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II. Los Tuareg en la Historia de África
 
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PASTORES DEL DESIERTO (y III)

 

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León el Africano es un joven árabe granadino que, en 1510, tras la expulsión de su tierra por los castellanos, parte de Marruecos con la intención de llegar a El Cairo. Capturado en aguas de Sicilia cuando regresaba a su país, entró al servicio del papa León X y se convirtió al cristianismo, escribiendo una Descripción de África que popularizó a los "hombres del velo" entre los europeos. En sus escritos se refiere a los tuareg como "zanagas" y "tergas", incluyéndolos en un amplio grupo de bereberes que, posiblemente, llevasen a principios del siglo XVI una vida similar a la de los tuareg. Aunque de nuevo es difícil establecer una diferencia clara entre los tuareg y otros grupos bereberes, es interesante transcribir algunos fragmentos que definen sus características culturales, pues es la referencia "etnográfica" de cierta amplitud más antigua y de primera mano que se posee sobre los tuareg: "Los cinco pueblos, a saber: Zanaga, Guenzinga, Terga, Lemnta y Berdeua, son llamados por los latinos Numidi; llevan todos la misma manera de vivir, sin norma ni razón alguna. Su vestido consiste en un paño estrecho de lana gruesa con el que cubren la menor parte de su persona. Algunos tienen por costumbre llevar sobre o alrededor de su cabeza un paño de tela negra, casi a modo de turbante. Los magnates y principales, para diferenciarse de los otros, llevan grandes camisas, con las mangas anchas, tejidas con hilo azulado de algodón, que los traen los mercaderes que viven en Tierra de los Negros. No usan otras monturas que camellos y cabalgan sobre ciertas sillas que colocan entre la joroba y el cuello de los camellos [...]. Los camellos para cabalgar tienen todos la nariz taladrada [...] y por el lugar del taladro pasan una tira de cuero, con la cual vuelven y conducen a esos camellos como se hace con la brida de los caballos. Para dormir usan esteras tejidas con juncos muy finos. Hacen sus tiendas con piel de camello y de lana áspera que producen las palmeras entre los racimos de sus dátiles. En cuanto a comer, el que no los haya visto, no puede persuadirse de la gran paciencia que tienen para resistir el hambre. No tienen costumbre de comer pan ni carne sazonada de ninguna manera, sino que se nutren de la leche de sus camellos, de la que beben todas las mañanas una gran cantidad, caliente, recién ordeñada; por la tarde hacen una cena ligera con un poco de carne seca y hervida en leche y manteca, de la cual una vez cocida toma cada uno una ración en la mano, y después sorben aquel caldo, para lo cual, por falta de cucharas, usan de las manos. Hecho esto, beben una taza de leche y éste es el fin de la cena. Mientras les dura la leche no se preocupan en manera alguna del agua, principalmente en primavera, en todo el tiempo de la cual algunos de ellos no se lavan ni las manos ni la cara [...]. Toda su vida, hasta el día en que mueren, la emplean en la caza y en apoderarse de los camellos de sus enemigos. No se detienen en un mismo lugar más allá de tres o cuatro días, que es lo que tardan los camellos en consumir la hierba que allí se encuentre. Los gentiles-hombres de este país llevan en la cabeza un lienzo negro, con parte del cual se cubren el rostro, ocultando todas las partes del mismo menos los ojos; así visten a diario. Cuando quieren comer, todas la veces que llevan la comida a la boca, la descubren, y una vez que han comido, la vuelven a cubrir, alegando, como razón de esta extraña costumbre, que, así como es gran descortesía para el hombre devolver la comida, también lo es ingerirla delante de los demás. Sus mujeres son muy membrudas y gruesas; tienen las partes posteriores muy llenas y voluminosas, lo mismo que las mamilas y el pecho; su cintura es muy delgada. Son damas muy afables, tanto en el hablar como en darse las manos. Algunas veces tienen por cortesía dejarse besar, pero es muy peligroso propasarse en esto, porque sus maridos, irritados en parecidas ocasiones, se matan los unos a los otros sin perdón alguno [...]. Se muestran estos pueblos muy liberales (con los extraños), aunque, a causa de la gran sequía de aquellos lugares, poca gente pasa por sus tiendas, ni ellos frecuentan tampoco los grandes caminos. Pero las caravanas que atraviesan sus desiertos se ven obligadas a pagar ciertas gabelas a sus príncipes, lo cual consiste en un pequeño pago o lienzo por cada carga de camello..."

León el Africano proporciona datos que explican la adaptación de los tuareg a un medio ingrato: la sequía conduce a la escasez de ganado y, como consecuencia, a las incursiones para apoderarse del de otros grupos; el cobro de peajes por el paso por sus territorios; la gordura de las mujeres como manifestación de la riqueza de sus maridos, es decir, el prestigio que proporciona el vencer el hambre; el pillaje de las ciudades de los agricultores sedentarios.

Al tratarse de una actividad económica necesaria para la supervivencia del grupo, las campañas de pillaje están perfectamente organizadas y responden a una reglamentación precisa. Alentados por sus mujeres, un grupo de hombres se agrupa de manera voluntaria para aumentar los recursos de la familia e incrementar su honor y prestigio por medio de hazañas guerreras.

Esta interiorización social, el hecho de participar en acciones heroicas, ha llenado de contenido las actividades guerreras. Cuando parten llevan una montura adecuada y la espada —takuba—, que ha sido casi un símbolo de los guerreros tuareg, además de un escudo de piel de órix. Lanzas y arcos nunca han sido habituales en su armamento.

El próspero imperio songay que describe León el Africano —Tombuctú tenía 180 escuelas coránicas con 20.000 alumnos y 100.000 habitantes— tuvo un final violento provocado por las ambiciones del rey de Marruecos, Mulay Ahmed, quien decidió enviar una expedición para apoderarse de las minas de oro del "país de los negros"." Al frente de dicha empresa sitúa a un eunuco de origen andaluz, Djuder Pachá, quien, excelente organizador, hace traer de Inglaterra lonas para las tiendas, cañones y pólvora. En 1590, los cañones atraviesan por primera vez el desierto arrastrados por soldados marroquíes y españoles, pero la dureza del camino y la falta de agua se cobran su tributo, de forma que, en cinco meses, una parte de los hombres muere de sed y agotamiento. Sin embargo, los restos de ese ejército fueron capaces de derrotar a los songay el 12 de abril de 1591 y apoderarse de Gao, ocupando luego Tombuctú y las principales ciudades. Decepcionados al no encontrar oro, que era transportado de muy lejos, y abandonados más tarde por el rey de Marruecos, deben enfrentarse con belicosos vecinos, entre ellos los tuareg, que no cesan de asestar golpes de mano aprovechando la fragmentación del poder. Con el tiempo, los soldados españoles y marroquíes que no consiguieron volver se casaron con mujeres del país y se confundieron con la población. A pesar de las guerras y el descalabro comercial, Tombuctú continuó siendo un centro importante de cultura islámica, y a principios del siglo XVII, Es Sadi el Timbukti escribe el Tarik es Sudan, otra crónica histórica básica para el conocimiento de los imperios medievales africanos. Mientras tanto, los nómadas del desierto son la fuerza dominante al este del Níger, y los grupos sedentarios les pagan tributo; en 1770, los tuareg se instalan en Gao.   

   
 
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