| |
| III. PATRONOS, CLIENTES Y PUBLICO |
|
|
| Retrato de Emile Zola |
 |
 |
|
|
Para que la obra llegue al cliente es necesaria, casi siempre, la labor de un intermediario, sea marchante,
vendedor, galerista o se encauce a través de las subastas. La venta es rara veces directa por parte del artista, ya sea en su taller o en lugares públicos. En el siglo
XVII en España, la calle Mayor de Madrid destacó, como zona comercial, y en ella se incluía el comercio artístico, ya sea en tiendas o de manera ambulante, extendiéndose
su radio de acción a la calle Toledo, Barquillo, Red de san Luis y aledaños. La figura del marchand -palabra francesa que aparece por primera vez en las relaciones
del anticuario Gersaint y Wattteau o su poulain- llamado en España tratante, así como la del corredor -según feliz término utilizado por Martín González-
que se encargaba de llevar las obras de arte a ultramar, son indispensables para el comercio artístico. Este fue más importante en las zonas burguesas, en especial Holanda.
Las galerías de arte tienen su inicio como comercio en el siglo XIX y en Durand-Ruel su organización, siendo en la actualidad el vehículo idóneo
para la venta, mientras que las salas de subastas acostumbran a no vender obras actuales, lo que las hace más un reflejo del pasado que del presente, diferenciándose
de los anticuarios sólo por el sistema de venta y siendo un claro termómetro de los valores económicos del Arte. Al ser de carácter público han servido como plataforma
especulativa, lanzando a la fama a autores de segunda categoría -en España, a inicios de los sesenta, suponen el auge de un pintor como Julio Romero de Torres-, han hecho
subir los precios a límites insospechados -Los girasoles de Van Gogh- y han transformado gustos -el auge actual de los postimpresionistas. |
|