LA VIDA EN EL DESIERTO (I)

 
     La tienda es el símbolo de la vida nómada. Su emplazamiento deja residuos difíciles de detectar, de manera que los arqueólogos deben rastrear con sumo cuidado los indicios dejados por los pastores que la ocuparon. Sólo el sedentarismo, la vida en agrupaciones de casas permanentes, se asocia a la verdadera civilización. Los pueblos trashumantes parecen poseer una cultura liviana que se escapa entre los dedos de los investigadores. Por esta razón, los tuareg mantienen todavía en la imaginación de los europeos un halo de misterio y romanticismo que años de estudio no han conseguido disipar.
     La tienda de un nómada es una estructura, un conjunto de elementos necesariamente ligeros y transportables, fáciles de manipular, adaptados al territorio donde deben asentarse, que adquieren sentido cuando son ensamblados y conforman un espacio interior, el espacio doméstico. Es, por lo tanto, un hogar, el dominio de la mujer, la consecuencia del genio femenino en la adopción de soluciones adaptativas, el centro del linaje tuareg.
     La construcción de la casa, su cuidado y mantenimiento son trabajos realizados por las mujeres en todas las sociedades pastoriles. Los tuareg utilizan dos tipos de tiendas, cubiertas por pieles o por esteras de cestería, piezas realizadas siempre por sus propietarias y colaboradoras, que encargan a los artesanos que trabajan la madera -a veces fulbe o agricultores sedentarios- la realización de los elementos que deben soportarlas. Sin embargo, en algunos grupos del norte las mujeres nobles tallan los elementos de sostén, en los que graban textos escritos en tifinagh que llenan de contenido simbólico la casa familiar. La tienda no es una estructura inerte que se ocupe de un modo inconsciente, como ocurre en las casas del mundo occidental, en las que el espacio que encierran las paredes viene dado desde el inicio y permanece invariable, sino que constituye un cuerpo que debe ser formado al final de cada desplazamiento conservando siempre las características que lo convierten en un lugar confortable e íntimo. La tienda cierra, aísla a los seres humanos del inmenso espacio del desierto y de los cielos infinitos, protegiéndoles en su integridad y dándoles calor. La identificación afectiva entre la mujer y su tienda está cargada de significados sociales, hasta el punto que, en lengua tuareg, reciben el mismo nombre: éhe, uno de los sinónimos referidos a la mujer. El mismo término corresponde a "matrimonio", y para saber si una mujer está casada se le pregunta si ha "hecho una tienda". La matriz es asimismo la tienda y para referirse a una familia ilustre la apelación adecuada es "la gran tienda".
     La unidad básica de la sociedad tuareg es la familia nuclear, normalmente monógama -aunque el marido mantiene relaciones sexuales con las mujeres esclavas, que viven con sus hijos en las áreas destinadas a los servidores-, y ocupa una sola tienda. La mujer es su propietaria, tiene un papel primordial en la conservación del orden del campamento y goza de gran autoridad, ya que el hombre se halla con frecuencia ausente durante días acompañando al ganado. Como normalmente es más instruida que su marido participa en los consejos familiares y es consultada en lo referente a todos los asuntos que conciernen a la tribu. Recibe y hace los honores a los visitantes, de quienes merece un trato similar al de su esposo y su prestigio aumenta si sabe tocar la vihuela (imzad) y recitar poesías, a las que los tuareg son muy aficionados. Si una mujer se considera ofendida o maltratada por su marido tiene derecho a divorciarse de él y expulsarle de su tienda, por lo que pueden encontrarse varones tuareg sin hogar que acampan por la noche con la única protección de un paravientos. Lo habitual es, sin embargo, que vuelvan a su casa familiar si son jóvenes; su madre prepara entonces una pequeña fiesta para celebrar su retorno y manifestar que su hijo se halla de nuevo en el mercado matrimonial. El divorcio no afecta la reputación de las mujeres, que encuentran pronto nueva pareja. Normalmente el primer matrimonio de una mujer acaba en separación, pues se produce cuando ella es muy joven, entre quince y veinte años, mientras que el hombre suele casarse hacia la treintena. Una vez formalizado el divorcio, la familia del varón debe devolver la dote de la novia.
