PASTORES DEL DESIERTO (II)

 
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     Los tuareg, los auténticos conocedores del desierto, eran contratados para conducir las caravanas -que controlaban y a las que cobraban asimismo tributo de "protección"- por las rutas de arena, pero raramente fueron ellos mismos los impulsores de ese comercio, pues su cultura ganadera y su carácter independiente y aristocrático no se lo permitía. Además, era mucho más rentable dedicarse al pillaje. Observadores privilegiados de la riqueza de los sedentarios, intervinieron decisivamente en la historia de los imperios en algunas ocasiones. El ya mencionado lbn Haukal describe una importante ciudad mauritana, Audoghast, que había prosperado al calor de la sal y el oro de las caravanas. A principios del siglo IX existía en el Adrar de los Ifora una confederación de tribus tuareg, islamizadas pero celosas de su independencia, que se desplazaban constantemente hacia el río Senegal para controlar las rutas entre Marruecos y Ghana. Según otro cronista árabe, El Bekri, los bereberes sanhadjas -llamados también zenegas o zanagas-, una confederación de tribus tuareg, se apoderaron de Audoghast, estableciendo una dinastía que dominó el Sahara occidental hasta el año 990, fecha en que el rey de Ghana recuperó la ciudad. La animista Ghana, sin embargo, no pudo resistir más tarde las salvajes incursiones de los almorávides musulmanes, que la conquistaron en el 1076, la saquearon hasta el aniquilamiento y convirtieron su territorio en un erial. Los tuareg vuelven a aparecer en las crónicas durante el imperio de Malí, período decisivo para el establecimiento de la cultura musulmana en el Sahel. El rey Kankan Musa -o Mansa Musa-, que controlaba un gran territorio entre el Atlántico y el este del río Níger, era inmensamente rico. En una peregrinación a la Meca en 1324 se detuvo en El Cairo, donde realizó valiosas compras -entre ellas libros de derecho- y recibió la visita de unos comerciantes venecianos; su largueza en la distribución de oro hizo que su cotización en el mercado árabe bajase. En El Cairo encontró también a un arquitecto granadino, Abú Isaak -llamado posteriormente El Saheli-, a quien contrató para que reconstruyese la mezquita de Tombuctú según un estilo nuevo que ha perdurado hasta nuestros días. Este "estilo sudanés de arquitectura" puede admirarse también en las mezquitas de Djenné y Mopti, así como en otros lugares de África occidental. En 1350, bajo el reinado de Solimán, lbn Battuta, un joven viajero tunecino, recorre las tierras de Malí y describe con admiración sus costumbres y la piedad de sus habitantes; también se impresiona por la falta de decoro de las mujeres jóvenes y las esclavas, que van desnudas, y por la persistencia de ceremonias idólatras: los diula, cubiertos con máscaras, danzan ante el rey y recitan extrañas poesías. lbn Battuta hace una breve pero precisa referencia a los tuareg del Ayr: "Luego llegamos a tierras de los Bardama, una cabila bereber sin cuya protección las caravanas no pueden viajar seguras. Entre ellos la mujer goza de una dignidad mayor que el hombre. Son nómadas, nunca se establecen en un lugar y sus tiendas tienen un aspecto peregrino; plantan varales de madera y sobre ellos disponen esteras por encima de las cuales colocan un entramado de palos entrelazados y aún cubren con pieles o lienzos de algodón. Sus mujeres son las más hermosas y de más bello rostro que hay, además de su blancura sin mezcla y de sus buenas carnes: en ningún sitio he visto otras que las igualen en grasas; se alimentan de leche de vaca y mijo molido mezclado con agua sin hervir que beben mañana y tarde. Quien pretenda casar con una de ellas debe residir en el lugar más próximo a sus territorios...". La referencia a la gordura de las mujeres permite certificar la permanencia hasta casi nuestros días de los ideales de belleza vigentes en la sociedad tuareg, que obligan a las mujeres a alimentarse forzadamente por medio de un embudo de madera en el que introducen la leche y el mijo. La inseguridad de las rutas se refleja en un párrafo posterior: "Desde allí continuamos la marcha por otros diez días, alcanzando la región del Hoggar, habitada por una nación bereber que se vela el rostro, entre los cuales no hay nada bueno. Uno de sus principales salió a nuestro encuentro y detuvo la caravana hasta que se comprometieron a pagarle en telas y otros objetos por dejarnos pasar. Llegamos a su territorio en el mes del Ramadán, en el cual no hacen algaras ni interceptan las caravanas [...]. De esta manera actúan todos los bereberes que hay por allí".
