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Irán: origen y desarrollo de una idea |
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...viene de la página anterior Todo ello estaba en consonancia con los tiempos que corrían: un fenómeno típico del siglo III, en el que se tiende a la formación de culturas nacionales. Se ha estudiado mucho esta tendencia en el imperio romano —con la emergencia de culturas «provinciales» en conflicto con la cultura helénico-romana—, pero se produjo en todas aquellas tierras que seis siglos antes habían sido unificadas por Alejandro. Las fronteras de la Antigüedad tardía van ganando terreno hacia el Este, y el Irán sasánida, con su empuje nacionalista y arcaizante, fue protagonista esencial de esta expansión. La invocación a los orígenes aqueménidas, la identificación con la dinastía de los kayánidas —en gran medida legendaria—, la formación de una herencia tradicional de acuerdo con las exigencias de la nueva dinastía y de las fuerzas sociales que la sostenían, la codificación de las escrituras religiosas tras una operación de selección y censura conforme a los cánones de una ortodoxia —a su vez «inventada» por el clero de los magos— son aspectos de un único proceso político y cultural que proporcionó material a la propaganda sasánida. Así, con el advenimiento de los sasánidas y como resultado del profundo cambio político, religioso y social, se crea una tradición inventada: la del Ērān-šahr del imperio «ario» y «mazdeo», cuyas raíces se hicieron situar en la Antigüedad remota. Encontramos testimonios epigráficos —desde la inscripción de Shapur I (241-272 d.C.) en la Ka'aba-i Zardusht [FIG. 10], hasta las monedas de Bahram II (276-293 d.C.); [FIG. 59]— con la expresión o el título ēr mazdēsn, «ario mazdeo», atribuido a príncipes o a soberanos sasánidas, donde ēr tiene un claro significado étnico. Asimismo, está muy extendido el uso de la forma del singular ēr del plural ērān, ya sea en las denominaciones de los reyes (šāhān šāh Ērān [ud Anērān] «Rey de reyes de los arya y de los no arya»), como en la de los miembros de la administración civil y militar (Ērān-spāhbed, el mariscal del imperio; Ērān-drustbed, el arquiatra imperial; Ērān-amargar, una especie de administrador general estatal; Ērān-hambāragbed, el supervisor del almacén de víveres; Ērān-dibārbed, primer escriba) o de la toponimia de la región de Fars (Ērān-šahr-Sābuhr, Ērān-āsān-kar, Ērān-winard-Kavād, Ērān-xwarrah-Sābuhr) o bien, finalmente, en expresiones como Ērān-xwarrah «el esplendor (o la gloria) de los arya» o Ērān-wēz «la expansión arya», en las que evidentemente destacan conceptos propios de la tradición religiosa (véase en avéstico: airyan∂m x ar∂nō y airyan∂m vaējōJ. Así pues, la ideología político-religiosa del Irán sasánida se reclamaba heredera de la tradición religiosa del zoroastrismo —es decir, del Avesta y del clero de los mowbed y de los Erhbed— y del lejano pasado aqueménida, ciertamente poco conocido (8). Esta doble herencia sirvió para caracterizar las bases teóricas sobre las que fundamentar tal construcción ideológica: la realeza y la religión. La monarquía y la iglesia de los magos, a pesar de sus frecuentes enfrentamientos, fueron sin duda los dos pilares más sólidos de la sociedad del Irán sasánida. En la historia de Irán son recurrentes las tentativas de legitimar el presente recurriendo a un pasado sustancialmente ficticio e invocando la recuperación de los supuestos valores tradicionales en un contexto ideológico arcaizante, con el propósito de hacer parecer plenamente legítima una nueva dinastía o una nueva época. En 1971 la dinastía Pahlevi organizó una gran celebración en Persépolis para consagrar la continuidad del imperio persa a lo largo de 2.500 años de historia y para mayor gloria del Rey de reyes (āryāmehr, el «sol ario», título inventado y provisto de una innegable pátina de antigüedad). Ésta fue sólo una de tantas manifestaciones semejantes, bien conocidas por los estudiosos de la historia irania desde la época aqueménida. Es significativo que Alessandro Bausani (9), en un breve ensayo sobre la milenaria tradición irania, reconstruyera cuatro grandes periodos de «rearcaización» nacional: bajo las dinastías Aqueménida, Sasánida, Safávida y Pahlevi, y subrayara el hecho de que todos estos periodos sucedieran a otros especialmente fecundos desde el punto de vista de las relaciones interculturales con otros pueblos, en aquellos territorios más expuestos a las invasiones extranjeras: griegos, árabes, turcos, mongoles, etc. No hay duda de que el Irán safávida, después del sasánida, desarrolló una cultura estrechamente ligada a la suerte de un nuevo Estado nacional. Sin embargo, estudios recientes han arrojado una nueva luz sobre el papel que desempeñaron los mongoles (siglos XIII - XIV) en la construcción de la identidad nacional de Irán. Los estudios de Dorothea Krawulsky sobre el dominio de los Ilkhan (10) y los de Bert G. Frangner sobre las raíces históricas del concepto político de Irán (11), con una perspectiva historiográfica mucho más amplia, han sido decisivos en lo que a este punto de vista se refiere. Ahora podemos afirmar que hay razones suficientes para trazar una continuidad desde los mongoles y los safávidas hasta los Qayar y los Pahlevi. El papel que la herencia mongol ha desempeñado en el desarrollo histórico de la identidad nacional irania ha sido muy notable y desautoriza la tesis de que los safávidas fueran deudores directos de los sasánidas en lo que concierne a la transmisión de la idea de Irán. Hay que señalar la importancia de que grupos étnicos no iranios hayan contribuido de manera tan determinante a la afirmación de esta idea, lo que prueba la gran fuerza de atracción que la civilización irania ha ejercido desde siempre en las culturas de otros pueblos, dentro y fuera de Irán. La idea de Irán, ligada a la monarquía sasánida no menos que a la religión zoroástrica, no se extingue con el dominio árabe ni con la conversión al Islam. Esto se debe a que la clase social que había constituido la columna vertebral del imperio sasánida (los dahigān, o los dehqān de la época islámica) no perdió sus prerrogativas y permaneció unida a la cultura y a las tradiciones nacionales, precisamente porque la idea de Irán había tenido un valor no sólo religioso sino también cultural en un sentido amplio, más allá de lo propiamente político (12). Esta idea permaneció viva en la imaginación de los sabios y de los poetas, convirtiéndose en parte esencial de la herencia cultural de dicha clase social —verdadero baluarte de la sociedad sasánida, especialmente a partir del siglo VI— que posteriormente abrazaría el Islam. Gracias a ello, la idea de Irán consiguió sobrevivir no sólo a la extinción del zoroastrismo, sino incluso a la caída de aquella monarquía que en la primera mitad del siglo III había hecho de ella el elemento central de su propaganda. De esta manera pudo integrarse en el horizonte supranacional de la gran ummah islámica conservando sus características peculiares. |
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