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| TUMBA MENNA |
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| FRA ANGELICO: Coronación de la Virgen |
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RAFAEL:
La Escuela de Atenas |
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| DURERO: INSTRUMENTOS |
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CANALETTO:
Piazza San Marco |
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Uno de los aspectos principales de la composición pictórica es la distribución de los elementos en el espacio, para su visión
comprensiva para el espectador. El espacio es el marco en el que el pintor sitúa los personajes, los objetos del tema que desarrolla, y para esto lo estructura de formas
diversas. Insistamos en que lo que nosotros vemos no es la transposición de la realidad sino una nueva realidad: la plástica.
La perspectiva es la manera que hace posible la visualización del espacio pictórico, según unas leyes intuidas o experimentales de manera racional.
Su formulación a través de los tiempos es múltiple y tiene diversos condicionamientos, los unos formales y los otros conceptuales -filosofía, religión, sociedad, ...-.
Para los primitivos el espacio es algo que les viene dado, sin que ellos aporten nada. Así, el cerca y el lejos se resuelven según la ley de la
frontalidad y los elementos se yuxtaponen en la superficie sin un orden preestablecido, aunque a veces su situación en diagonal crea una cierta perspectiva accidental.
En el mundo románico la disposición de las imágenes es más ordenada, fijando un lugar a cada uno de los elementos figurados. Así, la yuxtaposición en horizontal
y vertical organiza el espacio compositivo, ocupando el personaje principal la parte alta del cuadro. Es en este momento cuando el aludido condicionante religioso
actúa de manera clara. El espacio ordenado es la distancia que separa al hombre de los seres divinos. En el Gótico aparece la perspectiva teológica, en la
que los personajes tienen el tamaño que les corresponde en función de su importancia. Así, Dios Padre, Jesucristo y la Virgen presiden la composición en gran tamaño, degradándose
éste al aparecer los santos y los ángeles, para llegar al grado mínimo de tamaño en las representaciones humanas (los donantes).
Esta jerarquización medieval se abandona en la cultura humanística del Renacimiento, en la que el hombre se convierte en el centro
y medida de todas las cosas. Ya no hay razón para diferenciar lo terrenal de lo espiritual y la distribución del espacio se realiza en función del hombre. Se crea
así una perspectiva en la que los personajes y objetos tienen el tamaño que les corresponde según el lugar que ocupan. Sus antecedentes los podemos encontrar ya en el
Trecento, en los pintores de la burguesía acomodada de mentalidad racionalista, tales como Giotto y Ambrosio Lorenzetti. Ambos consiguen crear un espacio tridimensional,
a la vez que plasman la realidad, no sistematizando, sin embargo, sus logros perspectivos. Será el siglo XV el del descubrimiento y la aplicación de la perspectiva
artificialis, cuya base matemática y geométrica, es decir, científica, elevará a los artistas a una categoría superior. La pintura pasará de arte
manual -artesanal- a arte liberal. Se creará así un espacio pictórico, homogéneo, continuo e infinito, en el que, según Nicolás de Cusa, cualquier punto puede tomarse
como centro. Generalmente se utiliza una perspectiva central en la que los ejes vertical y horizontal -línea del horizonte-, en su intersección, coinciden
con el punto de fuga. Muchos son los teóricos que, en este primer Renacimiento, formulan de manera admirable la organización del espacio en perspectiva. Cabe citar
a Leon Battista Alberti -Della Pittura- y Piero della Francesca -De prospectiva pingendi-, que teorizaron sobre esta perspectiva lineal, descubierta por
Brunelleschi. En Centroeuropa los estudios teórico-prácticos no se desarrollarán hasta el siglo XVI, con el tratado de Durero, aunque soluciones parecidas habían aparecido
de manera empírica en los pintores del siglo anterior. Jan van Eyck consigue, a través de la óptica -el espejo- perspectivas curvas, como es el caso del Retrato
del Matrimonio Arnolfini, y Roger van der Weyden, aunque es incorrecto en su uso de la perspectiva, consigue resultados más reales que los racionales de Piero della
Francesca.
