LA ARTESANIA: LOS METALES

 

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     Los herreros nunca se separan de sus herramientas: el yunque (tehunt), sujeto a un tarugo de madera; el fuelle (asahad), hecho con una bolsa de cuero provista de mangos y rematado por un tubo de madera prolongado por otro de metal y un embudo de arcilla que se mete entre las brasas (timakaten) de carbón vegetal; las tenazas (ighemdan), los martillos (tafadist), las limas (azawzawa), muestras de metal, punzones (tasagnat), piedra de soldar (zennader). Todo este material está ordenadamente dispuesto en un estuche de cuero. Nada hay que distinga esas herramientas de las de los artesanos sedentarios. En todo caso, la diferencia se manifiesta en el acabado y en las posibles decoraciones. La materia prima ya no se obtiene a partir del mineral, como aún era frecuente hace sesenta años, cuando los herreros dominaban a la perfección esa tecnología adquirida en tiempos remotos, como lo atestiguan los hallazgos relacionados con la explotación de cobre nativo en yacimientos arqueológicos. En la actualidad, y desde la colonización, hay profusión de metales recuperados, desechos de la civilización de consumo, siendo el automóvil una de las fuentes más abundantes.
     Dejando aparte los aperos de labranza y las herramientas relacionadas con la cría de ganado (arneses de camello, hierros de marcar), los herreros son asimismo orfebres y, como tales, trabajan la plata, ya sea a partir de antiguas joyas fundidas o, más tradicionalmente, a partir de monedas antiguas, como los táleros austriacos. Actualmente, los herreros joyeros se proveen de lingotes de plata comprándolos a mercaderes sedentarios o, directamente en Europa, a las manufacturas de metales preciosos, donde pueden obtener su materia prima en una aleación apropiada para sus técnicas de confección. Se han creado asimismo centros y cooperativas, a menudo por iniciativa de ONG europeas, en los que los herreros pueden trabajar en una producción artesanal destinada al turismo y a la exportación. Sin embargo, las técnicas utilizadas no han cambiado: la denominada "a la cera perdida", que recurre a un molde de barro cuya matriz se ha hecho con cera, es la más extendida, aunque ahora abundan los artesanos que utilizan la del troquelado de láminas de plata, que les permite obtener "series" de colgantes a punto para el grabado personalizado.
     En cuanto a los objetos de orfebrería de uso corriente, los herreros tuareg fabrican candados (taseghfelt) finamente cincelados, de forma rectangular, recubiertos con láminas de cobre (derogh) labradas en las que se reserva la abertura en que se introduce la llave (tasarut). Ésta se desliza a lo largo de una hendidura lateral y su extremo calado presiona en el interior del cajetín una palanca o resorte que libera su extremo deslizándose sobre una tija o guía exterior. Estos candados sirven para cerrar bolsas o cofres metálicos. A menudo no son más que un cierre simbólico, aunque suficiente para desbaratar las malas intenciones de un fisgón o un descuidero.
     Pero la producción más genuina del herrero, la que justifica su presencia en el seno de una sociedad tradicionalmente guerrera, es la de las armas: las espadas (takuba), las dagas (telek, elmoshi), los puñales de brazo (azegiz, gozma), las lanzas (allagh), las jabalinas (aganba). La takuba, emblema indisociable de la identidad del tuareg, es siempre objeto de orgullo y de celosos cuidados. La hoja (tazgheyt) es particularmente reveladora de la legitimidad de que se halla investido: las tres estrías o surcos (taserret), de las que la del medio debe ser más corta que las demás, así como las marcas, grabadas al ácido (y no con buril), que representan un león (de hecho, se trata del Lobo de Passau, marca de Solingen), un globo coronado por una cruz (el globo imperial, también de Solingen), o una luna en cuarto creciente (Toledo, pero en realidad Solingen), son otros tantos elementos que atestiguan el origen "noble" de una hoja, incluso cuando la mayoría de las veces se trate de imitaciones. Hoy en día, la takuba es llevada incluso por los fulbe Wodaabe. Entre los jóvenes tuareg, durante los agitados años de la resistencia (1990-1995), fue reemplazada por el fusil de asalto Kalachnikov, dado que la espada simbolizaba la pervivencia de un pasado considerado caduco por los ishumar, tuareg exiliados en lucha contra los estados soberanos. En el curso de los tres últimos decenios, los herreros han añadido a sus actividades la reparación y el mantenimiento de aparatos electromecánicos e incluso electrónicos. Así ha sido como los relojes, los casetes y las radios, objetos extremadamente sensibles al polvo y al calor, han engendrado tesoros de ingenio e improvisación ante una tecnología sofisticada y desconocida, basada en su mayor parte en circuitos impresos cuya función esencial ha sido, por otro lado, rápidamente captada por los herreros. Hay que ver esas manos sucias y callosas, habituadas a la fragua, manipulando un soldador calentado en brasas de carbón vegetal y conectando transistores y resistencias en una superficie de algunos milímetros cuadrados. Cuando se trata de regenerar la batería agotada e irremplazable de un reloj de cuarzo, no es raro ver al herrero recurrir a la corriente de una vulgar pila de linterna para recargarla, lo que nos puede parecer completamente aberrante cuando no imposible. Al lado de las joyas de plata de forma tradicional, los herreros nunca van cortos de ideas nuevas. Así es como han añadido a su abanico de posibilidades estuches para encendedor de plata labrada con motivos tradicionales, que confieren a los mecheros desechables un toque de distinción nada negligible. El mismo principio se ha aplicado a los bolígrafos de una marca francesa mundialmente conocida, para los que se ha concebido un ingenioso estuche en forma de tubo liso o hexagonal. Estos nuevos productos han sido probablemente sugeridos a estos artesanos por simples turistas o hábiles comerciantes, aunque uno no puede dejar de maravillarse ante la capacidad de adaptación que demuestran en cualquier circunstancia.
   
 

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