PASTORES DEL DESIERTO (I)

 
     Aunque siempre se mantuvieron ciertos contactos comerciales, la desertización de Sahara aisló el norte mediterráneo de los pueblos negros del sur, lo que tuvo consecuencias muy negativas para el desarrollo de Africa. Los pueblos neolíticos que lo habitaban en las épocas húmedas se dispersaron de una forma similar a como se hallan en la actualidad. En la antigüedad, los bereberes, conocidos como «libio» por griegos y romanos, se extendían entre Egipto y Marruecos. Los tuareg fueron posiblemente los garamantes descritos por Heródoto: «Estos garamantes cazan, con sus cuadrigas a los etíopes trogloditas». Estos etíopes de piel negra serían los tubu, instalados en el macizo del Tibesti, el Sahara oriental, desde el tercer milenio a. J.C. y que habían permanecido en su tierra original. Con la invasión árabe, entre los siglos VII y XI, se produjo la fragmentación de las sociedades bereberes: en el área atlántica del Sahara se instalaron los antepasados de los actuales "moros", llamados así al haber sido culturalmente arabizados, perdiendo incluso su lengua; en los macizos centrales del desierto -Hoggar, Adrar de los Ifora, Ayr- se refugiaron los tuareg, que habían permanecido fieles a sus dialectos originales, conservándose, grabados en las rocas, muestras de su antigua escritura, el tifinagh. En sus nuevos territorios se formaron las tribus que encontraron los europeos cuando llegaron al Sahara en el siglo XIX: Kel Ahaggar, Kel Adagh o Kel Iforas, Kel Tademekket, lullemmeden y Kel Ayr, compuestas a su vez por diversas subtribus. La cultura de estos dominadores del desierto cristalizó en esos siglos de migración y asentamiento, pues los tuareg sometieron a la esclavitud a las poblaciones originales, naciendo el sistema de castas -nobles y vasallos- que ha mantenido su sistema económico, favorecido por el aislamiento, inalterado durante mil años.
     Los historiadores árabes consideraron el sur de Marruecos como el centro de dispersión de los tuareg, con polos secundarios en el Fezzán, la Cirenaica y el este de Libia. Ello concuerda con las leyendas que ellos mismos tienen respecto al origen de sus antepasados. Así, los Kel Ahaggar refieren la historia de una mujer de noble cuna, Tin Hinan, nacida en Tifilalt, en el sudeste de Marruecos, que llegó al oasis de Abalessa, situado cerca de Tamanraset, cabalgando un camello blanco. La acompañaba su sirvienta Takama, y las dos eran fervientes musulmanas. Los Kel Ghala, la tribu dominante en el Hoggar, y los Taitoq se consideran descendientes de esas dos mujeres, que fueron enterradas en las proximidades de Abalessa. En las ruinas correspondientes al lugar de la tradición se hallan unas cuantas sepulturas, en una de las cuales arqueólogos franceses han excavado los restos de dos mujeres de raza blanca.
     El nombre tuareg les fue dado por los árabes, que antes de su conversión al Islam los consideraban "abandonados de Dios". El nombre local que se dan a sí mismos depende de la tribu, pero todos se consideran participantes de una misma forma de vivir, de compartir los mismos valores y de expresarse en la misma lengua, el tamasheq; entonces utilizan la noción de temust, designando el término akal -de donde deriva el término kel que designa a las tribus- el territorio del grupo.
     Además de establecer su estructura social y su economía característica, la ocupación por los tuareg de los territorios saharianos y sahelianos alteró su aspecto físico original, blanco de tipo mediterráneo. La captura de enemigos de piel negra, agricultores sedentarios, que se incorporaban al grupo en calidad de esclavos para cuidar del ganado y realizar los oficios serviles, ha oscurecido su piel y alterado sus rasgos, considerándose hoy tuareg a muchos individuos de indiscutible origen subsahariano. Sin embargo, las clases aristocráticas conservan en gran medida sus características mediterráneas. Dominadores del desierto y de los macizos rocosos, los tuareg son, sin embargo, conscientes de no ser los primeros habitantes de su país. Los cementerios y las tumbas individuales, situados en las mesetas y en las terrazas de los valles, las pinturas sobre las paredes rocosas, las puntas de flecha que salpican el suelo de los viejos talleres, son el recuerdo permanente de los "hombres antiguos" -Kel Iru-, llamados ijjabaren. En los troncos de los árboles fosilizados ven los esqueletos de los ijjabaren muertos en combate, señalando sobre la superficie de la madera las heridas que les causaron la muerte. Estos Kel Iru eran de estatura gigantesca y cavaban en busca de agua con las manos desnudas, formando los puñados de tierra que extraían las dunas del desierto. Los tuareg vuelven a excavar los pozos antiguos, que son para ellos una garantía de encontrar agua.
     La historia de los tuareg -pueblos del velo- debe ser rastreada, en el contexto de la historia del norte de África, en los textos de los cronistas árabes. Las informaciones directamente referidas a ellos son escasas, estando enmascaradas a menudo por la diversidad de nombres que formaban el conglomerado de pueblos bereberes que ocupaba este espacio inmenso y que llevaban un estilo de vida -pastores nómadas- similar al de los tuareg. Al sur del desierto del Sahara se extiende el Sahel, una sabana hoy también en proceso de desertización. En su parte occidental está regada por el río Níger, de crecidas irregulares, aunque en el pasado eran suficientes para hacer del Sahel una abundante reserva de cereales. Entre los siglos X y XVII, se desarrollaron en esta zona tres imperios, más bien hegemonías políticas, que recibieron los nombres de Ghana, Malí y Songay, y que recabaron la atención, en sus escritos, de los cronistas y viajeros islámicos. Su riqueza se basaba en el comercio que se estableció con las ciudades del norte marroquí, que recibían oro, marfil y esclavos de las ciudades de la cuenca del Níger a cambio de sal y productos manufacturados mediterráneos. El sistema de transporte eran las caravanas de camellos, las azalai, que todavía hoy transportan los bloques de sal de Taghaza o de Taudeni hasta el puerto de Mopti, y que en el pasado lo hacían a Kumbi Saleh, Djenné o Gao. En 1913, la caravana de Bilma tenía 25.000 camellos, lo que puede dar una idea de lo que sería su capacidad en los momentos de mayor actividad, antes de la llegada de los portugueses al golfo de Guinea a finales del siglo XV, momento en que este transporte se desplazó a la costa. Durante la Edad Media, el oro con el que se fabricaban en Europa las joyas de los nobles y se ornaban las imágenes de los santos venía de Bled es Sudan, el "país de los negros", así como el marfil con el que se confeccionaban las preciosas vírgenes con el niño Jesús que eran el orgullo de los talleres de París y Munich.
     Los cronistas árabes describieron desde épocas tempranas el esplendor de las monarquías africanas. Así, en el año 977 lbn Haukal podía afirmar lo siguiente: "El rey de Ghana es el soberano más rico de la Tierra". En Europa los cartógrafos incorporaban a sus mapas las informaciones que recibían de esos reinos fabulosos. En 1375, el Atlas Catalán del mallorquín Abraham Cresques mostraba, en el centro de un esbozado mapa de África, a un soberbio personaje sentado en un trono y portando en la mano una esfera de oro, debajo del que rezaba la inscripción: "Rey de Melli"; en el trono confluían caminos de los cuatro puntos cardinales.

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