Guerrero junto a su caballo y oponente herido

 

Escultura ibérica. Guerrero y caballo de piedra caliza.
Conjunto monumental del Cerrillo Blanco, Porcuna (Jaén).
Dimensiones: Alt.: 90 cms. Long.: 105 cms.
Cronología: siglo V a. C.
Foto: Proyecto Escultura Ibérica, UAM, cortesía de J. Blánquez.
Fuente: CD-ROM "Los iberos y sus imágenes"
     Conjunto de un guerrero victorioso junto a su caballo y guerrero caído. Sobre la túnica de cuello en pico, ceñida por cinturón y rematada en dos volantes, el guerrero a pie viste un gran disco metálico que le protege el pecho, un kardiophylax o disco-coraza. Va sujeto por gruesas bandas cruzadas, con discos metálicos menores sobre los hombros. La espalda se protege con otro disco similar. Le adornan, además, ricos brazaletes, una valiosa espiral, con cuatro giros, que conocemos en ejemplos de plata. Protegen sus piernas cnémides atadas a la pantorilla.
     Lleva colgado al cinto, en su vaina, un puñal del tipo llamado de frontón. A su lado está el caballo, al que probablemente sostiene con las riendas con la misma mano que el escudo, y se dispone a dar muerte a su oponente, caído en el suelo, como propuso convincentemente el reconstructor de esta escena, Iván Negueruela. Muestra al espectador su gran escudo circular, que agarra bien de la abrazadera con su izquierda, para poder hincarle la lanza al contrincante. El movimiento del caballo, con rico cabezal de rosetas metálicas, intensifica el dinamismo dramático del momento. Pero, sobre todo, al girar su cabeza hacia nosotros, acompaña a su señor y subraya socialmente que este guerrero vencedor, aunque va a pie, es el noble poseedor de un caballo bien ajaezado. Del mismo modo, el perro que acompañan al joven cazador gira la cabeza, bien hacia su dueño bien al espectador, en otros ejemplos de Porcuna. La visión frontal despliega armas, caballo y acción victoriosa ante nuestros ojos.
     El estudioso de Porcuna, Iván Negueruela, asoció al guerrero y su oponente a una basa con pezuñas de caballo, restos de un pie de guerrero y un escudo, con la mano que lo empuña, caído sobre el suelo. El escudo se adapta plásticamente a la base, como si no fuera rígido: una convención. La mano del enemigo vencido es pisada por el pie desnudo del guerrero victorioso, que así la inmoviliza. Pisar al guerrero caído es habitual expresión de triunfo en la tradición épica.
     Del vencido conservamos además torso y cabeza pero se ha perdido el rostro, como es habitual en Porcuna. Viste túnica con cuello en pico y sobre su pecho destaca la espada en su vaina, sujeta al cuerpo por una banda transversal o telamón. Su rostro se dirigiría hacia el vencedor expresándose el instante dramático en que aquél le atraviesa con su lanza y éste reconoce su muerte inminente. La lanza pudo entrarle por el cuello o por la misma boca (hay ciertas dificultades en la reconstrucción precisa) y su extremo sale por detrás del cuerpo, al que la convención plástica lo adapta y pega a la espalda, como si fuera flexible o se derritiera. Tal vez el brazo derecho del caído se elevara en su día para agarrar, en vano, en un esfuerzo último, la lanza que le hiere. He aquí otro motivo tradicional de la épica, desde Homero: la súplica última, la esperanza vana.
     El grupo es una síntesis perfecta de mostración heroica y de acción dramática. Se ostentan los signos aristocráticos de los dos guerreros, en especial, la manifestación ensalzadora del vencedor. Todos los elementos se despliegan ante la vista: un punto de vista frontal, único, de quien contempla el grupo. El tiempo es sinóptico: el caballo, ostentación del noble, alude al elevado rango y al triunfo del guerrero, que en él seguidamente montará victorioso.
     El motivo de la lanza penetrando por la boca es un episodio concreto que trasluce probalemente un contenido épico. Acérquemos a este episodio desde la emoción de la palabra y recordemos de la Ilíada (XVI, 345 ss.) la pavorosa descripción de la muerte de Erimante a manos de Idomeneo: el héroe aqueo le clava su lanza de bronce en la boca, le atraviesa los sesos y le hace saltar los dientes