A fines del siglo XV y comienzos del XVI, asimilada totalmente la teoría y la praxis de la perspectiva, se abren nuevos caminos a la organización del
espacio. Aparece la perspectiva de color y la perspectiva menguante, superpuestas a la perspectiva lineal. Leonardo da Vinci, en su Tratado de la Pintura
escribe: «La ciencia de la pintura comprende todos los colores de la superficie y las figuras de los cuerpos que con ellos se revisten, y su proximidad y lejanía, según
proporción entre las diversas disminuciones y las diversas distancias. Esta ciencia es madre de la perspectiva, esto es, de la ciencia de las líneas de la visión, ciencia
que se divide en tres partes; de éstas, la primera solamente comprende la construcción lineal de los cuerpos (perspectiva lineal); la segunda, la difuminación de
los colores en relación a las diversas distancias (perspectiva de color); y la trecera, la pérdida de determinación de los cuerpos en relación a las diversas distancias
(perspectiva menguante) (...).»
En esta transición entre el orden renacentista quattrocentista y el inicio del desorden cinquecentista, que culminará en los pintores manieristas,
aparece la perspectiva ilusoria que consigue mediante engaños ópticos -los llamdos trompe-l'oeil- hacer ver aquello que en realidad no es. La construcción
de estos espacios ilusorios se basa siempre en las reglas de la proyección central, pero la necesidad de hacer creíble lo no real lleva a los artistas a utilizar toda
clase de licencias, que conllevan la utilización de puntos de fuga múltiples. Mantegna nos introduce en este mundo en su magnífica decoración de la Cámara
de los esposos, del Palacio Ducal de Mantua, e intenta, a través de figuras de hábil escorzo, profundizar el campo visual. Su Cristo muerto, de la Pinacoteca
Brera de Milán, es uno de los ejemplos más destacados de esta segunda solución.
Los pintores venecianos, sobre todo el Veronés, conciben sus grandes cuadros -hábil síntesis de personajes y arquitectura- gracias a diversos puntos de
fuga ordenados a partir de un eje central. A veces, el punto/puntos de fuga están fuera del cuadro, creando así efectos de un gran dinamismo. Indiquemos
que una de las finalidades del pintor es hacer creíbles sus composiciones por lo que en ocasiones ha de modificar las estrictas reglas perspectivas. Los manieristas las
contravinieron, no por desconocimiento sino por necesidad plástica, consiguiendo obras sorprendentes.
El siglo XVII representa la crisis de valores de orden universal que hasta aquel momento habían sido la base del pensamiento científico. El sistema
tolemaico da paso a la teoría copernicana, que gracias a Kepler y Galileo comenzó a ejercer un amplio influjo. La teoría de Kepler de que las paralelas convergen
en el infinito creó un estado de ánimo en el que la razón tradicional dio paso a la razón científica. El infinito apareció como espacio pictórico. Así
las cosas, no es de extrañar que lo ilusorio, ya utilizado desde finales del siglo XV, se sistematizara. Así, el jesuita Andrea Pozzo volvió a la ortodoxia perspectiva
en sus formulaciones ilusionistas. La falsa cúpula de la iglesia de San Ignacio de Roma es paradigmática de esta praxis.
Pero el Barroco busca el infinito, la indefinición. Las decoraciones de bóvedas y techos buscan la creación de un espacio integrado, donde
las columnas se escorzan violentamente y las figuras se anamorfosean.
A nivel puramente de composición de caballete, se utilizará la perspectiva aérea, sabia combinación de perspectiva de color y menguante, es
decir, la que a través de la luz y el color consigue la definición de los elementos en el espacio que les corresponde. Las Meninas de Velázquez es
un claro ejemplo de este tipo de perspectiva, que no por ello abandona la formulación lineal como base de ordenación espacial.
El siglo XVIII continúa la manera barroca seiscentista, pero introduce en el mundo veneciano la llamada veduta. Es un acercamiento
científico a la naturaleza. Algarotti, en su Saggio sopra la pittura, escribe: «Los pintores deberán hacer de la cámara óptica el mismo uso que hacen los astrónomos
del telescopio, y los físicos del microscopio. Todos estos instrumentos posibilitan un mejor conocimiento y representación de la naturaleza». La cámara oscura
posibilita una perspectiva óptica a la manera de la cámara fotográfica actual. Actualmente los pintores continúan utilizando las técnicas tradicionales de la perspectiva,
aunque la perspectiva plana-situación yuxtapuesta de los elementos en el cuadro- es bastante habitual, junto a la utilización de diferentes puntos de vista-
cubismo- o a base del color-impresionistas-. Las corrientes hiperrealistas, con el uso de la cámara fotográfica, han fomentado la utilización de la llamada
perspectiva fotográfica.
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