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  III. Catálogo: el arte griego antes de la época parta  

Introducción (II)

         
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A diferencia de las satrapías occidentales del imperio aqueménida abiertas al mar, donde el «prehelenismo» hacía tiempo que anticipaba la llegada del helenismo propiamente dicho, en Irán todavía no existía tal evolución. Con la conquista del imperio persa por Alejandro Magno en los años 334-330 a.C. empieza el dominio macedonio sobre Irán, que se prolongaría durante dos siglos. Alejandro en persona reina en Irán hasta su muerte en el 321 a.C. Tras el éxito de las campañas de Seleuco I, el poder pasa a mano de los seléucidas durante los años 312-301 a.C., sucediéndose fases de mayor o menor dependencia. En el 239 a.C., la Bactriana (hoy Afganistán) consigue su independencia con Diodoto I. Tan sólo un año más tarde, los inmigrantes del Irán nororiental, los parnos, pronto conocidos como partos, consolidaron su imperio y lograron ir ampliando su territorio entre el imperio seléucida y la Bactriana. Durante el 211 y el 205 a.C., el seléucida Antíoco III quiso repetir las conquistas de Alejandro y Seleuco I hacia el Este, pero poco después del año 189 a.C. perdió la batalla definitiva en Magnesia del Sípilo (Asia Menor occidental) contra los romanos y, un año más tarde, la paz de Apamea le hizo perder casi todas sus posesiones en Asia Menor. El imperio seléucida, delimitado al Oeste por la región bajo control romano y al Este por el imperio parto, se fue reduciendo hasta convertirse en el año 64 a.C. en la provincia romana de Siria. Hacía ya mucho tiempo que los seléucidas habían perdido para siempre Mesopotamia e Irán cuando, en el año 129 a.C., el enérgico Antíoco VII cayó en Media durante una contienda con los partos, cuya batalla ya estaba ganada.

A pesar de tratarse de un largo reinado macedonio de casi doscientos años en Irán, este período fue bautizado, no sin razón, como los «siglos oscuros» o como «interludio»(7). En muchos libros sobre arte iranio la descripción del período parto sigue directamente a la del período aqueménida. Esto se debe a la escasa herencia arqueológica que nos dejaron los macedonios, a pesar de que éstos gozaran de unas condiciones idóneas para que se produjera una explosión de arte y cultura. Alejandro logró el poder a través de sus conquistas, pero no ejerció sobre el pueblo un dominio opresor, sino que optó por una actitud más parecida a la del rey aqueménida, respetó las estructuras encontradas, confió a los aristócratas iranios tareas de responsabilidad civil y militar y organizó enlaces matrimoniales entre macedonios e iranias de clase social alta. Esta política de cohesión provocó en múltiples ocasiones la oposición de los propios macedonios de los alrededores. Los matrimonios mixtos celebrados por orden del alto poder solían durar poco, sólo se mantuvo la unión entre Seleuco I y la princesa Apame. Apame se convertiría entonces en la madre del sucesor al trono, Antíoco I, y, por lo tanto, en la progenitura de toda la dinastía seléucida hasta su final en el año 64 a.C.

Las investigaciones más recientes han modificado en gran medida la concepción del imperio seléucida en Irán. Durante mucho tiempo, la tradición eurocentrista y colonialista quiso ver un intento de «macedonización» impuesto desde arriba. El enfoque de una nueva generación de investigadores resalta muy justamente los elementos orientales de dicho período, aunque ocasionalmente cayera en algunas exageraciones. Una posición intermedia —que considerara a partes iguales las estructuras y componentes orientales y occidentales, y que diferenciara entre cada una de las regiones y cada uno de los pueblos— sería el punto de vista que se acercaría más a la realidad(8). Hoy en día queda claro que los seléucidas continuaron(9) la misma política de igualdad que impulsó Alejandro y que trataron a la población local más como aliados que como súbditos. Un ejemplo de esto puede observarse con los frataraka, quienes gobernaron en Persia por encargo de los seléucidas desde finales del siglo III o principios del siglo II a.C. y que, sin embargo, continuaron las tradiciones aqueménidas(10).

En un Irán más bien rural, los seléucidas fundaron ciudades nuevas o «refundaron» otras ya existentes, quizás no en la misma medida que lo hicieron en Asia Menor, Siria y Fenicia, pero sí en un número digno de mención. Citaremos Epifanía (Ecbatana/Hamadán), Seléucida del Ulai (Susa), Antioquía en Persia y Europos (Raga) en Teherán. Lamentablemente, no se tiene suficiente información de ningún plano urbano del período seléucida. Por esta razón no ha podido documentarse la ejecución de estructuras urbanas habituales del helenismo, que consistían en peristilos de tamaño uniforme, agrupados en bloques residenciales que conformaban una estructura de calles entrecruzadas en ángulo recto, y que sí pudieron comprobarse en otros lugares del imperio seléucida, como Antioquía del Orontes, Laodicea y Apamea en el asentamiento primitivo del imperio al norte de Siria(11) o Seléucida del Tigris, Alepo (Halab) y la pequeña Duro Europos a orillas del Éufrates.
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