Archivo «Miércoles, 15/jun/2005»
La Guerra Civil y la represión franquista han alcanzado un notable pero desafortunado auge. Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, pone el dedo en la llaga cuando afirma con toda la razón del mundo que «conocidos periodistas, propagandistas de la derecha y aficionados a la historia, han retomado la vieja cantinela de la manipulación franquista: fue la izquierda la que con su violencia y odio provocó la Guerra Civil, y lo que hicieron la derecha y gente de bien, con el golpe militar de julio de 1936, fue responder al "terror frentepopulista". Todas las complejas y bien trabadas explicaciones de los historiadores profesionales quedan de esa forma reducidas a dos cuestiones: quién causó la guerra y quién mató más y con mayor alevosía. La propaganda sustituye de nuevo al análisis histórico.» Sin embargo, echo de menos en su artículo una mayor autocrítica pues buena parte de la responsabilidad en este desaguisado la tienen los historiadores «de verdad». Es cierto que sus investigaciones, como reconoce el propio Julián Casanova, nunca han calado en la sociedad ni han interesado a los medios de comunicación pero ello no es óbice para no exigirles un mayor compromiso. Que yo recuerde nunca han levantado la voz contra la mutilación y la manipulación que la Historia viene sufriendo desde hace más de diez años. La clase política la ha utilizado para alcanzar sus objetivos políticos en un grado desconocido hasta la fecha y así, por ejemplo, la Historia que aprenden los niños en nuestro país depende principalmente de dónde y bajo que tutela política la estudian. Encerrados entre las paredes de los congresos y las hojas de las revistas especializadas, no han sido capaces de parar los pies a los políticos y a los seudohistoriadores y mucho menos de difundir los frutos de su investigación. Para ello, es necesario denunciar y rebatir la propaganda y, al mismo tiempo, luchar con mucho mayor denuedo para poner a disposición de todos los ciudadanos rigurosos análisis históricos. En este empeño las Nuevas Tecnologías podrían desarrollar un papel importantísimo pero la mayoría de los historiadores huyen de ellas como alma que lleva el diablo. Pongamos por caso los catálogos editados por el Ministerio de Cultura, por la Real Academia de la Historia o por organismos dependientes de ellos: ni uno solo de ellos se publica en Internet. Por contra, los seudohistoriadores inundan la Red con su propaganda sin que nadie se moleste en rebatirla. Desde aquí lanzo un llamamiento a los historiadores: utilicen todos los medios a su alcance -radio, TV, prensa, Internet- para devolver a la Historia el prestigio perdido. Unan sus fuerzas, presionen al gobierno y luchen por una enseñanza acorde a los conocimientos actuales. Si no lo hicieran, la propia Historia los condenará al más absoluto olvido y su excelente trabajo de nada servirá.


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