    Después de la muerte de Solimán en 1350, sus sucesores son incapaces de mantener la coherencia y grandeza de su reino. Los mosi del Yatenga llegan, en sus audaces incursiones, hasta el corazón de Malí y los tuareg acechan en la cuenca norte del Níger. Tombuctú, en sus orígenes posiblemente un campamento tuareg, fue una estación comercial antes de ser incorporada a Malí en 1325. Los tuareg realizaban razzias en los alrededores de la ciudad hasta que el jefe Akil el Malual se apoderó de ella en 1435, expulsando a la guarnición mandinga. El dominio tuareg sobre Tombuctú se prolongó hasta 1468, cuando las tropas de Sonni Alí -Alí el Grande, uno de los genios militares del África negra- conquistaron la ciudad y la sometieron al mayor saqueo y matanza de su historia: incluso los ulemas, sabios musulmanes que se opusieron al vencedor, fueron ejecutados. Sonni Alí edificó en un cuarto de siglo el imperio songay, desde Segú y Gao -su capital-, a orillas del Níger, hasta Dahomey.
     Apoderarse de Djenné, la vieja y prestigiosa rival de Tombuctú, que había reemplazado a Ghana en el comercio del oro, le llevó, según el cronista del Tarik es Sudan, siete años, siete meses y siete días. El rey Juan II de Portugal, conocedor de su poder, le envió una embajada. En 1493 le sucede en el trono Askia Mohamed, que dirige a sus tropas contra los hausa, mosi y tuareg. En Agadés, en las estribaciones meridionales del macizo del Ayr, establece una guarnición permanente para alejar a los saqueadores tuareg, que tendrían ya entonces en esta ciudad su centro político. En efecto, la ciudad de Agadés es la sede de una institución especialmente importante pues, a la sombra de su mezquita, se erige el palacio del sultán, personaje que detenta unos poderes aceptados por todas la confederaciones tuareg -actualmente seis. Más próximo a la estructura de los lamidos fulbe cameruneses que a las jefaturas nómadas, el sultán posee varias esposas, algunas de ellas procedentes de las familias nobles de las tribus y otras de origen servil. Sorprendentemente, a consecuencia de un antiguo acuerdo el acceso al poder está reservado a los hijos tenidos con las mujeres procedentes de la rama de los vasallos, de ahí el color negro de los sultanes. Para la realización de sus importantes funciones, el sultán cuenta con los consejos de varios ministros: el Serkin Turawa se ocupa del comercio, del control de las caravanas, de los precios del mijo y de la sal en Bilma, y de los comerciantes extranjeros residentes en la ciudad; el Galadima tiene a su cargo la casa del sultán y el barrio en donde se hallan tanto el palacio como la mezquita; el Anzo es el delegado de la autoridad ante los pastores nómadas; el Serkin Kasuwa, jefe del mercado, controla el comercio en Agadés; el Serkin Dogaray es el jefe de la seguridad. Hay asimismo una ministra, la Magajya, que es la voz de las mujeres de la villa.
     Los orígenes de la institución son legendarios. Una de las leyendas se refiere al sultanato dominante de Bornú, que exigía cada año la entrega de mujeres jóvenes a los nómadas del Ayr. Para liberarse, los tuareg pidieron al sultán turco de Estambul que enviase a un hijo suyo para oponerse desde Agadés al poder hausa. Los sultanes llevan desde entonces el título de Istambulawa, "gentes de Estambul", y se benefician de su prestigio. El primer sultán habría llegado al Ayr en 1405, y su primogénito habría nacido de una concubina negra. Los cronistas árabes, sin embargo, se refieren a las tribus de Itesen e Itesayen como las "del privilegio y del pacto", que fueron a buscar al sultán a una ciudad llamada Aghrem Sattafan, la "Ciudad Negra", lo cual puede indicar tanto un origen subsahariano como de la tribu Kel Sattafan o del pueblo In Sattafan. En cualquier caso, parece que el sultanato responde a un intento de establecer una ley que pusiese fin o limitase la guerra casi endémica que las diferentes confederaciones mantenían en su seno; también, probablemente, a la pretensión de impulsar la participación en el gran negocio del comercio caravanero, en el que, a pesar de tales esfuerzos, los tuareg han participado poco como empresarios. Agadés es una ciudad de reunión para el consenso, los negocios y la discusión política; en ella se celebra también el festival bianu, que conmemora en el mes de mayo la hégira de Mahoma -el viaje del profeta de la Meca a Medina en el año 622- y que, como institución integradora, sirve para que los miembros destacados de las tribus rindan homenaje al sultán y al imán de la mezquita. Volviendo al marco histórico, la paz songay reina en el Sahara y el Sahel en los tiempos del Askia Daud. Los tuareg pagan un tributo, las rutas son seguras y los comerciantes forjan la prosperidad del país. Djenné y Tombuctú atraen a sabios y hombres de letras de todo el mundo islámico y, en palabras de León el Africano, la mercancía preferida son los libros manuscritos, de modo que la riqueza de un hombre se cuenta por el número de libros de su biblioteca y de caballos de su cuadra. En ese tiempo Mahmud Kati escribe con la ayuda de su nieto una de las crónicas históricas del oeste africano, el Tarik el Fettash.

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