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Vermeer hace del tiempo un instante privilegiado, pero el privilegio no se funda en nada exterior al tiempo mismo,
no prende en una historia religiosa o mitológica, no es un instante de salvación, tampoco el momento ideal de la perfección a la que la belleza alude: es el instante en
el que podemos ver a esas mujeres, su vida de todos los días como una vida profunda, y la profundidad como una manifestación contenida de su individualidad, emociones
a las que no tenemos derecho, pero de las que sí tenemos necesidad. La «santidad de la vida corriente», un concepto propio del puritanismo protestante, no se afirma sobre
nada que no sea la propia vida corriente, a la que siempre debe remitirse, de la que nunca puede escapar, ni siquiera en la anécdota de lo que está moralmente bien o mal. Y al mirar desde la otra habitación, desde una puerta o ya en la sala en la que las protagonistas de la pintura se encuentran, también nosotros, espectadores, formamos parte de esa vida corriente. A diferencia de lo que sucede con la pintura italiana, no es un espectáculo, es un tejido de experiencias y de miradas, de sujetos, un tejido de temporalidad. En todo esto es bien diferente de los pintores de costumbres, que hicieron de lo privado exhibición y de nuestra percepción mero registro de una escena más o menos animada, placentera o interesante. Vermeer nos muestra que en la vida corriente hay individuos, cada uno es un mundo y cada mundo es propio, como nosotros. De ahí lo silencioso de su pintura frente a lo ruidoso de la pintura de Metsu, Dou o Ter Borch. |
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