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II. Historia de Irán
II. Historia de Irán: de la prehistoria a la época meda
II. Historia de Irán: de los aqueménidas al Islam
El imperio aqueménida desde Ciro el Grande hasta Darío III (550-330 a.C.)
Persia en tiempos de Alejandro y los seléucidas (330-140 a.C.)
Los partos desde Arsaces I hasta Artabanos IV (247 a.C.-224 d.C.)
Los sasánidas desde Ardashir I hasta Yezdigerdes III (224-651 a.C.)
Irán durante los primeros siglos de dominación musulmana
Bibliografía
 
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  II. Historia de Irán: de los aqueménidas al Islam  

El imperio aqueménida desde Ciro el Grande hasta Darío III (550-330 a.C.)

             
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La imagen que nos ha llegado del último rey de los aqueménidas es la de un cobarde e incompetente adversario del gran Alejandro. Así se deduce no sólo de los prejuicios de los testimonios griegos, sino también porque jamás se ha emprendido ningún intento serio de indagar las motivaciones de ambos estrategas. Quizá un esfuerzo de este tipo podría demostrarnos que Darío perseguía una estrategia de defensa militar lógica y comprensible: intento de defensa de los sátrapas occidentales, utilización del llamamiento a las armas, instigación de revueltas a espaldas de Alejandro. ¿Y qué hay de su huida de los campos de batalla en Issos y Gaugamela? Bien es verdad que la demostración de las habilidades en el combate era uno de los aspectos más importantes de la ideología real aqueménida, sin embargo, la muerte o incluso la captura del rey —garante del orden mundial impuesto por los dioses— era considerada por los súbditos como un trauma más que como un acto heroico. Darío III abandonó el campo de batalla porque únicamente él podía volver a instaurar el orden perturbado y seguir organizando la resistencia.

La victoria de Alejandro se debió fundamentalmente a sus excepcionales dotes estratégicas y a la superioridad de sus tropas en cuanto a formación, táctica y técnica militar. Los éxitos de Alejandro en Granico e Issos, casi simultáneos a los de Antígono en Asia Menor y del propio rey frente a Tiro y Gaza fueron indispensables para la supervivencia de Macedonia. Antes de poder considerar suyo el reino de los persas tuvo que superar casi once años de ininterrumpidas batallas. A simple vista quizás parezca una victoria fácil, pero el fin de la dominación persa se hizo esperar. En realidad, no fue una cuestión de decadencia progresiva ni de enfrentamientos encarnizados por el poder, tan sólo hubo tensiones en la estructura política que en otras circunstancias -como crisis dinásticas, revueltas de funcionarios regionales o reveses en la política exterior— únicamente habrían dado lugar a mayor inestabilidad en algunas regiones o a un cierto debilitamiento temporal del poder del soberano. Antes de Alejandro, ninguna de estas crisis había representado una amenaza existencial para el reino aqueménida y la mayoría de sus súbditos, a excepción de los egipcios quizás, se habían habituado a este gran imperio que les garantizaba una protección exterior e interior y la prosperidad económica.

A excepción de algunas ciudades griegas occidentales, Alejandro no fue considerado el libertador del yugo persa. Lidios, egipcios y babilonios lo acogieron como nuevo gobernante según la costumbre tradicional, también respetada por los aqueménidas. La rehabilitación de Darío demostró hasta qué punto Alejandro se tenía por aqueménida —incluso antes de la muerte de su contrincante, de quien posteriormente se consideraría vengador y heredero— y no frente a los macedonios o frente a los griegos, sino ante los súbditos y funcionarios del propio Darío. Muy familiarizado con las disposiciones del reino persa, intentó superar las virtudes del Gran rey y que el resplandor de Ciro, fundador del imperio, cayera sobre él y obtener así el favor de los altos dignatarios persas. A todos los que se pusieron de su parte les ofreció prebendas y posiciones similares a los privilegios que habían gozado hasta entonces. Sus grandes éxitos reforzaban su carisma personal y el atractivo de su política. Pero allí donde estos afanes no surtieron efecto —como en Irán oriental— o donde no alcanzó a entender las peculiaridades de la política aqueménida —en los pueblos de las montañas, por ejemplo— su ponderación desaparecía dando paso a medidas irracionales, sofocando cualquier resistencia con una brutalidad desconocida. En cambio, se mostró tolerante donde se reconocía su política de entendimiento y colaboración. Ambas facetas del conquistador de Irán han dejado sus huellas en la tradición irania.

   
 
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