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CAPRICHOS |
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| La publicación de esta colección de estampas en 1799 se ha convertido en uno de los símbolos del nacimiento de la
época contemporánea. En este momento, Goya inicia una actividad artística completamente personal y al margen de sus compromisos: a estos años pertenecen sus primeros álbumes
de dibujos y la utilización del grabado como vehículo de expresión de sus propios pensamientos y obsesiones. Es importante anotar que en 1793 el pintor sufre una aguda
enfermedad y que durante los años previos a la elaboración de los Caprichos Goya conoce a Sebastián Martínez, rico mercader gaditano, coleccionista de pinturas y estampas
que pudo facilitar al pintor la contemplación de su colección, y también a Leandro Fernández de Moratín, admirador de la caricatura política inglesa, quien pudo poner
en manos de Goya algunas estampas de este tipo. En 1796, Goya comparte con la duquesa de Alba su estancia en Sanlúcar de Barrameda y, según parece, es durante este tiempo cuando empieza a dibujar de una manera continuada, convirtiendo el cuaderno de dibujos casi en un diario donde se anotan sus pensamientos. En los dibujos del Album de Sanlúcar se encuentran las primigenias fuentes de los Caprichos. La técnica de grabado por excelencia de los Caprichos es la combinación de aguafuerte y aguatinta, y no la superposición de ésta última una vez concluida la lámina con el aguafuerte, sistema empleado en las Pinturas de Velázquez. En este sentido, conviene insistir en el espectacular avance que supone, desde el punto de vista de la técnica, esta colección, máxime cuando el aguatinta apenas si se había desarrollado en España ya que nunca contó con el favor de los profesores de grabado de la Real Academia de San Fernando. Por el anuncio que se publicó en el Diario de Madrid del 6 de febrero de 1799 podemos comprender cuál era el objetivo que pretendía la colección: «Colección de estampas de asuntos caprichosos, inventadas y grabadas al aguafuerte por Don Francisco Goya. Persuadido el autor de que la censura de los errores y vicios humanos (aunque parece peculiar de la eloqüencia y la poesía) puede también ser objeto de la pintura: ha escogido como asuntos proporcionados para su obra, entre la multitud de extravagancias y desaciertos que son comunes en toda sociedad civil, y entre las preocupaciones y embustes vulgares, autorizados por la costumbre, la ignorancia o el interés, aquellos que ha creído más aptos a suministrar materia para el ridículo; y ejercitar al mismo la fantasía del artífice. Como la mayor parte de los objetos que en esta obra se representan son ideales, no será temeridad creer que sus defectos hallarán, tal vez, mucha disculpa entre los inteligentes: considerando que el autor, ni ha seguido los ejemplos de otro ni ha podido copiar tampoco de la naturaleza. Y si el imitarla es tan difícil, como admirable cuando se logra; no dejará de merecer alguna estimación al que apartándose enteramente de ella, ha tenido que exponer a los ojos formas y actitudes que sólo han existido hasta ahora en la mente humana, obscurecida y confusa por la falta de ilustración o acalorada con el desenfreno de las pasiones. Sería suponer demasiada ignorancia en las bellas artes el advertir al público que en ninguna de las composiciones que forman esta colección se ha propuesto el autor, para ridiculizar los defectos particulares, a uno u otro individuo: que sería en verdad, estrechar demasiado los límites al talento y equivocar los medios de que se valen las artes de imitación para producir obras perfectas. La pintura (como la poesía) escoge en lo universal lo que juzga más a propósito para sus fines: reúne en un solo personaje fantástico, circunstancias y caracteres que la naturaleza presenta repartidos en muchos, y de esta combinación, ingeniosamente dispuesta, resulta aquella feliz imitación, por la cual adquiere un buen artífice el título de inventor y no de copiante servil. Se vende en la calle del Desengaño, nº 1 tienda de perfumes y licores, pagando por cada colección de a 80 estampas 320 rS. Vn.» La tirada de la primera edición fue de unos 300 ejemplares y la venta bastante reducida. El 19 de febrero de 1799 se daba en el Diario de Madrid el último anuncio. La situación política motivó que se retiraran de la venta y en 1803 Goya decidió, probablemente para evitar mayores problemas con la Inquisición, ceder las ochenta láminas de cobre a la Real Calcografía -institución en la que en la actualidad se conservan- junto a 240 ejemplares a cambio de una pensión para su hijo. Numerosos eruditos e investigadores se han preocupado del verdadero significado de estas sátiras y, para ello, se han servido de los diversos comentarios manuscritos que han llegado hasta nosotros. Su existencia podría también tener su explicación en las sátiras o caricaturas inglesas. La función principal de éstas era entretener; compradas o alquiladas, vistas en locales públicos o en la privacidad del hogar, se facilitaba o se compartía su visión con invitados y huéspedes como entretenimiento y tema de conversación. Desde esta perspectiva se explica que los duques de Osuna adquirieran cuatro colecciones de Caprichos en 1799 que servirían de divertimento y comentario a los invitados en su casa de campo, en El Capricho, donde los anfitriones podían emular a la aristocracia inglesa. Es posible entonces que también se incorporara la tradición de escribir interpretaciones de este tipo de estampas y que en la actualidad conocemos como comentarios. De entre todos ellos, el más conocido es el que se guarda en el Museo del Prado y se le da gran credibilidad pues perteneció al gran erudito y heredero de la colección de estampas de Ceán Bermúdez, el aragonés Valentín Carderera. A él se debe el comentario manuscrito que se lee en la cubierta: Explicación de los Caprichos de Goya escrita de propia mano. No obstante es el de tono más cauto y menos preciso, en el que se huye de cualquier concreción y cualquier compromiso en asuntos religiosos o políticos. Puesto que la mayoría de los temas tratados tanto sobre las creencias supersticiosas, médicos ignorantes, nobles inútiles, literatos pretenciosos, brujería, como sobre el cortejo, frailes licenciosos, la represión inquisitorial, matrimonios por interés, las asnerías, la mala educación de los niños, el mundo al revés, etc., con toda la crítica que ello comportaba, eran, sin duda, asuntos un tanto comprometidos, en los que se mezclaban lo ilustrado y lo popular. A partir de la muerte de Goya la postura adoptada en España ante sus estampas será la de silenciarlas -la segunda edición no apareció hasta 1855- cuando no de infravalorarlas. En Europa, al contrario que en España, y sobre todo en Francia, bajo los aires del Romanticismo, las estampas de Goya adquirieron una gran valoración. |
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