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Galería de imágenes |
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El rostro de esta cabeza forma un ancho óvalo; la
nariz es más bien prominente y puntiaguda, con los orificios y las aletas
totalmente formadas. Las cejas se hallan representadas en relieve sobre la
frente plana y unidas entre sí. Los ojos son grandes, un poco asimétricos,
están muy abiertos y dotados de párpados en relieve. La mirada, ligeramente
orientada hacia arriba, a semejanza de la pose de los héroes griegos. Las
mejillas presentan pómulos fuertes y una suave transición hacia la nariz. La
boca está cerrada, los labios son pequeños y el labio superior se halla
oculto por un bigote más bien fino. La barba, corta y compacta, termina en
una perilla muy puntiaguda con ligeros rizos ondulados. Los cabellos de la cabeza forman una masa compacta, con la superficie avivada por livianos mechones de rizos ensortijados, grabados con sumo cuidado. Los rizos están esculpidos evitando cualquier efecto de formalismo, discurren libremente y presentan alusiones naturalistas, como se aprecia en las puntas de los rizos ondulados hacia atrás sobre las orejas o en el mechón de cabello ladeado sobre la cabeza. El hecho de que los rizos sean más anchos en la parte posterior de la cabeza se debe, en parte, a una simplificación general del lado posterior de las esculturas, lo que era bastante habitual en el período helenístico y parto. La cinta de una diadema está anudada en la nuca y sus extremos cuelgan libremente; incluso en el nudo se aprecia un refinado rasgo naturalista, con una ligera asimetría en los extremos de la cinta: caen en vertical, pero un poco curvados, lo que se puede atribuir a la naturaleza del material. Estos numerosos detalles naturalistas evidencian un gusto y una sensibilidad de corte helenístico. Aunque tales alusiones naturalistas sólo se manifiestan en la superficie, permiten suavizar una constitución que no define unos rasgos individualizados sino que más bien les confiere una cierta uniformidad. No obstante, hay que reconocer que el artista ha logrado crear una mezcla especialmente atractiva de tendencias formales en la definición estructural de los rasgos personales y de detalles libres en el tratamiento de la superficie. Probablemente, la estatua a la que pertenecía esta cabeza representaba a un príncipe de Elimais que consagró su efigie al templo de Shami (núm. cat. 136). La reproducción de la diadema no indica necesariamente una relación con la casa real arsácida. Elimais era una de las regiones que gozaba de amplia autonomía dentro del sistema político y cultural del imperio de los partos. Aunque la autonomía elamita está mejor documentada en los siglos posteriores —a comienzos de la era cristiana, cuando se crearon series de relieves murales para conmemorar lo que denominamos el reino elamita— sus orígenes podrían remontarse a la época helenística, época en la que —con alguna excepción (Colledge 1977: siglos I-II d.C.; Mathiesen 1992:150-190 d.C.)— se ha datado esta cabeza (Vanden Berghe 1959: siglos II-I a.C.; Colledge 1967:100 a.C.-100 d.C.; von Gall 1969-1970: no posterior al 37 a.C.; Ghirshman 1976: primera mitad del siglo II a.C.; Herrmann 1977: siglos I a.C.-I d.C.; Bernard 1980: siglos II-I a.C.; Colledge 1987: siglo I a.C.; Kawamy 1987:50 a.C.-50 d.C.). Una datación en el siglo I a.C. cuadra perfectamente con el tipo de diadema, con la configuración del peinado y especialmente con la barba, cuya forma también encontramos en retratos de monedas de diferentes soberanos arsácidas del mismo período, así como con las características generales de la ejecución. Es probable que el mármol blanco fuera importado. La cabeza pertenecía a una estatuilla esculpida por separado y se fijaba al cuerpo por medio de una espiga, hoy desaparecida, que en su día se ajustaba perfectamente a la cavidad que todavía se puede apreciar en la rotura que se halla en la nuca. (A. I.) |
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