Archivo «Viernes, 27/abr/2007»
El proyecto de Ley de tan largo nombre y conocido como de la Memoria Histórica no servirá para lograr la reconciliación —¿de verdad es necesaria?—, pero menos aún algunas actitudes de la Iglesia Católica como, por ejemplo, organizar una peregrinación a Roma para la beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil. Es cierto, muchos curas sufrieron las consecuencias de la represión en la zona republicana pero no debemos olvidar que, de todos los actores participantes en la Guerra Civil española, la Iglesia Católica fue uno de los que mayor apoyo otorgó a los sublevados —y a la dictadura—, propiciando con su amparo ideológico —una cruzada— la brutal represión a la que fue sometido el pueblo español durante más de cuarenta años.
Someter épocas pasadas al arbitrio político o religioso no provoca sino confrontación, y tratar de imponer una sola representación del pasado, una memoria histórica, nos acerca peligrosamente a los regímenes totalitarios donde la enseñanza de la Historia se convierte en puro adoctrinamiento. Como escribe Santos Juliá «el problema de la justicia hacia un pasado de guerra civil es que no se sabe donde trazar la raya porque es imposible trazarla: si se lleva ante el tribunal a los asesinos de Badajoz hay que llevar también a los asesinos de Barcelona; si se recuerda el asesinato de García Lorca hay que recordar el asesinato de Nin [...] Y por mucho que los historiadores, sociólogos o antropólogos establezcan diferencias entre las distintas formas de violencia, es imposible calificar jurídicamente de distinta manera el mismo delito.» (Revista de Occidente nº 302-303, julio-agosto 2006)

Fotografía de Robert Capa: Río Segre, frente de Aragón cerca de Fraga, 7 de noviembre de 1938.


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