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Los tiempos modernos y contemporáneos se caracterizan por haber dado al artista una importancia desmedida.
Empezó por Dante cuando en su Purgatorio escribía: «Credette Cimabue ne la pittura / tener lo scampo, e ora ha Giotto il grido / s'che la fama de colui
é scura.» Giotto, la figura inicial de lo que llamamos arte de la Edad Moderna, había sido en efecto homenajeado de un modo brillantísimo por la ciudad de Florencia en 1334. En 1490, por decreto de Lorenzo el Magnífico, se colocó un busto de Giotto en la catedral florentina con un epitafio de Angelo Poliziano que le hacía decir: «Soy aquel por quien la pintura ha revivido...» Marsilio Ficino, al servicio de los Médicis, fue muy eficaz en elevar el papel de los artistas. Los compara, como los escritores -él lo era- nada menos que a Dios, diciendo: «El poderío humano es casi semejante a la naturaleza divina; lo que Dios crea en el mundo por el pensamiento, el espíritu (artista) lo concibe en sí mismo por el acto intelectual, lo expresa por el lenguaje...» M. Ficino, al fundar la Academia de Careggi, con estas ideas, puso la base de la divinización del artista que realizarían las academias del futuro. Alberti, en el libro III de su Tratado de la Pintura, afirmaba: «(...) El fin del pintor debe ser adquirir fama, gusto y crédito con sus obras, más bien que riquezas; lo qual lo conseguirá siempre que sus pinturas detengan y deleiten la vista y el ánimo de los que las miren (...) Siendo esto así deberá tener el Pintor sumo cuidado en su modo de portarse y en sus modales, mostrando siempre afabilidad y agrado, para que por estos medios pueda atraerse la benevolencia de todos, único y fixo asilo contra la pobreza y también la ganancia, auxilio para la mayor perfección de una obra.» Miguel Angel alcanzó la cumbre de este proceso. En vida se le llamó «divino» y Vasari no sólo dijo que había sido enviado por el cielo para enseñar a los hombres cómo se tenía que hacer escultura, pintura y arquitectura, sino que afirmó que lo veía como una «criatura divina más que terrestre». En el siglo XVII hace suya la empresa de Saavedra Fajardo que dice que la fama es dañina -fama nocet-, aunque los artistas, como hemos visto, buscan ser reconocidos social y artísticamente hasta el siglo XIX, siendo el XX el momento en el que la fama tiene que ver más con las veces que un artista sale en los mass media que con la misma calidad intrínseca de su obra. A este valor propagandístico se une la respuesta del público, como veremos más adelante. |
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