     Las relaciones entre ambos sexos se producen en el ahal, una especie de corte de amor que se desarrolla en un lugar definido fuera del campamento o en una tienda erigida con tal finalidad. En esos encuentros participan las jóvenes a partir de la edad núbil y sus pretendientes, así como los hombres divorciados y aquellos cuyas esposas se hallan ausentes siempre que no sean demasiado viejos. Las mujeres mayores acuden como espectadoras. Las crónicas de hace unos años hablan de dos niveles de relación. En el primero, los jóvenes hablan, escuchan la música del imzad y recitan poesías; en el segundo se acuerdan citas para pasar la noche. Los ahal reciben los nombres de las mujeres que son centro de atención por su simpatía y dotes musicales, y los viajeros procuran adaptar su ruta para asistir a los más prestigiosos.
     En esas reuniones amorosas, una mujer debe tener especial cuidado en mantener contactos con hombres de su clase social o superior, pues el matrimonio con individuos de clase inferior a la suya está prohibido: ella es quien transmite los derechos familiares. En consecuencia, sólo el hombre puede elegir a una mujer de clase inferior a la suya. Salvo esta limitación femenina, los arreglos matrimoniales entre las familias son casi desconocidos, de modo que los jóvenes pueden emparejarse según sus deseos. Cuando un varón consigue el acuerdo de la muchacha de sus sueños le pide a un primo que le represente en la petición oficial de mano ante el padre de la novia. La ocasión es aprovechada para establecer la dote, que suele estar formada por cabezas de ganado, camellos y cabras, y algunos bienes complementarios; también se fija la fecha de la boda, normalmente pocos días después.
     Los esponsales son las fiestas más señaladas entre los tuareg. Las fiestas son eventos especialmente importantes entre los pueblos pastores, pues permiten el encuentro de familiares y amigos que normalmente se mueven por parajes alejados y facilitan nuevos conocimientos entre la gente joven: son el tiempo de la música y la alegría. Como en otras muchas culturas, la ceremonia matrimonial incluye la construcción de una nueva tienda y su ocupación por parte de los recién casados. La boda se celebra en el campamento de la novia. En las proximidades, el novio ha plantado una tienda en donde se reúne con sus camaradas, teniendo un papel destacado el primo que ha negociado el acuerdo con el padre de su prometida. Ellos le colocan el velo y le arman con la espada -takuba. De tal guisa recibe con gran dignidad a sus invitados, cuyas visitas manifiestan el respeto a los parientes y a los antepasados. Mientras tanto, sus familiares llegan a lomos de camello y vestidos de gala al campamento, donde son recibidos por los allegados de la novia con música y cantos de bienvenida. Las mujeres forman grupos que baten palmas y tocan el tambor, mientras los visitantes giran a su alrededor sobre los majestuosos camellos, que los balancean con su trote elástico. La fiesta dura ocho días, y no es hasta el último cuando se celebra la verdadera ceremonia, bendecida por el morabito, que es testigo de la entrega de la dote y legaliza la unión recitando los versículos del Corán adecuados.
     Los nuevos esposos ocupan la nueva tienda y comienzan su vida en común. En el recinto doméstico el marido ocupa la zona oriental, donde coloca su silla de montar -tahiast-, el escudo -arar-, la lanza -tarda-, la inseparable takuba, y si lo posee, el fusil; en el lado opuesto, la mujer dispone su gabinete, con su silla y los elementos de su propiedad: recipientes para la leche y el agua, el mortero para los cereales, platos, eventualmente cucharas, y sacos para la conservación del grano y los dátiles. Las prendas de vestir se guardan en bolsos de piel.
     El nacimiento del primer hijo es motivo de especial alegría. Antes del parto, la futura madre abandona la tienda conyugal y se refugia en la seguridad de su grupo materno, donde espera la llegada del niño. Cuando nota los síntomas del parto se aleja del campamento y se coloca bajo la sombra de un gran árbol. Allí es asistida por sus hermanas y las mujeres viejas de su familia, que escuchan los gritos, maldiciones e insultos que la parturienta tiene derecho a emitir. Cuando el niño llega a este mundo, es lavado y depositado sobre el pecho de la madre; si ésta no tiene leche es alimentado con pequeñas cantidades de leche de cabra. Después del parto la mujer permanece desnuda durante dos o tres días junto a su cama, para evitar manchar de sangre la ropa y el lecho. Antes de la imposición del nombre, cuando todavía no tiene identidad, el bebé es especialmente vulnerable a la acción de los genios malignos -Kel Essuf-, que pueden incluso raptarlo y sustituirlo por uno de los suyos. Para evitarlo la madre no lo pierde de vista y lo lleva siempre con ella; además, introduce entre sus propios cabellos un cuchillo, pues el metal aleja a los genios.
   
 

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