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TECNICAS Y SIMBOLOS DECORATIVOS |
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| Junto al arte de la orfebrería, los artesanos tuareg consagran toda su inspiración a la artesanía del cuero, especialmente a la confección
de bolsos de gala y almohadones. Esta inspiración se alimenta de una larga tradición simbólica que hace referencia a creencias preislámicas en la que dominan los motivos decorativos geométricos
-dameros, redes de rombos, triángulos equiláteros, puntas de flecha estilizadas, cruces-, aunque, como los artesanos moros, también recurren a las fuentes coránicas, pero con mayor discreción;
por ejemplo, las "cabezas de las tablillas coránicas". En efecto, aunque musulmanes, los tuareg se protegen del mal de ojo, creen en el valor curativo y profiláctico del cobre y la cornalina, en la influencia maléfica del hierro, y, mucho, en los pueblos infernales de la Nada (Kel Essuf), los de la noche (Kel Ehad), los de la Duna (Kel Tenere), contra los que se protegen mediante la observación de ciertos ritos, y el uso de amuletos y decoraciones simbólicas. Son las realidades míticas de la vida cotidiana, pequeños recordatorios de los cambios de humor del viento, de la tierra, de los árboles, de los objetos contra los cuales es posible luchar tomando algunas precauciones casi automáticas, tan simples como comer, beber o dormir. A través de su arte nos revelan, por lo tanto, ese estado de "simbiosis con la naturaleza". Los elementos decorativos: En el cuero se graban algunos signos del tifinagh, como la Z (#), en su entonación suave -pronunciada a la manera de la 'S' intervocálica francesa o catalana. Los toman de la fauna, pero de una fauna vista como la ven los cazadores, una manera universal de ver que los prehistoriadores reconocen cuando estudian el arte parietal: la huella. Y bajo ese aspecto, que toma el carácter de un ideograma, se puede "leer": - la pezuña de la gacela - la huella del chacal - el rastro de la hiena - el paso de la pintada También recurren a su ciencia astrológica, integrada en sus procedimientos de adivinación. Por consiguiente, hallamos el sol, la luna, la estrella. A pesar de las "prohibiciones" del Islam -no codificadas en el texto sino por el uso- no falta la figuración humana. Así, un triángulo es una mujer sentada. Unos trazos opuestos en forma cóncava y convexa son las cejas, aunque a veces con esta precisión: "las cejas del diablo". La presencia del hombre se revela mediante las ighatimen, "las huellas de la sandalia", o los dedos, "el rastro de los dedos en la arena". Los animales son extremadamente estilizados, hasta el punto en que a veces es difícil establecer diferencias entre la mariposa y el lagarto, siendo el lagarto uno de los procedimientos adivinatorios (timekelkelin) practicados en el Tassili del Ajjer y de los que Charles de Foucauld hablaba en su diccionario. La tórtola, tejida en las esteras con finas tiras de piel, no es otra cosa que una espiga. El "gran pájaro" sería francamente ilegible sin las indicaciones de los tuareg. En lo tocante al "pájaro nocturno", es evocado simplemente por su ojo. Los procedimientos: Los procedimientos de la ornamentación son sobre todo el gofrado, el troquelado, la excisión, las aplicaciones, la pasamanería, las tiras de cuero caladas y recortadas, más que decoraciones a pluma o pincel, que se encuentran sin embargo, por influencia mora, en las regiones de Tombuctú, Gundam, Gourma-Gharus, Adrar de los Ifora, justamente las zonas de contacto entre tuareg y moros. Las herramientas utilizadas son principalmente punzones de troquelar provistos cada uno de un motivo diferente, cuchillos para el cuero, láminas para los pliegues, punzones para coser el cuero y cola. Y, por descontado, el pequeño taburete-banco de trabajo que toda artesana lleva consigo. La elección de los colores indica, en general, el origen de los artesanos según el estilo en que han sido ordenados: el verde (amanzer) es el color noble por excelencia para los tuareg. Es una protección por sí mismo, independientemente de las formas en que se presente. Este color, muy particular, puede ser considerado uno de los mejores medios para identificar el material de cuero en el Sahara. El centro tradicional de fabricación del verde es Kano, aunque hay, por descontado, otros lugares como, por ejemplo, Sokoto. Se trata de una preparación a base de óxido de hierro, limón, pelos de cabra y aceite de cacahuete a la que se añade un polvo verde, zinzari (hausa), que es sulfato de cobre. El color obtenido es un verde esmeralda de aspecto metálico que, gracias a la presencia del sulfato de cobre, posee la ventaja, rara en los colorantes indígenas, de resistir la luz. Se vende en pequeñas piezas como, por ejemplo, estrechas barritas de 4 x 50 cm. En el Hoggar, la industria local, reducida a algunas artesanas, procede de modo algo diferente: sulfato de cobre, mantequilla y sal de amoníaco. Un verde más sombrío, de calidad inferior, bastante irregular en cuanto a su coloración, se consigue a base de anilina y se denomina con la expresión hausa algasa. Se produce con medios locales: tierra salada, un mordiente y una planta de tinte. El negro, ikawalen, se obtiene por diversos procedimientos en los que intervienen huesos calcinados macerados y trapos quemados mezclados con polvo de antimonio (tazolt); marga del fondo de la charca, quemada y mezclada con ceniza de trapos; el fruto de ahuggar machacado con arcilla y hollín de la forja; la maceración durante cuatro días de herrumbre y óxido de hierro en una caja de metal llena de agua a la que se añade una porción de azúcar. Otro negro que en realidad es un azul oscuro, pero que los tuareg denominan negro, se obtiene recurriendo a una piedra amarilla. El blanco, ¡mellen, consiste en un tratamiento de la piel, no en una coloración. Se obtiene con la ayuda de una hierba, tedesei, o mediante un baño de leche cuajada y tanino; con arroz blanco machacado y mantequilla; con sal molida y mantequilla, o mediante una piedra blanca, cheb, reducida a polvo, añadida al agua y destinada especialmente a teñir las pieles más finas. El amarillo, irwagh, se obtiene recurriendo a vegetales, limaduras de latón, polvo de leche mezclado con harina de mijo, con sal y mantequilla. Por último, el rojo, karandafi o izwagh, se obtiene con espatos de sorgo, natrón y agua, procedimiento muy simple que da un bello rojo clásico a todos los guadamacíes del Sahel. La mezcla se hace enseguida, así como la toma de color. Los operarios empapan la piel en ese baño una o dos veces, la sacan y la secan. Desgraciadamente, este color, muy frecuente en la artesanía del cuero tuareg, palidece rápidamente al ser expuesto a la luz. Las "recetas" enumeradas hasta ahora son tradicionales. Ni que decir cabe que los tintes utilizados en la actualidad son en su mayor parte sintéticos y de origen industrial. |
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