor de un claustro del que parece derivar
el de Silvacane.
El claustro de Le Thoronet es famoso por su aspecto austero
y su sobriedad arquitectónica. Sobre una planta trapezoidal alargada, los
arcos se agrupan por parejas, separados por una recia columna decorada con
un capitel sin adornos. En medio de la galería septentrional, en el patio,
se encuentra el pabellón con la fuente, elemento fundamental en el ritmo
cotidiano de la vida monástica. Como en Sénaque y Silvacane, el dormitorio
resume los aspectos esenciales de la arquitectura utilitaria: una amplia
sala cubierta por una bóveda de cañón apuntada, sobre arcos fajones que
alcanzan los 8 m. de altura, e iluminada por ambos lados a través de estrechas
ventanas de medio punto.
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